16/04/2026
Después de un año y unos meses, las secuelas del duelo pasaron a tocar mi puerta…
sin avisar, como esas visitas que no llaman antes de llegar.
Se sentó conmigo en silencio,
y me recordó que todavía hay abrazos que hacen falta,
lugares a los que el corazón quiere regresar.
Me dio una nostalgia extraña…
de esas que no hacen ruido, solo están.
Extrañé ese espacio donde siempre era seguro llegar,
sin importar la hora ni el día.
Ese lugar donde una conversación podía empezar sencilla
y terminar tocando la vida entera.
Contigo uno aprendía de todo…
de cómo construir una casa o más bien
de cómo sostener la vida,
de historias que cargaban años,
y de verdades que se quedaban dando vueltas en la mente.
De fondo, NotiUno o Wapa radio sonando…
como si compitiera contigo por mi atención,
pero tú siempre ganabas.
Porque contigo, hasta lo cotidiano se volvía importante, todo era un aprendizaje.
La hamaca…
era más que una hamaca.
Era como un punto de encuentro,
era la mesa…
era una pausa en el tiempo
donde la vida bajaba la velocidad.
Y ayer me enfrenté con la verdad,
la casa de la calle Delta cerró sus puertas.
Se cerró un capítulo, pero y quien te prepara para cerrar las puertas de la casa de los abuelos.
Ahora esas paredes escriben las historias de otras familias,
y nosotros…
nos mudamos a los recuerdos.
Honramos el pasado,
lo abrazamos con gratitud,
y construimos el futuro de la mano de un legado.
Hoy, saliendo del beauty,
sentí esa necesidad de estar cerca…
y pasé por la calle Delta…
Me paré frente a la casa,
mirando hacia el tercer piso,
buscando la hamaca como quien busca una señal.
Queriendo, aunque fuera por un segundo,
sentirme adentro…
aunque estuviera afuera.
Miré la Arquitectura…
cada detalle construido por abuelo,
y entendí que hay cosas que no se van,
solo cambian de lugar.
El duelo no tiene ritmo.
No sigue calendario.
Simplemente llega…
en días importantes,
en cumpleaños,
o en un simple jueves de abril.
Si estas pasando o has pasado por un duelo no estas sola, nos tenemos.