04/01/2026
En la infancia, todas las emociones están permitidas: enojo, tristeza, frustración, miedo o alegría. Las emociones no son buenas ni malas; son respuestas naturales que ayudan al niño a entender lo que siente y lo que necesita.
Lo que sí requiere acompañamiento son las conductas. Un niño puede sentirse muy enojado, pero no es aceptable lastimar, gritar, morder o romper cosas. Nuestra labor como adultos no es reprimir la emoción, sino poner límites claros y firmes a la conducta, enseñando formas seguras y respetuosas de expresar lo que sienten.
Validar una emoción no significa permitir cualquier comportamiento. Significa decir:
“Entiendo que estás enojado, pero no puedo permitir que pegues.”
Así, el niño aprende que sus sentimientos importan, al mismo tiempo que desarrolla autocontrol, empatía y habilidades emocionales que le servirán toda la vida.
En la 👧👦infancia, las emociones llegan como tormentas repentinas: ⛈️fuertes, ruidosas, sin aviso y sin filtro. Un niño puede pasar de la risa al berrinche en menos tiempo del que tardas en encontrar las llaves. 😕Luego, ahí estamos los adultos, queriendo apagar la emoción en lugar de enseñarle a navegarla.
🙋♂️Pero las emociones no se corrigen: se acompañan. Lo que sí se guía es la conducta que nace de ellas. Porque un niño tiene derecho a sentirse triste, enojado, frustrado, cansado, sobreestimulado o confundido, 👀lo que no tiene permiso es lastimar, destruir o faltarle al respeto a otros.
👉Ese equilibrio, entre validar el sentir, contener el hacer, es una de las tareas más hermosas y más cansadas de criar.