01/02/2026
1. Cuando de plano te sientas muy mal, ponte a tallar el piso con las manos. Sin guantes.
Mi abuela siempre decía:
“Cuando la cabeza anda volando, hay que regresarla al cuerpo.”
Sientes el agua fría, el peso, el movimiento, la textura del trapo… y poco a poco recuperas el control.
Esto no va de limpieza, va de volver al presente.
Si vives solo en la mente, vives en ansiedad.
Si estás de rodillas con el trapo en la mano, ya estás en el momento.
2. Antes de una decisión importante, date tres noches. No una: tres.
Porque la primera noche manda la emoción, la segunda el miedo y apenas en la tercera se despierta la cordura.
Piénsalo: ¿cuántas veces te arrepentiste por actuar rápido?
¿Y cuántas por esperar tantito?
Exacto.
La sabiduría está en la paciencia.
3. Si no puedes despertarte, échate agua fría en los pies.
No ducha, no baño de hielo.
Los pies.
Mi abuela decía: “Así conectas con la tierra.”
Y sí: el cuerpo se activa, la mente vuelve al presente y la neblina se va.
4. Cuando nada ayuda, saca el sartén y fríe algo.
Lo que sea.
Aunque ni tengas hambre.
El sonido, el olor y el calor le mandan un mensaje de seguridad al cerebro:
“Si estoy cocinando, es porque aquí se sigue viviendo.”
Comprobado: te aterriza mejor que cualquier meditación, especialmente esos días en los que parece que todo se te cae de las manos.
5. Si todo te irrita, sal a caminar hasta cansarte.
Sin teléfono, sin meta, solo paso tras paso.
No para huir de los problemas: para pasearlos.
Mi abuela repetía:
“El coraje es fuerza. No se quema y no se ahoga, se atraviesa.”
Y entre más pronto lo atravieses, más pronto se disipa.
Sin daños. Sin pleitos. Sin explotar.
— T. Usikova