27/02/2026
Durante gran parte de mi vida, reprimí mi ira.
Era una “buena persona”.
Era una persona “espiritual”.
(Excepto que, en realidad, era un persona enojada y no lo sabía).
Me habían enseñado que la ira era mala, vergonzosa, poco espiritual y un signo de debilidad. Además, sentía una necesidad narcisista de proteger una imagen de mí, como persona amable, cariñosa, compasiva y muy, muy espiritual, libre de cualquier atisbo de ira.
Hasta que un día comprendí que cuando reprimimos nuestra ira, reprimimos nuestra fuerza vital, nuestra pasión, nuestra sexualidad, nuestro discernimiento, nuestro fuego.
Fue aterrador y liberador a la vez empezar a permitirme sentir y expresar la ira de forma saludable. Decir “no” cuando quería decir no, aceptar que había gente que no iba a quererme, decepcionar e incluso no encajar, establecer limites sanos y firmes.
Me di permiso de sentir enojo, cuando sentía enojo… Y por fácil que suene, fue profundamente difícil y liberador.
Dejé de actuar por culpa y vergüenza.
Dejé de permitir que la ira me controlara.
Dejé de intentar salvar a todos y de fingir ser “buena persona” todo el tiempo.
Solté la necesidad de ser visto como compasivo, espiritual y amable. Dejó de ser vital lo que otros pensaran de mí y allí descansé.
Ahora soy un ser humano total, con sus días de rabia y sus días de alegría. Y en esa medida, puedo sentarme al lado de alguien sin importar lo que esté pasando en su día, pues ya no le temo a los míos, ya no le temo a sentir.