21/05/2026
En la psicoterapia hay una fantasía profesional que rara vez se cuestiona en voz alta: la idea de que un terapeuta competente puede atender cualquier condición clínica.
Ansiedad, trauma, psicosis, trastorno bipolar, TDAH, autismo, trastornos alimentarios, conducta suicida, adicciones, duelo, personalidad, violencia doméstica, terapia de pareja, niños, adultos, adultos mayores… todo en la misma consulta, con el mismo marco teórico y, a veces, con las mismas tres o cuatro técnicas.
Eso no es amplitud clínica. Eso puede ser imprudencia.
Tener licencia no convierte automáticamente a un profesional en competente para todo. La licencia autoriza a ejercer dentro de un marco legal; no garantiza especialización en cada condición. Tampoco los años de experiencia, por sí solos, resuelven el problema. Hay experiencia que refina la práctica, pero también hay experiencia que simplemente repite errores durante décadas.
La ética profesional es clara: los psicólogos deben trabajar dentro de los límites de su competencia. Pero en la práctica clínica, esa frase se repite mucho y se aplica poco. ¿Cuántos terapeutas aceptan casos de alto riesgo sin entrenamiento sólido en evaluación suicida? ¿Cuántos trabajan trauma complejo sin formación en disociación, apego, regulación emocional o estabilización? ¿Cuántos atienden síntomas psicóticos desde explicaciones puramente emocionales? ¿Cuántos ven TDAH, autismo o trastornos del aprendizaje sin una base real en neurodesarrollo?
El problema no es que un terapeuta no sepa todo. Nadie sabe todo. El problema es cuando no sabe, pero actúa como si supiera.
Y esto tiene consecuencias. Un diagnóstico mal formulado puede retrasar años el tratamiento adecuado. Un caso de bipolaridad puede manejarse como “ansiedad”. Una psicosis incipiente puede interpretarse como “estrés”. Un trauma complejo puede abordarse con técnicas que desestabilizan al paciente. Una conducta suicida puede tratarse como una crisis emocional más, sin evaluación estructurada ni plan de seguridad.
Aceptar cualquier caso no es necesariamente compromiso clínico. A veces es falta de criterio.
Pero también sería injusto discutir este problema como si ocurriera en el vacío. La imprudencia clínica no surge solamente de decisiones individuales; también se alimenta de un sistema que paga poco, exige mucho, restringe redes, aumenta la presión por volumen y empuja a muchos profesionales a aceptar más casos de los que deberían para poder sostener una vida digna.
Aun así, las condiciones del sistema no eliminan la responsabilidad ética. La explican, la complejizan, pero no la borran.
La competencia clínica implica estudiar, supervisarse, consultar, actualizarse y reconocer límites. También implica referir. Y referir no es fracasar: es proteger al paciente.
Quizás necesitamos decirlo con más claridad: no todo terapeuta está preparado para todo paciente. No toda buena intención es buena práctica. No toda experiencia es competencia. Y no toda terapia es inocua.
Por eso resulta tan preocupante cuando, desde algunos sectores del gremio, se responde a toda discusión sobre formación, especialización o alcance profesional con una frase simplista: “hacemos lo mismo”. No, no siempre hacemos lo mismo. No todos tenemos la misma formación, la misma supervisión, la misma experiencia clínica ni las mismas competencias para atender los mismos niveles de complejidad.
La psicoterapia puede ayudar profundamente, pero también puede hacer daño cuando se ejerce fuera de los límites de preparación clínica. Por eso, la especialización no es elitismo. Es responsabilidad.
El terapeuta ético no es el que acepta todo. Es el que sabe cuándo intervenir, cuándo consultar y cuándo admitir: “este caso requiere una competencia que yo no tengo”.
En una profesión que habla tanto de cuidado, tal vez uno de los actos más honestos de cuidado sea reconocer nuestros propios límites.
-Dr. Juan Aníbal González Rivera