23/10/2019
Taller Abrazando la Muerte
Caso 2: “Intervención in situ”
Las experiencias de contacto in situ con la muerte son especiales. Especiales no solamente por la vivencia emocional que experimenta la persona en tránsito, sino también por la intensidad de las emociones de los familiares y amigos que le acompañan en ese momento.
Hace dos años, volviendo de viaje, recibo una llamada no esperada. La madre de un gran amigo estaba muriendo de cáncer en el hospital. Al llegar al hospital, a esa planta en la que están los enfermos terminales y hay bastante libertad de entrada y salida de los familiares, me encuentro con un panorama habitual pero al mismo tiempo desaconsejable. En el espacio reducido que es una habitación de un hospital había no menos de 12 personas, en silencio, tristes, ojerosas, y la enferma postrada en la cama en coma inducido. El ambiente era denso, diría que el aire se podía masticar. Mi amigo fue a mi encuentro y me abrazó, triste, compungido. Yo le propuse tomar algo en la cafetería del hospital, y allí fuimos, él, uno de sus hermanos, una prima cercana con la que también tenía confianza, y yo.
Ya en la terraza de la cafetería, sentados los cuatro en una mesa, les conté mi visión de la situación. Les dije que por experiencia personal, y por suficientes experiencias documentadas a lo largo de mucho tiempo, los pacientes en coma suelen tener percepción del entorno que les rodea, y les señalé que esa situación que estaban viviendo no era la mejor opción para despedir a un ser querido. Les planteé hacer algo diferente que cambiara esa densa tristeza que se respiraba en la habitación, que realizaran la mejor despedida que pudieran imaginar para ese ser querido.
Así, les propuse que salieran todos de la habitación, que uno a uno entraran y se sentasen junto a su madre/esposa/tía/hermana, que le cogieran la mano, y que le dijeran todo aquello que sentían, aquello que le agradecían por sus cuidados, por su saber estar y humanidad, que se despidieran con el corazón.
El primero en entrar fue el hermano mayor de mi amigo, una persona muy racional y que no entró del todo convencido; algo más de 5 minutos después salió llorando, descolocado, diciendo que cuando le dijo que la quería, su madre le apretó con fuerza la mano. Uno tras otro fueron pasando todos los familiares por la experiencia de la despedida. Mientras yo estuve en el hospital entraron tres familiares. Los tres salieron llorando y contando la misma historia que el primero de ellos. Según me contaron más tarde, las experiencias de los restantes familiares fueron similares.
Ya en casa, por la tarde, recibí una llamada de mi amigo. Su madre había mu**to. Me habló emocionado de la paz que se respiraba en la habitación después de que todos volvieron a ella tras la despedida individual. Murió en paz, con una sonrisa en la cara, y ellos estaban todos en también en paz y serenos.
El velatorio, esa misma tarde/noche, era un remanso. Más parecía un centro de meditación que un velatorio al uso. De vez en cuando alguno de los familiares me miraba y, en silencio, con un gesto de la cabeza, me daba las gracias.
Poder ayudar a esas personas fue un agradecimiento para mí, un honor que también me hace crecer como persona.
En el taller “Abrazando la Muerte” del día 9 hablaremos, entre otros temas, de las actitudes ante la muerte de un ser querido. Espero que sea de tu interés.