13/10/2025
Cuando no sabes lo que vales, terminas aceptando lo que no te honra.
Cuando no te respetas, te quedas donde ya no hay alma.
Cuando no te amas, permites gritos, mentiras, golpes, silencios que duelen.
Cuando no te reconoces, entregas tu cuerpo a quien no lo cuida, como si no importara.
Y no es porque seas débil. Es porque te enseñaron a sobrevivir, no a elegir.
Muchas personas crecieron recibiendo migajas, porque quienes les dieron la vida tampoco supieron amar.
No porque no quisieran, sino porque no pudieron.
Porque también fueron niñas y niños heridos.
Porque también les faltó abrazo, presencia, ternura.
Porque aprendieron a endurecerse, a callar, a golpear, a huir.
Y desde ese lugar roto, dieron lo que tenían… aunque muchas veces no era amor, sino miedo, ausencia o violencia.
Y ahí, justo ahí, se sembró la confusión.
Aprendiste a llamar amor a lo que dolía.
A quedarte donde no te veían.
A esperar que alguien te eligiera, como si eso fuera prueba de tu valor.
Y en ese terreno, aparecen quienes saben moverse entre tus vacíos.
Te dan poquito, te hacen sentir especial por un rato, y tú te quedas.
Te quedas esperando que algún día te den lo que mereces, sin saber que ya lo mereces ahora.
Pero esto no empieza contigo.
Esto viene de antes.
De voces que nunca fueron escuchadas.
De cuerpos que fueron usados sin consentimiento.
De mujeres que callaron por miedo.
De hombres que aprendieron a endurecerse para no quebrarse.
De abuelos que no sabían cómo abrazar.
De madres que dieron lo que pudieron, aunque no fuera suficiente.
De padres que no supieron quedarse.
Y tú heredaste todo eso.
No como castigo, sino como misión.
Misión de romper el ciclo.
De mirar lo que nadie quiso mirar.
De sentir lo que otros anestesiaron.
De elegir distinto.
Quien no se ha mirado con ternura, se vuelve presa fácil.
Quien no ha sanado sus raíces, confunde el control con cuidado.
Y quien no se ha abrazado de verdad, idolatra a quien lo manipula.
Pero escúchame bien: nadie va a venir a salvarte.
Nadie va a cortar los hilos por ti.
Eres tú quien tiene que mirar de frente, reconocer lo que duele, y decidir que ya no más.