01/04/2026
Este 2026 nos viene recordando el papel fundamental de la mujer en nuestras vidas.
Las mujeres siguen ocupando, en muchos espacios, un papel secundario. No por falta de capacidad, inteligencia o fuerza, sino por una herencia profunda de miedo al equilibrio. Detrás de esa relegación no hay casualidad: hay estructuras antiguas que aprendieron a sostenerse silenciando una parte esencial de la humanidad. Cuando una voz es excluida durante generaciones, la exclusión deja de parecer violencia y empieza a llamarse "normalidad".
Todo comienza en la base: la familia.
Ahí, la mujer ha sido pilar, cuidado y presencia constante. Madre que gesta, protege, alimenta y forma. Madre capaz de salvar a sus hijos incluso a costa de sí misma. Pero también madre destinada a sufrir cuando no logra protegerlos de un mundo que hiere. Ese sufrimiento, acumulado y silenciado, se convierte en enfermedad, en cansancio del alma, en cuerpos que hablan cuando ya nadie escucha.
Incluso en ese espacio sagrado, su valor fue reducido a su función. Se le reconoció por lo que daba, no por lo que era. Cuando una madre no es entendida, cuando es humillada o reducida al polvo emocional, su dolor no es personal: es el reflejo de una sociedad enferma.
Durante siglos, la mujer fue una identidad incompleta ante la ley. Se le negó autonomía bajo el discurso de la "protección". Pero lo que se protegía no era a la mujer, sino un sistema construido desde el ego y la arrogancia con la que muchos hombres hemos aprendido a vivir. Porque una mujer consciente, y una madre con voz, rompen el relato de subordinación.
En la religión, la historia también pesa.
Presente como símbolo y fuente de vida, pero a menudo ausente del poder real. Como OSHUN, quien hace posible la vida y el rito, pero a quien no siempre se llamó al centro. Su historia nace en el signo Oshe Otura (17), donde se revela una verdad absoluta: sin la energía femenina no hay creación, ni equilibrio, ni prosperidad verdadera.
Esto no es solo tradición, es mandato de OLÓRDÙMARÈ. Él estableció el equilibrio entre lo masculino y lo femenino como ley. ¿Quiénes somos nosotros, los hombres, para ir en contra de Su palabra?
Excluir a la mujer — en la política, en la fe o en la casa — nace del miedo a perder privilegios y del temor a compartir el centro. Pero la lección de Oshe Otura es clara: cuando la mujer es excluida, el mundo no se rompe de inmediato, pero empieza a secarse.
Por eso, valorar a la mujer — y especialmente a la madre — no es un gesto simbólico.
Es una necesidad vital. Es obediencia espiritual.
Una sociedad que no escucha a sus madres se desconecta de su raíz más profunda. Y una sociedad que ignora el mandato de OLÓRDÙMARÈ puede aparentar estabilidad… pero ya ha comenzado a morir por dentro.