03/01/2026
Respecto al caso de Kevin, el joven con autismo que se suicidó en Arequipa tras un presunto episodio de hostigamiento y violencia psicológica por parte de su docente asesora de tesis, es imposible permanecer indiferentes. Este hecho no puede ser reducido a una tragedia individual; es una llamada urgente de atención a una sociedad que aún falla en comprender, respetar y acompañar la diversidad.
Una persona con autismo afronta diversas dificultades para adaptarse a su entorno desde los primeros años de vida. Estas pueden manifestarse en el ámbito sensorial, comunicativo, social, emocional y en la regulación del estrés. Muchas veces estas dificultades no son evidentes para los demás, lo que lleva a minimizar su impacto o, peor aún, a interpretar erróneamente sus conductas como desinterés, rigidez, falta de compromiso o desafío.
En el marco de las políticas inclusivas, la expectativa es que la sociedad y las instituciones especialmente las educativas brinden ajustes razonables, apoyos y un trato respetuoso que permitan a las personas con TEA transitar de manera más favorable por los distintos contextos que se les ofrecen. Pero ¿qué sucede cuando esto no ocurre? ¿Qué pasa cuando, en lugar de facilitar, se levantan barreras sociales, actitudinales y emocionales?
La respuesta es que no solo se vulneran derechos, sino que se profundiza el sufrimiento psicológico. La exposición constante a la descalificación, al hostigamiento, a la falta de empatía o a exigencias inflexibles puede generar un profundo sentimiento de indefensión, ansiedad, desesperanza y aislamiento. En personas con autismo, que muchas veces ya realizan un enorme esfuerzo por adaptarse y “encajar”, estas experiencias pueden resultar devastadoras.
Como madre de un niño con autismo y como profesional de la salud mental, este caso ha tocado las hebras más sensibles de mi piel. Me resulta imposible no imaginar el dolor de la madre de Kevin, y en ese ejercicio inevitable aparece la angustia, el miedo y la incertidumbre. Surgen preguntas que duelen: ¿de qué sirve tanto esfuerzo?, ¿de qué sirve acompañar, intervenir, fortalecer habilidades, sostener emocionalmente, si finalmente es la sociedad la que puede quebrar aquello que con tanto amor intentamos construir?
Criar a un hijo con TEA implica un trabajo constante, profundo y muchas veces invisible. Implica enseñar estrategias, regular emociones, fortalecer la autoestima, anticipar escenarios, preparar para un mundo que no siempre es amable. Y aun así, el temor persiste: que no sea suficiente si el entorno responde con indiferencia, dureza o violencia. Esta angustia no nace de la debilidad, nace del amor y de la conciencia de una realidad que todavía duele.
Este caso nos interpela como sociedad, como profesionales, como docentes y como familias. Nos obliga a cuestionarnos cuántas veces hemos normalizado el maltrato sutil, la exigencia sin apoyo, la invalidez emocional o la falta de empatía frente al sufrimiento del otro. La inclusión no es un discurso ni un documento institucional; es una práctica cotidiana que se expresa en el trato, en las palabras, en la disposición a comprender y acompañar.
Recordar a Kevin no es solo un acto de memoria, es un compromiso ético. Es preguntarnos qué estamos haciendo o dejando de hacer para que las personas neurodivergentes no tengan que enfrentar solas sistemas que no las comprenden. Es educar a nuestros hijos e hijas en el respeto, exigir a las instituciones entornos seguros y humanos, y recordar que detrás de cada diagnóstico hay una persona, con sueños, esfuerzos y una historia que merece ser cuidada.
Como madre, seguiré haciendo todo lo que esté a mi alcance. Como profesional, seguiré alzando la voz. Porque la dignidad de nuestros hijos no debería depender de la sensibilidad de unos pocos, sino ser una responsabilidad compartida por toda la sociedad.