10/11/2025
Yo no perdono.
Observo.
Me alejo.
Y me amo.
No hay venganza, ni redención, ni deseo de justicia. Hay conciencia. Aprendí que el amor no se arrastra, no se mendiga, no se disfraza de paciencia. El amor se respira, se sostiene solo, se expande sin permiso.
Alguna vez confundí amar con quedarme, aunque doliera. Pensé que fidelidad era resistir hasta desangrar el alma. Pero hoy entiendo que amar también es cerrar la puerta con calma, dejar el eco, mirar hacia adentro y seguir andando. Porque el que se ama no ruega que lo vean; se convierte en su propia mirada.
Yo amé con todo. Con la inocencia de quien cree que el amor transforma, incluso al otro. Me vacié intentando llenar vacíos que no eran míos. Toqué fondo en cuerpos, palabras y promesas que se rompían antes de hacerse verdad. Y cuando ya no quedó nada, descubrí lo más puro: seguir amando, pero desde la distancia.
Amar sin poseer.
Amar sin esperar.
Amar sin quedarte.
No fue un acto de frialdad, fue un nacimiento. Cuando solté, el corazón se acomodó en su sitio y el alma respiró. Comprendí que no hay separación posible para quien ama desde la raíz, porque lo amado no se pierde: se transforma.
Ese amor que un día me llevó a las alturas y al abismo, que me hizo dudar de mí y luego reconocerme en cada herida, hoy vive en mí sin nombre. No tengo que justificarlo. No tengo que explicarlo. No tengo que volver.
Te amé, sí.
Y en ese amor me encontré.
Ahora miro hacia atrás y entiendo que todo fue un espejo. Cada traición, un llamado a mi propia lealtad. Cada ausencia, una cita conmigo. Cada final, un principio.
No me interesa el perdón porque no hay culpa que perseguir. No me interesa la reconciliación porque ya no hay fractura. Lo que hubo fue aprendizaje, fuego y alquimia. El alma se ensucia para reconocerse limpia.
Así que no perdono, no olvido, no cargo.
Observo, agradezco y sigo.
He visto el amor florecer sin condiciones, sin etiquetas, sin miedo al adiós. El amor que no necesita nombre ni testigo. Ese que no exige nada, solo se sabe.
El amor verdadero no pide quedarse; enseña a partir.
No promete eternidad; ofrece presencia.
No exige devolución; se basta con existir.
Hoy sé que el amor no está en el otro, sino en la forma en que decido habitarme. Que mi paz no depende de lo que me dieron o me negaron, sino de cómo me abrazo cuando todo se derrumba.
He aprendido a no confundir soledad con vacío. La soledad es mi templo, el lugar donde mi voz suena sin eco. Ahí reconozco mi fuerza, mi ternura, mi poder.
Ya no temo amar.
Ya no temo soltar.
Ya no temo verme sin nadie.
Porque ahora me tengo.
Y eso basta.
El amor, cuando es consciente, no duele.
El amor, cuando madura, no reclama.
El amor, cuando se sabe a sí mismo, ya no busca explicación.
Solo es.
Como el aire.
Como el silencio.
Como yo, después de haberme ido y finalmente haber regresado a mí.