04/06/2023
Cuando la muerte nos visita y nos mira a los ojos, duele. Nos impulsa a llorar y le cerramos la puerta en la cara.
Hoy quiero escribir sobre esa presencia del vacío de la muerte, de ese lugar del “nunca jamás” y su fuerza.
Todos hemos experimentado muchas veces el vacío: de algo, de alguien, de las relaciones, de la muerte. Ese vacío que sobreviene cuando algo dentro de nosotros se desgarra y no podemos evitarlo.
Hay algo de prepotencia cuando alguien que amamos muere, pues creemos que el vacío está dentro de nosotros, el pecho se hincha y nos duele. Pero, realmente, el espacio vacío está fuera, nos rodea, nos abraza.
La sensación de vacío aparece cuando las fuerzas que potencian la vida y habitan los espacios desaparecen. Eso es la muerte. Ninguna fuerza en acción.
Hay seres y dinámicas tan grandes en nuestras vidas, que al irsen nos muestran ese vacío y su fuerza en el espacio. Duele, confunde, agota. No lo queremos ver. Nos resistimos. Y si es necesario, peleamos y hacemos pataleta con acciones que ocultan nuestra verdadera necesidad.
Un día lo vi muy claro en uno de los trabajos al acompañar el dolor de otros: El vacío es realmente un espacio. Es un espacio lleno de acciones tristes: comer mucho para buscar placer, cuando lo que quiero es tu cuidado; aceptar tener s**o, cuando lo que quiero es tu amor; llenarme de trabajo, cuando lo que quiero es reconocimiento y valor; salir a divertirme, cuando quiero es tu mirada y que tu sonrías conmigo; publicar algo para mostrar lo que tengo, cuando solo quiero tu atención y tu deseo; enfermarme para tener todo tu tiempo para mi; guardar tus recuerdos, cuando en realidad quiero tu abrazo cálido.
Frente al vacío, nuestra verdadera necesidad se disfraza y busca acciones que no potencian nuestra acción y resultan siendo más tristes y nos llenan de rabia.
Al tiempo, en ese mundo íntimo en el cuál no podemos callarnos porque todo hace ruido, nos damos cuenta de que ese vacío nunca se llena y nunca cambia. No es necesario, no es posible. Y, entonces, podemos verlo y reconocer lo aplastante de su fuerza triste sobre nosotros.
Nos rendimos ante su fuerza, superior a nosotros: “así fue y no pudo ser distinto”. Lo miramos, vernos en su fondo oscuro e inmóvil muestra nuestra verdadera necesidad, dejamos que nos abrace y lloramos en sus brazos como niños; por fin, nuestras lágrimas saben dulce y vemos como la vida persiste y se abre paso.
Allí dónde el espacio vacío nos abraza, el tiempo permite la emergencia de lo nuevo, es entonces cuando nos damos cuenta de la persistencia de la vida y su dulzura.
En ese presente contundente del vacío, la vida emerge. Es allí cuando es posible la aceptación, la atención a nuestras verdaderas necesidades y, consecuentemente, la creación 💕.