01/06/2026
Cuando un niño paga con su vida la violencia doméstica, la tragedia no comienza en el momento de la muerte. Comienza mucho antes, en los silencios forzados, en el miedo cotidiano, en los gritos que atraviesan paredes y cuerpos pequeños que no tienen defensa ni elección. Miles de niños pagan un precio injusto por conflictos que no les pertenecen. Algunos mueren físicamente; otros sobreviven, pero partes esenciales de su niñez y de su ser se van apagando día tras día. La violencia no solo hiere: deshumaniza, fragmenta, roba la inocencia y altera para siempre la forma en que un niño entiende el amor, la seguridad y el mundo. Los niños que crecen viendo violencia aprenden a sobrevivir antes de aprender a vivir. Su sistema emocional se moldea en alerta constante; su corazón se acostumbra al miedo como si fuera normal. Aunque sigan respirando, algo muere dentro: la confianza básica, la alegría espontánea, la certeza de estar a salvo. La violencia doméstica no deja cicatrices visibles únicamente; deja marcas profundas en la memoria, en el cuerpo, en la identidad. Y cuando la violencia escala hasta quitar una vida, la sociedad no puede limitarse a lamentar el final sin reconocer el largo camino de tristeza y abuso que lo precedió.
El precio que pagan los inocentes es una deuda colectiva. No basta con condenar al agresor; es imprescindible prevenir antes, escuchar a tiempo, intervenir con valentía y proteger sin ambigüedades. Cada niño merece crecer sin miedo, sin cargar culpas ajenas, sin aprender que el amor duele. Recordar a quienes perdieron la vida exige más que palabras: exige compromiso real con la protección, la justicia y la sanación de quienes aún pueden ser salvados. Porque ningún niño debería pagar con su infancia ni con su vida la violencia de los adultos.
Dra. Fermina L. Román – Psicóloga