
22/08/2025
Perder a un padre no es solo perder a un hombre: es sentir que se va el pilar silencioso que te mantenía firme en cada tempestad. En mi vida, ese vacío se ha llenado de lucha y de amor, porque el ejemplo de mi papá me enseñó que las acciones hablan más que las palabras y que el silencio también puede abrazar. Fue su fuerza la que me impulsó a fundar A TODO RIÑÓN, a transformar el dolor en esperanza y servicio, y a acompañar a quienes sienten que el mundo se les desmorona por una enfermedad, por una pérdida, por el miedo.
Cuando papá se fue, se llevó un pedazo de mi corazón, pero dejó una huella enterrada en lo más profundo de mi alma. Nadie te prepara para vivir sin esa voz que calma, esos consejos que llegan justo cuando los necesitas, esa mirada que te susurra “todo va a estar bien”. Aprendemos a extrañar incluso lo cotidiano, sus sermones, sus manías, hasta aquello que antes parecía insignificante.
La vida sigue, sí, porque el tiempo no espera. Pero hay días en los que su ausencia pesa más que cualquier alegría; fechas donde la celebración parece incompleta y los logros saben distinto. Con el tiempo, solo aprendes a respirar y avanzar con ese vacío, a transformar el dolor en propósito.
Lo que nunca se va es su legado. Cada proyecto, cada campaña de A TODO RIÑÓN, cada persona alcanzada por nuestro mensaje de esperanza es parte de esa herencia que permanece y crece. Papá me enseñó a luchar, a vivir con pasión y a ayudar al otro como él lo hubiera hecho: sin buscar reconocimiento, simplemente haciendo lo correcto.
Así lo honro, con cada acción que procuro, en cada iniciativa que emprendo, en cada historia que escucho. Porque papá no murió: solo se adelantó y me dejó la misión de seguir sembrando vida, amor y esperanza.
A TODO RIÑÓN late con su fuerza, con esa esencia que empapa mi camino, y cada vez que acompaño a una familia en su batalla renal, siento que él está allí, sonriendo orgulloso y esperando con el café listo allá arriba.