30/11/2025
JOHN M. HOBSON - Los Orígenes Orientales de la Civilización de Occidente
"Los Orígenes Orientales de la Civilización de Occidente" de John M. Hobson es una obra que desafía de manera frontal la narrativa eurocéntrica que ha dominado la historiografía occidental desde hace siglos. En lugar de aceptar el relato tradicional según el cual Europa habría desarrollado, casi por generación espontánea, las instituciones, tecnologías, ideas y prácticas que hicieron posible su expansión global, Hobson examina la genealogía real de esos procesos y muestra que, lejos de constituir una excepción histórica autocontenida, Europa fue durante siglos una región periférica que dependió intensamente de innovaciones, conocimientos, rutas comerciales y sistemas productivos originados en diversas sociedades asiáticas. Esta tesis, que en principio puede parecer polémica para el canon dominante, se sostiene en un impresionante aparato comparativo que abarca desde la economía agraria china hasta las redes comerciales del Índico, desde los avances científicos del mundo islámico hasta las instituciones políticas desarrolladas en Japón, Corea o el Sudeste asiático. El argumento fundamental, que Hobson despliega con método sistemático, es que sin la transferencia continua de recursos materiales, tecnologías, procedimientos organizativos y saberes provenientes del Oriente, Europa no habría podido iniciar el proceso que hoy se denomina modernidad.
Uno de los ejes conceptuales más fuertes del libro es la crítica a la idea de una modernidad autónoma. Hobson muestra que la supuesta individualidad europea es, en realidad, un mito historiográfico construido retrospectivamente para justificar la hegemonía alcanzada por las potencias occidentales a partir del siglo XVIII. Este mito se basa en dos supuestos: primero, que Europa poseía rasgos únicos, intrínsecos y permanentes, tales como racionalidad, espíritu científico, capacidad de innovación y estructuras políticas progresivas; segundo, que el resto del mundo permanecía estático o atrasado, funcionando meramente como telón de fondo para la emergencia de la civilización occidental. La fuerza de la obra reside en desmontar ambos supuestos con una avalancha de comparaciones históricas, datos empíricos y análisis de larga duración. Durante vastos períodos, las sociedades asiáticas —especialmente China, la India y el mundo islámico— fueron más avanzadas que Europa en ámbitos decisivos como matemáticas, navegación, cartografía, metalurgia, burocracia, agricultura intensiva, medicina y organización urbana. La superioridad europea, lejos de ser un punto de partida, fue una meta alcanzada tardíamente gracias a procesos de aprendizaje, apropiación y, en última instancia, expansión colonial.
Hobson subraya además que la economía global premoderna tenía un centro inequívoco en Asia. Las rutas comerciales que articulaban el Índico y el Lejano Oriente formaban un sistema interconectado que abastecía al mundo con productos de alto valor —especias, seda, porcelana, metales trabajados— y que servía como matriz para la innovación tecnológica. Europa, por contraste, era un actor marginal que dependía de intermediarios para acceder a esos bienes. Esto llevó a que uno de los motores de la expansión europea fuese precisamente la necesidad de integrarse de manera más directa y ventajosa en ese sistema global dominado por Asia. En este punto, Hobson reinterpreta incluso los viajes de exploración: lejos de ser evidencia de superioridad técnica, expresan la dependencia europea de las tecnologías orientales, desde las cartas de navegación árabes hasta las innovaciones chinas como la brújula o la pólvora. El “descubrimiento” de rutas marítimas alternativas no fue producto de una genialidad exclusiva, sino de la combinación entre necesidades económicas, saberes importados y condiciones políticas particulares.
Otra dimensión clave de la obra es el examen del papel que jugó la transferencia tecnológica. Hobson demuestra que prácticamente todos los elementos que se consideran pilares de la modernidad europea tienen origen o prefiguración en Oriente. La revolución agrícola que permitió a Europa incrementar su productividad no puede entenderse sin las técnicas desarrolladas en China; la expansión de la metalurgia depende de procedimientos del Asia central y del mundo islámico; numerosas nociones matemáticas y científicas provienen de India, Persia o el califato abasí; los avances en navegación, cartografía y construcción naval que hicieron posible el expansionismo europeo fueron en gran medida adaptaciones y perfeccionamientos de tecnologías orientales. Este enfoque desestabiliza la noción de un milagro europeo, según la cual Occidente habría dado un salto cualitativo repentino sin precedentes comparables. Hobson muestra que el salto no fue repentino, y mucho menos autónomo: fue el resultado de un proceso de acumulación dependiente de redes globales preexistentes.
Asimismo, el libro desarrolla una crítica muy elaborada al eurocentrismo académico. Hobson sostiene que la historiografía occidental no solo ha invisibilizado la contribución de las sociedades orientales, sino que ha reinterpretado esa contribución de manera tal que aparece como un conjunto de influencias menores, accidentales o meramente preparatorias. Por ejemplo, la narrativa habitual presenta a las matemáticas griegas como origen de la ciencia moderna, minimizando el rol decisivo que cumplieron los matemáticos indios y los traductores árabes, sin quienes no habría existido ni álgebra moderna ni la transmisión de los textos clásicos a Europa. De igual modo, se suele afirmar que la imprenta fue un invento europeo, ignorando el desarrollo previo de sistemas de impresión en China y Corea. Hobson analiza cómo estas distorsiones se consolidaron a través de manuales, currículos educativos, literatura divulgativa y discursos políticos que, con el tiempo, fijaron una imagen autocongratulatoria de Europa como cuna natural del progreso.
La argumentación se extiende también al análisis del capitalismo. Hobson discute la tesis de que el capitalismo habría surgido exclusivamente en Europa debido a factores como la propiedad privada, el espíritu emprendedor o las instituciones liberales. En su lugar, sostiene que el capitalismo temprano europeo se benefició enormemente de la riqueza asiática. La plata americana, canalizada hacia China para pagar productos orientales, fue un ejemplo claro de cómo el sistema económico global estaba articulado en torno a la demanda asiática. Asimismo, Hobson destaca que las formas de producción, especialización y comercio que usualmente se atribuyen al capitalismo moderno ya existían en distintas regiones orientales, con complejidades que Europa solo adoptó más tarde. De esta manera, el ascenso europeo es reinterpretado no como creación ex nihilo, sino como resultado de una interacción sistemática con potencias más desarrolladas.
Uno de los puntos más provocadores del libro es la reinterpretación del colonialismo. Hobson afirma que la expansión colonial europea fue posible no por superioridad técnica inicial, sino por las divisiones internas de ciertas regiones asiáticas, combinadas con la capacidad europea para adaptar tecnologías orientales al uso militar y naval. Esto implica que Europa no conquistó el mundo porque fuera más avanzada, sino porque logró aprovechar circunstancias geopolíticas específicas. La posterior destrucción de industrias orientales —en particular la textil india— y la subordinación económica de vastas regiones del planeta fueron condiciones necesarias para que Europa finalmente se colocara como centro del sistema global. Por lo tanto, su hegemonía no es prueba de su excepcionalidad, sino producto de un proceso histórico violento, contingente y plagado de asimetrías.
La obra también se ocupa de desmantelar las versiones más sofisticadas del eurocentrismo, aquellas que admiten algunas influencias orientales pero las reducen a un papel secundario. Hobson muestra que incluso cuando se reconoce una transmisión de saberes, suele presentársela como una mera preparación para que Europa finalmente despliegue su capacidad intrínseca. Contra esto, Hobson argumenta que la modernidad europea es, en un sentido estructural, una modernidad globalizada desde sus orígenes: no solo recibe influencias externas, sino que depende de ellas para constituirse. Por ello, el autor insiste en la necesidad de reformular la historiografía en un marco multicéntrico, que reconozca la interdependencia entre sociedades y la continuidad histórica de flujos culturales, económicos y tecnológicos.
La claridad expositiva de Hobson permite comprender cómo los discursos históricamente dominantes configuraron una visión del mundo que todavía condiciona la forma en que se enseña historia, se conciben las identidades culturales y se legitiman las jerarquías globales. El libro invita a reconsiderar conceptos como modernidad, progreso, racionalidad y civilización bajo una perspectiva más amplia y menos sesgada. También obliga a repensar la narrativa del ascenso de Occidente no como una marcha inevitable hacia la supremacía, sino como el resultado de un entrelazamiento profundo con otras regiones, cuyo aporte debe ser reconocido para evitar perpetuar distorsiones ideológicas.
El aporte principal del texto radica en su capacidad para transformar la comprensión del desarrollo histórico mundial. Hobson no propone sustituir un eurocentrismo por un “orientalcentrismo”, sino demostrar que la historia global no puede entenderse como la historia de Europa irradiando progreso, sino como una red compleja de intercambios que hicieron posible la modernidad. Al obligar al lector a salir de los marcos interpretativos tradicionales, el libro abre un espacio para repensar el papel de las civilizaciones no occidentales en la configuración del mundo contemporáneo. Por ello, "Los Orígenes Orientales de la Civilización de Occidente" se convierte en una obra imprescindible para quienes buscan comprender la historia en toda su amplitud y cuestionar narrativas heredadas que todavía influyen en el modo en que Occidente se representa a sí mismo.
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