31/01/2026
Porque poner límites no es solo decir “no”… es tocar fibras muy profundas de nuestra historia emocional. Desde la psicología, cuesta poner límites por varias razones clave:
1. Miedo al rechazo o al abandono
Nuestro cerebro social está programado para “pertenecer”. Si de pequeños aprendimos que el amor dependía de agradar, ayudar o callar, de adultos sentimos que poner límites = perder al otro.
2. Culpa aprendida
A muchas personas les enseñaron que decir no es egoísta. Entonces, cuando intentan poner un límite, aparece la culpa automática:
“Estoy siendo malo”, “estoy fallando”, “soy demasiado duro”.
3. Baja autoestima
Si no te sientes valioso, inconscientemente crees que no tienes derecho a incomodar. Prefieres aguantar antes que arriesgarte a que el otro se moleste.
4. Confusión entre amor y sacrificio
Psicológicamente, algunas personas asocian amor con aguantar, ceder y soportar. Entonces el límite se vive como traición, no como autocuidado.
5. Evitación del conflicto
El cerebro odia el conflicto porque lo percibe como amenaza. Poner límites implica tensión, y muchas personas prefieren paz momentánea a costa de sí mismas.
6. Costumbre de rol
Si siempre fuiste “el que ayuda”, “el que no se queja”, “el fuerte”, cambiar eso rompe expectativas… y eso genera ansiedad.
✨ Lo interesante es esto:
Poner límites no es agresión, es autorrespeto.
Y psicológicamente se aprende como un músculo: primero tiembla, luego se fortalece.