07/07/2025
EL LOCO
Bajo un cielo donde las estrellas titilaban con un brillo desafiante, un joven llamado Eryon caminaba sin rumbo por un sendero que se desvanecía más allá del horizonte. Sus ropas, desgastadas por el tiempo, estaban adornadas con cintas deshilachadas y pequeños cascabeles que tintineaban con cada paso, como si anunciaran su llegada a mundos que aún no existían. Sobre su hombro, colgaba un hatillo liviano. No llevaba mapas, ni pan, ni abrigo. Solo un cuaderno vacío, una pluma azul y una piedra que le había susurrado un secreto que no recordaba.
Eryon era conocido en su aldea como “El Loco”. No porque le faltara juicio, sino porque vivía fuera del marco estrecho de lo que otros llamaban cordura. Mientras los demás se preocupaban por sembrar antes de la lluvia o por evitar el bosque al anochecer, Eryon bailaba bajo las tormentas, trepaba árboles para hablar con los cuervos y lanzaba preguntas al viento como si esperara que el viento le respondiera. Algunos lo miraban con ternura. Otros, con temor. Pero nadie podía negar que había en él una chispa diferente, una forma de ver que rompía el velo de lo ordinario.
Una mañana sin nombre, Eryon partió. Nadie supo decir si se fue por deseo o por destino. Solo se escucharon los cascabeles alejándose en la bruma, seguidos por los pasos suaves de un perro pequeño y leal, de pelaje enmarañado y ojos sabios como la noche.
Cruzaron campos de trigo que susurraban, ríos que les enseñaron a cantar, colinas donde el viento hablaba en lenguas perdidas. No tenían un plan. Solo avanzaban. Y eso, para Eryon, era suficiente.
Una noche, acamparon bajo un árbol que parecía haber nacido en el principio del mundo. El fuego crepitaba y el perro dormía acurrucado. Eryon miraba las estrellas con una sonrisa distraída. Le hablaban. No con palabras, sino con una certeza que le latía en el pecho: algo lo esperaba más allá del último camino.
Al día siguiente, el sendero se volvió más estrecho, más escarpado. Piedras sueltas crujían bajo sus pies. El perro, inquieto, gruñó mirando hacia el vacío. Pero Eryon solo le sonrió.
—¿Temes caer, amigo? —le dijo, acariciando su cabeza—. ¿O temes volar?
El sendero terminó en un abismo. No había puente, ni señales, ni huellas. Solo un salto imposible. Pero cuando la luz de la luna rozaba el vacío, se revelaba por un instante una estructura de hilos luminosos: un puente invisible, tejido con lo que solo el corazón podía ver.
Fue entonces cuando una figura surgió de la nada. Una anciana de piel arrugada como corteza de árbol y ojos llenos de constelaciones. Llevaba un manto de estrellas y una voz que parecía haber sido tejida con las canciones del tiempo.
—Si cruzas, no hay retorno —dijo—. El puente no sostiene a los que dudan. Solo a quienes confían.
Eryon la miró sin miedo.
—¿Por qué retroceder, si todo lo que amo aún no lo he encontrado?
La anciana inclinó la cabeza. Sus ojos brillaron con una chispa de reconocimiento. Como si ya lo hubiera visto cruzar muchas veces, en otros mundos, con otros nombres.
Eryon dio un paso.
El puente se encendió bajo su pie con un leve resplandor, luego desapareció. Dio otro paso. Nada bajo él. Solo viento. Solo vacío. Solo fe.
A cada paso, voces surgían del abismo. Le ofrecían certezas, le suplicaban que volviera, le recordaban el calor de un hogar, el miedo a caer, la seguridad de lo conocido. Pero Eryon no se detenía. El perro lo seguía, confiando más en el latido del corazón de su amigo que en la lógica del mundo.
En el centro del abismo, el puente desapareció por completo. Eryon sintió que flotaba. Que caía. Que era nada. Pero sonrió. Cerró los ojos.
Y el universo lo sostuvo.
Del otro lado, el mundo era distinto.
Un prado se extendía hasta el horizonte, cubierto de flores que entonaban melodías sin idioma. El cielo tenía dos luminarias: un sol cálido y una luna de plata, danzando juntas. Allí, el tiempo no existía. Solo el ahora. Solo el suspiro eterno de lo sagrado.
La anciana ya no estaba. O quizás lo observaba desde alguna estrella.
Eryon miró el paisaje con la alegría tranquila de quien no necesita entender. Comprendió que no había llegado a ningún lugar. Porque el viaje no era hacia fuera, sino hacia dentro. Y el salto no era entre mundos, sino entre formas de ver.
El perro ladró feliz. Rodó entre las flores. Y Eryon rió.
—Al final, nada nos pertenece —susurró—. Solo el paso que decidimos dar.
Y con esa certeza, siguió caminando.
No hacia un destino. No hacia un final. Solo hacia el misterio que lo llamaba desde más allá del horizonte.
Porque El Loco no busca respuestas. Solo se lanza a vivir la pregunta.
Y en cada paso, la vida le revela un secreto nuevo.
Así enseña El Loco: que el verdadero viaje comienza no cuando todo está claro, sino cuando, aún en la oscuridad, decides dar el salto.
De Marcia Morales Montesinos
🌙✨ Muy pronto verá la luz mi libro “Entre Arcanos: Cuentos Iniciáticos del Tarot”.
Mientras se alistan las páginas para su publicación, te comparto uno de los relatos que forman parte de este viaje simbólico.
Espero que lo disfrutes tanto como yo al escribirlo. 🌌📖