30/03/2026
Vivimos en un mundo frenético que exige resultados inmediatos y tener todo bajo control. Además de irreales, esas pretensiones son dañinas. Saber esperar es un ejercicio activo de fuerza y coraje.
La palabra paciencia deriva del latín patiens, esto es: el que padece. Implica sufrimiento: el de la espera y el de la esperanza… o de la desesperación. Vivimos en un mundo frenético.
Necesitamos saber, conocer los resultados, y sufrimos mientras esperamos. Evitar ese dolor es lo que nos hace impacientes. La tecnología —en particular, las telecomunicaciones— ha creado la expectativa de la inmediatez. Pero esto puede convertirse en un espejismo, y llevarnos a considerar como presente algo que está todavía por venir. La expectativa es un sistema cerrado que resulta en frustración. Nos estamos acostumbrando a la inmediatez, evitando la espera. Este es uno de los secretos de la paciencia: la costumbre.
No se nace paciente. Los bebés lloran cuando tienen hambre. No toleran la insatisfacción inmediata de una necesidad primaria: el alimento. Poco a poco van aprendiendo que, aunque tarde un poco más, finalmente les darán de comer. Se impacientan, pero con el tiempo aceptan, sin llorar, el sufrimiento del hambre, porque saben que llegará. La naturaleza de las niñas y los niños es la impaciencia porque pocas cosas dependen de ellos, porque casi nada está bajo su control.
La paciencia hay que entrenarla, aprendiendo a tolerar el sufrimiento que provoca el desconocimiento, la incertidumbre, el descontrol.
El problema es que el cuerpo no está preparado para estar en una situación de alerta constante. Se desgasta. Para evitar caer en la trampa del desasosiego lo primero que debemos hacer es darnos cuenta, ser conscientes de que somos impacientes; después, valorar qué factores fomentan nuestra inquietud y cuáles nos protegen.
La necesidad de ser pacientes es vista como un signo de debilidad. Las personas poderosas no esperan, sino que depositan en ti la satisfacción de su urgencia, la responsabilidad de conseguir —o no— el objetivo.
No debemos sucumbir a esa tendencia. La paciencia no es apatía, ni resignación. No es falta de compromiso, porque no es estática: el que espera con calma lo hace activamente, se rebela contra la dificultad.
El sosiego es optimista, pues la espera activa implica esperanza. Es coraje, pues fija su mirada en el largo plazo. La impaciencia considera que el objetivo es la meta, cuando en realidad el objetivo es el punto de partida.
La paciencia es protectora, pues no se ve frustrada por la eventualidad de lo inmediato: nos permite atravesar situaciones adversas sin derrumbarnos. Es fuerza, pues es paciente aquel que ha sido capaz de domesticar sus pasiones. Pero necesitamos entrenarla.
Acostumbrarse a esperar y soportar que tener todo bajo control es, además de imposible, peligroso. Recapacitar, reorganizar —tanto los tiempos como las prioridades—, reflexionar.
Tomarnos un tiempo para observar que algunas cosas pueden esperar sin producir sufrimiento, y aprender a saborear el placer de la espera ♥️
Créditos a quien corresponda 📸