14/04/2026
Objetos de transición en los adultos.
Este concepto, desarrollado por Winnicott, suele asociarse a la infancia: ese objeto, un peluche, una manta, una canción, que ayuda al niño a transitar entre la dependencia y la autonomía, entre la presencia y la ausencia de la madre.
Pero este fenómeno no desaparece con los años, sólo cambia de forma.
En la vida adulta, también existen “objetos de transición”, aunque ya no siempre sean evidentes ni materiales. Pueden ser: un objeto físico con valor emocional, una rutina, un vínculo, un lugar, incluso una idea o creencia.
Todos ellos cumplen una función similar: sostenernos en momentos de cambio, incertidumbre o soledad.
Desde una mirada profunda, estos objetos habitan un espacio intermedio, no son completamente internos ni completamente externos. Son un puente entre el mundo interno y la realidad.
Por eso aparecen especialmente en momentos de transición: una ruptura, un duelo, una mudanza, una crisis, una etapa nueva de la vida.
En esos momentos, la psique necesita algo que le permita no desorganizarse completamente. Y ahí, ese “objeto” (visible o invisible) actúa como un ancla.
No es debilidad, es una función psíquica saludable.
El problema aparece cuando ese objeto deja de ser un puente y se convierte en una dependencia rígida. Cuando la persona no puede avanzar sin eso, cuando queda fijada, cuando ese sostén impide el crecimiento en lugar de facilitarlo.
Entonces ya no estamos ante un espacio transicional…
sino ante una detención.
Pero en su forma sana, estos elementos son profundamente necesarios.
Porque el ser humano no pasa de una etapa a otra de forma abrupta. Necesita espacios intermedios, símbolos, apoyos que le permitan integrar lo nuevo sin perderse.
Incluso en procesos terapéuticos, la relación con el terapeuta puede funcionar, en parte, como un objeto transicional: un lugar seguro desde donde explorar lo desconocido.
La pregunta no es si tienes o no estos objetos, todos los tenemos, la pregunta es: ¿te ayudan a avanzar… o te mantienen detenido?
Porque en el fondo, no se trata de eliminarlos,
sino de permitir que cumplan su función: acompañarte mientras cruzas… hasta que ya no los necesites de la misma forma.