05/26/2026
X 2 x 3 x todas las que tienen que sonreir mientras se rompen por dentro y fuera
Hay algo profundamente extraño en la cultura del autismo que hemos construido en Iberoamérica.
Mientras más cansada está una madre,
más tranquila parece sentirse la estructura alrededor.
Como si el sistema hubiera aprendido algo peligroso:
que siempre habrá alguien destruyéndose en silencio para sostener lo que él no sostiene.
Casi siempre,
una mujer.
“Dios te la mandó porque sabía que podías.”
“Eres una guerrera.”
“La prueba es porque eres fuerte.”
Y durante años confundimos esas frases con esperanza.
Ahora empiezo a pensar otra cosa.
Tal vez muchas veces funcionaron como anestesia.
Porque mientras repetíamos eso,
había madres durmiendo tres horas.
Madres sobreviviendo con ansiedad.
Madres aprendiendo terapias,
lenguajes,
protocolos,
crisis,
escuelas,
hospitales.
Madres sosteniendo una casa completa
con el cuerpo emocional ya fracturado.
Y aun así,
el mundo seguía admirando su “fortaleza”.
Como si resistir fuera lo mismo que vivir.
Hay algo duro en aceptar esto:
a veces la resiliencia solo es el nombre elegante de una forma de abandono prolongado.
Y quizá por eso muchas madres ya no necesitan que las llamen fuertes.
Necesitan algo más humano.
Poder decir:
“ya no puedo”
sin sentir culpa.
Porque el amor también se cansa.
Y decir eso no vuelve menos profundo el amor.
Lo vuelve real.
Tal vez una de las señales más claras de que una sociedad está fallando
es cuando el cuidado deja de ser una responsabilidad colectiva
y termina convertido en el desgaste silencioso de una sola persona.
Ahí el problema ya no es únicamente el autismo.
Ni siquiera la discapacidad.
El problema es una cultura que aprendió a funcionar trasladando el peso del cuidado hacia las familias,
mientras después romantiza el agotamiento que produce.
Hay escuelas que siguen operando
porque las madres compensan todo lo que el sistema no sabe sostener.
Hay sistemas enteros que aparentan estabilidad
porque alguien colapsa antes que ellos.
Y quizá lo más inquietante es que durante mucho tiempo llamamos amor
a esa forma de desaparición lenta.
Porque demasiadas madres no solo abandonaron trabajos.
Abandonaron versiones completas de sí mismas.
Amistades.
Descanso.
Intimidad.
Deseos propios.
Tiempo.
Silencio.
Futuro.
Y aun así,
todavía hay culturas que esperan que sonrían mientras se rompen.
Pero cuidado:
esto no trata de reemplazar el sufrimiento de las madres
por la invisibilización de las personas autistas.
Cuando una estructura falla,
termina aplastando a ambos.
A las madres,
que viven agotadas.
Y a las personas autistas,
que muchas veces crecen sintiendo que existir implica convertirse en el centro del sacrificio de quienes aman.
Y eso tampoco es dignidad.
Porque quizá el objetivo nunca debió ser aprender a soportarlo todo.
Quizá el verdadero avance humano comienza cuando una sociedad deja de considerar normal
que alguien tenga que destruirse para que otro pueda vivir con dignidad.
No sé cuánto tardará en cambiar esta cultura.
Quizá años.
Quizá generaciones.
Quizá no lo veamos algunos.
Pero sospecho algo:
Las culturas empiezan a transformarse
cuando el sufrimiento que antes admiraban
por fin comienza a parecerles insoportable.
—
Luis Antonio Hernández
Eko Autismo | Casa Heredis | Post Inclusión
Ruta de transformación cultural del Autismo en Iberoamérica