20/11/2025
Hay etapas en la vida donde el corazón comienza a hablar más fuerte que el ruido de afuera.
Te susurra que no puedes seguir cargando cosas que te quebran, que te cansan, que te borran.
Te invita a regresar al origen, a ese punto donde eras auténtico, sencillo y verdadero.
Volver al origen es volver a lo que Dios soñó de ti.
Es escuchar de nuevo su voz entre tantas voces.
Es recordar que tú no eres tu dolor, ni tus pérdidas, ni tus temores…
Eres su creación, su propósito, su hijo.
Pero regresar implica liberar.
Soltar lo que te amarra internamente.
Soltar lo que te drena por dentro.
Soltar lo que ya cumplió su tiempo en tu historia.
No por orgullo, sino por salud del alma.
En ese regreso, inevitablemente Dios ilumina áreas que a veces preferimos no mirar:
el dinero, la sexualidad, el poder, el miedo.
No son malos, no son sucios, no son enemigos.
El problema nace cuando toman el lugar que solo le pertenece a Dios.
Cuando se convierten en motores, en brújulas equivocadas, en tronos ajenos.
El dinero es útil… hasta que dirige tu identidad.
El miedo es humano… hasta que controla tu camino.
La sexualidad es un regalo… hasta que desplaza tu valor.
El poder es influencia… hasta que reemplaza tu obediencia.
Dios no te pide que huyas de estas áreas, sino que las pongas en su orden correcto.
Primero Él, luego todo lo demás.
Porque cuando Dios ocupa su lugar:
El dinero se vuelve siembra, el miedo se convierte en fe, la sexualidad se viste de honra, el poder se transforma en servicio.
Volver a tu esencia no es retroceder.
Es renacer.
Es respirar de nuevo.
Es caminar sin el peso innecesario que un día aceptaste como normal.
Es mirarte con los ojos de Dios, y comprender que lo que Él quiere no es quitarte cosas…
Sino devolverte tu vida, tu claridad, tu paz y tu identidad.
Regresar al origen es regresar a Él.
Y regresar a Él es recuperar lo que creías perdido.