10/01/2026
A primera vista, parecen realidades sin relación.
Una pertenece al cuerpo.
La otra, al misterio de la fe.
Y, sin embargo, están profundamente unidas.
La lactancia es el modo más íntimo en que una madre da su propio cuerpo para dar vida.
No entrega algo externo.
Se entrega ella misma.
Su cuerpo se convierte en alimento.
La biología lo confirma: la leche materna no es un producto fabricado,
es el resultado de un cuerpo que se dona para que otro viva.
La Iglesia, desde siempre, ha visto en esto una luz para comprender mejor la Eucaristía.
Porque en la Eucaristía Cristo no nos da algo.
Nos da su propio Cuerpo.
Así como el niño no puede vivir sin el alimento que viene de su madre,
el cristiano no puede vivir espiritualmente sin el alimento que viene de Cristo.
Jesús mismo lo dijo sin suavizar sus palabras:
“Mi carne es verdadera comida”.
No habló en metáforas cómodas.
Habló de una entrega real.
En la lactancia hay algo que la ciencia reconoce y la fe ilumina:
el alimento no solo nutre, crea vínculo.
Da seguridad.
Da identidad.
Da vida.
Eso mismo sucede en la Comunión.
La Eucaristía no es solo fuerza espiritual.
Es comunión, unión profunda, vida compartida.
Así como la leche materna transmite anticuerpos que protegen al niño,
la Eucaristía fortalece el alma contra el pecado, el miedo y el desgaste interior.
Por eso la Iglesia cuida tanto este sacramento.
Porque sabe que aquí no hay un símbolo piadoso,
sino una donación total.
Cristo se deja recibir.
Se deja necesitar.
Se deja consumir por amor.
Y como toda realidad que implica tanta intimidad,
no puede banalizarse.
La lactancia exige cuidado, respeto, tiempo.
La Eucaristía también.
No porque sea frágil,
sino porque es demasiado valiosa.
Este “secreto biológico” nos recuerda algo esencial:
Dios quiso salvarnos no desde lejos,
sino entregándose como alimento.
Por eso, cuando comulgamos,
no realizamos un gesto religioso más.
Entramos en la forma más profunda de intimidad que existe en la fe cristiana:
Dios alimentando a sus hijos con su propia vida.