Dr. Juan Aníbal González, psicólogo clínico

Dr. Juan Aníbal González, psicólogo clínico Psicólogo clínico, profesor, investigador y autor

En la psicoterapia hay una fantasía profesional que rara vez se cuestiona en voz alta: la idea de que un terapeuta compe...
21/05/2026

En la psicoterapia hay una fantasía profesional que rara vez se cuestiona en voz alta: la idea de que un terapeuta competente puede atender cualquier condición clínica.

Ansiedad, trauma, psicosis, trastorno bipolar, TDAH, autismo, trastornos alimentarios, conducta suicida, adicciones, duelo, personalidad, violencia doméstica, terapia de pareja, niños, adultos, adultos mayores… todo en la misma consulta, con el mismo marco teórico y, a veces, con las mismas tres o cuatro técnicas.

Eso no es amplitud clínica. Eso puede ser imprudencia.

Tener licencia no convierte automáticamente a un profesional en competente para todo. La licencia autoriza a ejercer dentro de un marco legal; no garantiza especialización en cada condición. Tampoco los años de experiencia, por sí solos, resuelven el problema. Hay experiencia que refina la práctica, pero también hay experiencia que simplemente repite errores durante décadas.

La ética profesional es clara: los psicólogos deben trabajar dentro de los límites de su competencia. Pero en la práctica clínica, esa frase se repite mucho y se aplica poco. ¿Cuántos terapeutas aceptan casos de alto riesgo sin entrenamiento sólido en evaluación suicida? ¿Cuántos trabajan trauma complejo sin formación en disociación, apego, regulación emocional o estabilización? ¿Cuántos atienden síntomas psicóticos desde explicaciones puramente emocionales? ¿Cuántos ven TDAH, autismo o trastornos del aprendizaje sin una base real en neurodesarrollo?

El problema no es que un terapeuta no sepa todo. Nadie sabe todo. El problema es cuando no sabe, pero actúa como si supiera.

Y esto tiene consecuencias. Un diagnóstico mal formulado puede retrasar años el tratamiento adecuado. Un caso de bipolaridad puede manejarse como “ansiedad”. Una psicosis incipiente puede interpretarse como “estrés”. Un trauma complejo puede abordarse con técnicas que desestabilizan al paciente. Una conducta suicida puede tratarse como una crisis emocional más, sin evaluación estructurada ni plan de seguridad.

Aceptar cualquier caso no es necesariamente compromiso clínico. A veces es falta de criterio.

Pero también sería injusto discutir este problema como si ocurriera en el vacío. La imprudencia clínica no surge solamente de decisiones individuales; también se alimenta de un sistema que paga poco, exige mucho, restringe redes, aumenta la presión por volumen y empuja a muchos profesionales a aceptar más casos de los que deberían para poder sostener una vida digna.

Aun así, las condiciones del sistema no eliminan la responsabilidad ética. La explican, la complejizan, pero no la borran.

La competencia clínica implica estudiar, supervisarse, consultar, actualizarse y reconocer límites. También implica referir. Y referir no es fracasar: es proteger al paciente.

Quizás necesitamos decirlo con más claridad: no todo terapeuta está preparado para todo paciente. No toda buena intención es buena práctica. No toda experiencia es competencia. Y no toda terapia es inocua.

Por eso resulta tan preocupante cuando, desde algunos sectores del gremio, se responde a toda discusión sobre formación, especialización o alcance profesional con una frase simplista: “hacemos lo mismo”. No, no siempre hacemos lo mismo. No todos tenemos la misma formación, la misma supervisión, la misma experiencia clínica ni las mismas competencias para atender los mismos niveles de complejidad.

La psicoterapia puede ayudar profundamente, pero también puede hacer daño cuando se ejerce fuera de los límites de preparación clínica. Por eso, la especialización no es elitismo. Es responsabilidad.

El terapeuta ético no es el que acepta todo. Es el que sabe cuándo intervenir, cuándo consultar y cuándo admitir: “este caso requiere una competencia que yo no tengo”.

En una profesión que habla tanto de cuidado, tal vez uno de los actos más honestos de cuidado sea reconocer nuestros propios límites.

-Dr. Juan Aníbal González Rivera

En la práctica clínica en Puerto Rico existe una idea peligrosa —y bastante común— de que las notas sobre cancelaciones ...
20/05/2026

En la práctica clínica en Puerto Rico existe una idea peligrosa —y bastante común— de que las notas sobre cancelaciones tardías, no-shows o intentos de contacto son simples asuntos administrativos. Pero desde una perspectiva clínica, ética y legal, eso no siempre es cierto.

Una sesión perdida puede convertirse en un evento clínicamente significativo dependiendo del contexto del paciente.

No es lo mismo un paciente estable que falta a una cita, que un paciente con depresión severa, ideación suicida reciente, historial de desregulación emocional, abuso de sustancias, psicosis, violencia doméstica o crisis reciente que desaparece sin aviso.

Y ahí es donde entra algo que muchos profesionales subestiman: la documentación clínica.

Cuando un expediente es auditado —por un seguro médico, una junta examinadora, un abogado o incluso tras una crisis clínica— las preguntas casi nunca serán únicamente “¿el paciente faltó?”. Las preguntas reales suelen ser otras:

* ¿El clínico identificó el nivel de riesgo?
* ¿Hubo razonamiento clínico?
* ¿Se intentó contacto?
* ¿Se documentaron esos intentos?
* ¿Se evaluó la necesidad de seguimiento adicional?
* ¿Hubo consulta o supervisión cuando era necesario?

Una nota que simplemente diga:
“Paciente no asistió. Se cobró cancelación.”

…puede verse extremadamente débil si posteriormente ocurre una hospitalización, un evento suicida, una querella o una revisión legal del caso.

La documentación clínica no existe solamente para facturar servicios. Existe para demostrar juicio clínico, continuidad de cuidado, manejo de riesgo y toma de decisiones profesionales.

Y esto es particularmente importante en Puerto Rico, donde muchos psicólogos trabajan bajo altos volúmenes de casos, presiones administrativas y sistemas electrónicos que favorecen notas rápidas y plantillas copiadas. El problema es que la rapidez no sustituye el razonamiento clínico documentado.

Incluso una nota breve debe reflejar:

* conciencia de riesgo,
* intentos razonables de seguimiento,
* juicio clínico,
* y acciones tomadas según la información disponible.

Porque en salud mental, a veces la diferencia entre una nota “administrativa” y una nota clínicamente sólida no está en la cantidad de palabras… sino en la calidad del pensamiento clínico que deja evidenciado el expediente.

-Dr. Juan Aníbal González Rivera

La psicología dominicana pierde a una de sus figuras históricas más influyentes: el Dr. Enerio Rodríguez Arias.Considera...
19/05/2026

La psicología dominicana pierde a una de sus figuras históricas más influyentes: el Dr. Enerio Rodríguez Arias.

Considerado por muchos como el padre de la psicología dominicana, el Dr. Rodríguez Arias dedicó su vida a la enseñanza, la investigación y la construcción académica de la psicología como ciencia en República Dominicana. Formó generaciones de profesionales, impulsó el pensamiento crítico dentro de la disciplina y ayudó a consolidar una visión rigurosa y científica de la psicología en el Caribe.

Su legado trasciende títulos y reconocimientos. Vive en cada psicólogo que pasó por sus aulas, en cada discusión académica sobre la ciencia psicológica y en cada esfuerzo por elevar la calidad de la formación profesional en nuestra región.

Fue maestro, filósofo, investigador y referente intelectual. Una figura que entendió que la psicología no debía limitarse únicamente a la práctica clínica, sino también al desarrollo del pensamiento científico, la investigación y la reflexión crítica sobre la conducta humana.

La historia de la psicología dominicana no puede contarse sin mencionar su nombre.

Descanse en paz, Dr. Enerio Rodríguez Arias. Su legado permanecerá en la memoria de toda una disciplina.

— Dr. Juan Aníbal González Rivera

Durante mucho tiempo, las conversaciones sobre ansiedad, depresión y agotamiento emocional se discutieron como si existi...
18/05/2026

Durante mucho tiempo, las conversaciones sobre ansiedad, depresión y agotamiento emocional se discutieron como si existieran separadas de las condiciones económicas de las personas. Sin embargo, la literatura científica lleva años señalando algo importante: la inseguridad financiera no solamente afecta el bolsillo; también impacta el cerebro, el sueño, las relaciones interpersonales y la estabilidad emocional.

Las investigaciones muestran que el estrés económico crónico se asocia con mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos, irritabilidad, insomnio, desesperanza y agotamiento psicológico. Incluso, estudios han encontrado que la preocupación constante por deudas, inflación, empleo o gastos básicos puede activar sistemas de respuesta al estrés de manera sostenida, aumentando la carga fisiológica y emocional del individuo.

Y esto tiene sentido. Cuando una persona vive en incertidumbre financiera, el cerebro entra en un estado de vigilancia constante. No se trata simplemente de “manejar mejor el dinero” o “pensar positivo”. Muchas veces la mente está intentando sobrevivir a una percepción continua de amenaza: pagar renta, cumplir con responsabilidades, sostener una familia o enfrentar costos de vida cada vez mayores.

La Asociación Americana de Psicología (APA) recientemente recordó algo importante: el estrés monetario es real y vale la pena hablar de ello. Y probablemente esta validación sea necesaria, porque muchas personas cargan vergüenza silenciosa alrededor de sus dificultades económicas, como si fueran un fracaso personal y no una experiencia humana profundamente vinculada al contexto social y económico.

Hablar de salud mental también implica hablar de trabajo, salario, acceso a servicios, estabilidad y calidad de vida.

La psicología no puede desconectarse de la realidad económica en la que viven las personas.

A veces, pequeños pasos pueden ayudar: organizar gastos, reducir decisiones impulsivas bajo estrés, pedir apoyo o hablar con alguien de confianza. Pero también es importante reconocer que no todo el malestar emocional ocurre “dentro” de la persona. En ocasiones, el entorno financiero y social también está contribuyendo significativamente al sufrimiento psicológico.

Dr. Juan Aníbal González Rivera
Psicólogo Clínico

Existe una idea profundamente arraigada en muchas disciplinas clínicas: mientras más años una persona lleva ofreciendo t...
17/05/2026

Existe una idea profundamente arraigada en muchas disciplinas clínicas: mientras más años una persona lleva ofreciendo terapia, más “correctas” necesariamente son sus conclusiones clínicas. Pero la literatura científica lleva décadas cuestionando seriamente esa premisa.

La experiencia clínica es valiosa. Nadie niega eso. La exposición repetida a casos permite desarrollar sensibilidad interpersonal, reconocer patrones y desarrollar habilidades terapéuticas importantes. El problema aparece cuando la experiencia comienza a tratarse como si fuera equivalente a evidencia científica.

Y no son lo mismo.

Desde hace décadas, investigadores como Kahneman y Tversky demostraron que el juicio humano está profundamente influenciado por heurísticos y sesgos cognitivos, incluso en profesionales altamente entrenados. Sus trabajos sobre sesgo de confirmación, exceso de confianza e ilusión de validez transformaron la comprensión contemporánea de la toma de decisiones clínicas (Kahneman & Tversky, 1973; Kahneman, 2011).

En psicoterapia, la investigación también ha encontrado algo incómodo para la profesión: más años de experiencia no siempre se traducen automáticamente en mejores resultados clínicos. Un estudio ampliamente citado de Miller et al. (2007) encontró que muchos terapeutas no mejoran significativamente sus resultados con el paso de los años si no utilizan monitoreo sistemático de progreso y retroalimentación clínica continua.

De manera similar, la literatura sobre expertise profesional desarrollada por Ericsson (2004) sugiere que la mera repetición de una actividad no garantiza maestría. Lo que predice un desempeño superior no es simplemente la experiencia acumulada, sino la práctica deliberada: supervisión constante, corrección activa de errores y evaluación continua del desempeño.

Incluso estudios sobre juicio clínico han mostrado que los profesionales tienden a sobreestimar la efectividad de sus intervenciones cuando dependen exclusivamente de impresiones subjetivas. Meehl ya advertía desde 1954 que las predicciones clínicas intuitivas frecuentemente resultaban menos precisas que métodos estructurados y basados en datos objetivos (Meehl, 1954).

Esto no significa que la ciencia deba reemplazar la experiencia clínica. Significa que la experiencia necesita dialogar constantemente con la evidencia.

De hecho, la práctica basada en evidencia nunca significó “seguir manuales ciegamente”. La American Psychological Association definió la Evidence-Based Practice in Psychology como la integración de la mejor evidencia científica disponible, la experiencia clínica del profesional y las características, cultura y preferencias del paciente (APA Presidential Task Force on Evidence-Based Practice, 2006).

El problema surge cuando una de esas dimensiones intenta dominar completamente las otras.

Porque en salud mental, “llevo 20 años haciendo esto así” no necesariamente demuestra que algo sea efectivo. A veces solamente demuestra que se ha hecho de la misma manera durante 20 años.

Y esa diferencia importa mucho más de lo que creemos.

La discusión que ha surgido en torno al estudio sobre figuras eminentes de la psicología en Puerto Rico era predecible… ...
16/05/2026

La discusión que ha surgido en torno al estudio sobre figuras eminentes de la psicología en Puerto Rico era predecible… y, honestamente, también necesaria.

Cada vez que una disciplina intenta identificar figuras de alto impacto, emerge una tensión inevitable: ¿cómo reconocer trayectorias influyentes sin reducir el valor de otras aportaciones igualmente significativas, pero menos visibles?

Ese debate no es exclusivo de Puerto Rico. Precisamente por eso el estudio original de Ed Diener, Shigehiro Oishi y JungYeun Park (2014), realizado en Estados Unidos, intentó abordar el concepto de “eminencia” desde una perspectiva metodológica y no meramente subjetiva. Los autores reconocían que el término podía generar controversia, por lo que trataron de operacionalizarlo utilizando indicadores observables: reconocimiento por pares, impacto disciplinario, premios, influencia académica, presencia en textos formativos y trayectoria histórica.

Es importante entender algo: el estudio nunca pretendió identificar “las mejores personas” ni “los profesionales más éticos” o “más humanos”. Tampoco afirma que toda aportación valiosa necesariamente se traduzca en notoriedad pública. Lo que intenta medir es otra cosa: impacto reconocido dentro de una disciplina.

Y esa distinción es fundamental.

Porque en profesiones como la psicología —especialmente en contextos pequeños como Puerto Rico— suele existir cierta resistencia hacia cualquier intento de jerarquizar influencia profesional. En parte porque inevitablemente algunos perfiles serán más visibles que otros. Pero también porque muchas contribuciones importantes ocurren desde espacios clínicos, comunitarios, docentes, supervisivos o institucionales que no siempre quedan reflejados en métricas tradicionales.

Sin embargo, reconocer esa realidad no invalida el estudio.

De hecho, precisamente por eso el equipo de Puerto Rico parece haber adaptado el modelo original de Diener al contexto local, utilizando criterios y reconocimientos puertorriqueños para evaluar trayectoria e impacto dentro de nuestra propia realidad histórica y profesional.

Además, el proceso inicial del estudio ni siquiera consiste en aplicar automáticamente métricas rígidas. Primero se está solicitando a la comunidad profesional que nomine figuras que considere influyentes. Luego esas nominaciones pasarán por un análisis más sistemático basado en criterios adaptados del modelo original.

Eso me parece razonable.

Porque si una profesión desea preservar su historia, documentar liderazgo y reconocer personas que moldearon el desarrollo de la psicología puertorriqueña, algún tipo de marco conceptual y metodológico tiene que existir. De lo contrario, todo termina dependiendo únicamente de preferencias personales, afinidades ideológicas o memorias individuales.

Si este estudio logra abrir una conversación seria sobre cómo entendemos el impacto y la trayectoria dentro de la psicología puertorriqueña, entonces ya habrá aportado algo valioso a nuestra disciplina.

Hablar del acceso limitado a servicios de salud mental en Puerto Rico como si fuera simplemente un problema de “escasez ...
14/05/2026

Hablar del acceso limitado a servicios de salud mental en Puerto Rico como si fuera simplemente un problema de “escasez de profesionales” es una explicación incompleta y, en muchos sentidos, equivocada. La realidad parece ser mucho más compleja. Puerto Rico no necesariamente tiene pocos profesionales de salud mental; el verdadero problema es que el sistema actual no crea las condiciones para que esos profesionales puedan trabajar de manera sostenible dentro de las redes de seguros médicos y al alcance de la población.

A finales del 2024, Puerto Rico contaba con aproximadamente 3,916 profesionales de la psicología. Si a esto se le suman los 622 nuevos psicólogos que obtuvieron licencia en 2025, el país estaría superando los 4,500 psicólogos licenciados, alcanzando aproximadamente 4,538 psicólogos activos. Tomando como referencia la población de Puerto Rico —alrededor de 3.2 millones de habitantes— esto equivale a aproximadamente un psicólogo por cada 705 habitantes.

Cuando se compara con estados de tamaño poblacional similar en Estados Unidos, los datos resultan particularmente reveladores. Utah, con una población comparable a Puerto Rico, reportaba alrededor de 1,304 psicólogos licenciados. Iowa tenía aproximadamente 896 y Nevada cerca de 679. Esto equivale a aproximadamente un psicólogo por cada 2,714 habitantes en Utah, uno por cada 3,614 en Iowa y uno por cada 4,834 en Nevada. Incluso antes de añadir los nuevos profesionales licenciados en 2025, Puerto Rico ya mostraba una proporción de habitantes por psicólogo considerablemente más favorable que varias jurisdicciones estadounidenses. Con los nuevos licenciados, esa diferencia se vuelve aún más evidente.

Además, la profesión continúa creciendo aceleradamente. Tan solo en 2024 se licenciaron aproximadamente 413 nuevos psicólogos y en 2025 unos 622 adicionales. Es decir, más de mil nuevos psicólogos obtuvieron licencia en apenas dos años. Estos números cuestionan directamente la narrativa de que el problema principal sea que “no hay suficientes profesionales”.

Entonces, ¿por qué tantas personas continúan reportando dificultades para conseguir servicios psicológicos?

La respuesta parece encontrarse menos en la cantidad de profesionales y más en las condiciones estructurales del sistema de salud. Durante años, la salud mental no ha sido tratada como una prioridad real dentro de la política pública sanitaria. A esto se añade un modelo de seguros médicos caracterizado por tarifas extremadamente bajas, muchas de las cuales llevan casi dos décadas sin ajustes significativos. En numerosos casos, las tarifas pagadas a psicólogos y otros profesionales clínicos representan apenas una fracción de lo que pagan Medicare u otros programas comparables.

El efecto de esto es predecible. Muchos profesionales concluyen que participar de las redes de planes médicos es económicamente inviable. Las tarifas ofrecidas frecuentemente no cubren adecuadamente los costos operacionales de una práctica clínica: renta, plataformas electrónicas, expedientes digitales, personal administrativo, seguros profesionales, educación continua, contribuciones patronales y otros gastos básicos necesarios para sostener servicios de calidad.

Como consecuencia, una gran cantidad de psicólogos y otros clínicos optan por ejercer mediante práctica privada y pago directo, donde pueden establecer honorarios más compatibles con la realidad económica de su trabajo. Sin embargo, esto genera otro problema: gran parte de la población no puede costear terapia privada de manera sostenida. Mientras tanto, la clase media sí tiene seguro médico, pero muchas veces no logra encontrar profesionales que acepten su plan porque las tarifas ofrecidas son insuficientes para sostener una práctica viable.

El resultado es un sistema profundamente contradictorio. Existen profesionales. Existen pacientes buscando ayuda. Pero el modelo de financiamiento y contratación desconecta a ambos grupos. Los pacientes tienen cubierta de salud mental, pero no consiguen proveedores disponibles. Los profesionales existen, pero el sistema no les permite trabajar dentro de las redes sin comprometer su estabilidad económica.

Por eso, reducir esta crisis a una “escasez de profesionales” invisibiliza el problema real. Puerto Rico no necesita únicamente más psicólogos; necesita un sistema que permita retenerlos, integrarlos y sostenerlos dentro de las redes de servicios. La solución no puede limitarse a seguir formando profesionales mientras continúan existiendo tarifas indignas y estructuras de reembolso inviables.

Si realmente se quiere mejorar el acceso a servicios de salud mental en Puerto Rico, el país necesita revisar seriamente las políticas de reembolso, actualizar las tarifas de los planes médicos, fortalecer las redes de proveedores y reconocer la salud mental como un componente esencial de la salud pública. De lo contrario, seguiremos produciendo profesionales capacitados para un sistema que, en la práctica, les dificulta servir a la población que más los necesita.

Durante años, el ADHD ha sido entendido principalmente como un trastorno de inatención, hiperactividad e impulsividad. S...
07/05/2026

Durante años, el ADHD ha sido entendido principalmente como un trastorno de inatención, hiperactividad e impulsividad. Sin embargo, múltiples investigadores han planteado que esta visión es incompleta. Russell Barkley, una de las figuras más influyentes en ADHD, ha argumentado que el trastorno debe entenderse también como un déficit en autorregulación, incluyendo la regulación emocional.

La literatura científica documenta que muchas personas con ADHD presentan irritabilidad, baja tolerancia a la frustración, impulsividad emocional y dificultad para modular sus reacciones afectivas. Shaw et al. (2014) señalaron que la desregulación emocional es altamente prevalente en ADHD y se asocia con mayor deterioro funcional e interpersonal. Posteriormente, Faraone et al. (2019) propusieron que la impulsividad emocional y la deficiente autorregulación emocional podrían considerarse componentes centrales del ADHD, y no simples síntomas secundarios.

A pesar de esto, la desregulación emocional todavía no forma parte de los criterios diagnósticos principales del DSM-5-TR. Esto tiene implicaciones clínicas importantes: muchos psicólogos pueden enfocarse casi exclusivamente en atención, concentración, organización y distractibilidad, descuidando una dimensión que suele estar en el centro del sufrimiento del paciente.

Por eso, los psicoterapeutas deben conocer la psicopatología del ADHD más allá de su concepción tradicional. Evaluar cómo la persona maneja el rechazo, la crítica, la frustración, la espera, la vergüenza, la ira y la sobrecarga emocional debe formar parte de la formulación clínica y del plan de tratamiento.

La evidencia parece apuntar hacia una conclusión clara: el ADHD no es únicamente un trastorno de atención. En muchos casos, también es un trastorno de autorregulación emocional.

La psicoterapia funciona, punto. Sin embargo, la literatura científica ha demostrado que no todas las personas mejoran a...
06/05/2026

La psicoterapia funciona, punto. Sin embargo, la literatura científica ha demostrado que no todas las personas mejoran al mismo ritmo, con el mismo terapeuta, con la misma técnica o bajo las mismas condiciones. Algunos pacientes mejoran parcialmente, otros abandonan el tratamiento y un grupo puede incluso deteriorarse si la intervención no es adecuada para su caso.

Las investigaciones indican que una de las variables más importantes es la alianza terapéutica. Esto no significa simplemente “caerle bien” al terapeuta, sino construir una relación de colaboración, confianza, seguridad y metas compartidas. Cuando el paciente no se siente comprendido, cuando no hay acuerdo sobre los objetivos o cuando la terapia se percibe como desconectada de sus necesidades reales, el progreso puede verse limitado.

Otro factor importante es el diagnóstico incorrecto o incompleto. La literatura clínica señala que muchas personas llegan a terapia por ansiedad, depresión, problemas de pareja o irritabilidad, pero detrás puede haber trauma complejo, TDAH, trastorno bipolar, abuso de sustancias, condiciones médicas, trastornos del sueño o patrones de personalidad que no han sido identificados. Si el problema principal no se detecta, el tratamiento puede enfocarse en síntomas secundarios y no en los mecanismos que mantienen el sufrimiento.

Las investigaciones también indican que la comorbilidad complica la respuesta terapéutica. En la práctica real, muchos pacientes no tienen un solo diagnóstico, sino múltiples condiciones interactuando entre sí. En estos casos, una intervención demasiado general puede quedarse corta.

La literatura sobre trauma, por ejemplo, advierte que el trauma no detectado puede hacer que la terapia se estanque. Una persona puede hablar de ansiedad, insomnio, dificultad para confiar o problemas emocionales, pero el núcleo del problema puede estar en experiencias traumáticas, negligencia, abuso o ambientes crónicamente invalidantes.

También importa la frecuencia y continuidad del tratamiento. Las investigaciones sobre dosis-respuesta sugieren que asistir de manera irregular, cancelar frecuentemente o espaciar demasiado las sesiones puede afectar la mejoría, especialmente en cuadros complejos.

Además, algunas personas no mejoran porque reciben un tratamiento no indicado para su problema. No toda terapia sirve para todo. El TOC, el trauma, la depresión resistente, la desregulación emocional o el consumo de sustancias requieren intervenciones distintas.

Finalmente, la literatura insiste cada vez más en la importancia de medir el progreso. Sin instrumentos, escalas o retroalimentación sistemática, el terapeuta puede tardar demasiado en notar que el tratamiento no está funcionando.

No mejorar en terapia no siempre es resistencia. A veces es una señal clínica de que necesitamos evaluar mejor, formular mejor y ajustar el tratamiento con más precisión.

En los últimos años, la formación en psicología clínica ha experimentado un crecimiento notable en modelos de intervenci...
05/05/2026

En los últimos años, la formación en psicología clínica ha experimentado un crecimiento notable en modelos de intervención, técnicas terapéuticas y enfoques especializados. Hoy muchos estudiantes conocen términos como DBT, EMDR, ACT, mindfulness, terapia somática, activación conductual, entre muchas otras. Esto, sin duda, representa un avance importante. Sin embargo, también parece estar emergiendo una crisis menos discutida: la posibilidad de que estemos formando psicólogos con muchas herramientas técnicas, pero con poca profundidad en psicopatología, diagnóstico diferencial y formulación clínica.

La literatura científica ha insistido en que la práctica basada en evidencia no consiste únicamente en aplicar técnicas validadas, sino en integrar la mejor evidencia disponible, la pericia clínica y las características particulares del paciente. La propia American Psychological Association ha definido la práctica basada en evidencia en psicología como un proceso de toma de decisiones clínicas que requiere juicio profesional, evaluación rigurosa y comprensión del caso, no una simple selección mecánica de protocolos.

El problema es que una técnica puede ser correcta y, aun así, estar mal indicada. No es lo mismo trabajar desregulación emocional en un trastorno límite de la personalidad, en trauma complejo, en TDAH, en trastorno bipolar, en consumo de sustancias o en un cuadro depresivo con irritabilidad. Tampoco es lo mismo intervenir ansiedad cuando se trata de ansiedad generalizada, obsesiones, trauma, pánico, evitación social, síntomas psicóticos prodrómicos o una condición médica no identificada. Sin psicopatología sólida, el clínico puede confundir síntomas compartidos con diagnósticos equivalentes.

La investigación y las guías clínicas coinciden en que la formulación de caso es una competencia central porque conecta evaluación, diagnóstico, hipótesis explicativas y planificación del tratamiento. La formulación no responde solamente “qué diagnóstico tiene esta persona”, sino “por qué esta persona presenta estos problemas, de esta manera, en este momento y bajo estas condiciones”.

Aquí está el punto controversial: una psicología clínica sin psicopatología corre el riesgo de convertirse en una práctica técnicamente sofisticada, pero clínicamente superficial. Puede producir terapeutas hábiles en ejercicios, metáforas, hojas de trabajo y protocolos, pero inseguros ante la comorbilidad, el riesgo suicida, la personalidad, el trauma disociativo, el neurodesarrollo o la bipolaridad.

La formación contemporánea no necesita menos técnicas; necesita más pensamiento clínico. Necesita volver a enseñar psicopatología con profundidad, diagnóstico diferencial con rigor y formulación de caso como eje de toda intervención. Porque antes de preguntar “¿qué técnica aplico?”, el psicólogo debe poder responder: “¿qué estoy viendo realmente?”.

En los últimos años, el auge de la Terapia Dialéctico Conductual —DBT— y la psicoeducación masiva sobre el trastorno lím...
04/05/2026

En los últimos años, el auge de la Terapia Dialéctico Conductual —DBT— y la psicoeducación masiva sobre el trastorno límite de la personalidad han tenido un efecto positivo: se habla más de regulación emocional, impulsividad, autolesión, relaciones intensas y sufrimiento interpersonal.

Sin embargo, también ha surgido una confusión clínica importante: muchos estudiantes de psicología, e incluso algunos profesionales, comenzaron a asociar la desregulación emocional casi exclusivamente con el TLP.

Como si toda intensidad emocional, toda dificultad para tolerar el malestar o toda reactividad interpersonal apuntara automáticamente a ese diagnóstico. Pero esto es un error.

La desregulación emocional no es propiedad del TLP. Es un constructo transdiagnóstico. Esto significa que puede atravesar múltiples condiciones clínicas: trauma complejo, TDAH, trastornos depresivos, ansiedad, trastorno bipolar, abuso de sustancias, conducta suicida y problemas interpersonales crónicos.

La diferencia no está solamente en si la persona se desregula, sino en cómo, cuándo, por qué y dentro de qué organización clínica ocurre esa desregulación.

En el TLP puede aparecer junto a miedo al abandono, inestabilidad de la identidad, impulsividad y relaciones intensas. En el trauma complejo puede manifestarse como hiperactivación, vergüenza, disociación o respuestas defensivas. En el TDAH puede verse como baja tolerancia a la frustración, irritabilidad y dificultad para inhibir respuestas emocionales. En la ansiedad y la depresión puede expresarse como rumiación, evitación, preocupación o dificultad para salir de estados afectivos negativos.

Por eso, la pregunta clínica no debe ser:
“¿Hay desregulación emocional? Entonces, ¿es TLP?”

La pregunta debe ser:
“¿Qué función cumple esta desregulación en la vida psíquica de la persona?”

La desregulación emocional no debe usarse como atajo diagnóstico. Debe ser una puerta de entrada a una formulación clínica más profunda.

Porque no toda desregulación emocional es TLP. Pero toda desregulación emocional merece ser comprendida con rigor clínico.

Dr. Juan Aníbal González

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