05/05/2026
UN ACONTECIMIENTO POLITICO A LA LUZ DEL PSICOANÁLISIS
Por Roberto Bortnik
Este trabajo establece el contenido de una conferencia pronunciada el 26 de marzo de 2026 en el Colegio de Psicólogas y Psicólogos de la ciudad de Bahía Blanca, dirigida a un heterogéneo auditorio conformado por psicoanalistas y no analistas interesados en la convergencia del campo de lo político con el psicoanálisis. Se ha tratado de conservar el tono de dicha conferencia, que es el de un primer acercamiento al problema planteado en su título y como conmemoración de los 50 años transcurridos desde el golpe militar que asoló la Argentina un 24 de marzo de 1976. De hecho, el anuncio de la conferencia agregaba: “Conmemoración del 24 de marzo: 1976-2004-2026”.
Las Notas que integran al final un apartado recogen comentarios que fueran parte de la conferencia o de la posterior conversación con los allí presentes. Se localizan en ese lugar para facilitar la lectura.
El punto de partida
El punto de partida es el de un acontecimiento político ocurrido en la República Argentina el 24 de marzo del año 2004. Puesto a la luz del psicoanálisis, este suceso se revela como un verdadero acto político, en el sentido en que Jacques Lacan concibe esta noción durante su Seminario 15 sobre “El acto psicoanalítico” (editado en castellano en marzo de este año de 2026 según la versión de Jacques-Alain Miller).
El acontecimiento tuvo lugar en el Colegio Militar de la Nación, ubicado en la localidad de El Palomar, Provincia de Buenos Aires, y consistió básicamente en una ceremonia promovida y dirigida por el entonces Presidente Néstor Kirchner. En ella, y ante un público cuidadosamente seleccionado, el Presidente dio la orden al Jefe del Ejército, General Roberto Bendini, de descolgar los cuadros de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone de su lugar en las paredes del Patio de Honor. Suceso conocido en la prensa de la época como “El día en que bajaron los cuadros de Videla y Bignone” o frases equivalentes.
Como se dijo anteriormente, el concepto de Acto en psicoanálisis, desarrollado por Jacques Lacan durante los Seminarios 14 y 15 (1967-68) nos permitirá, partiendo de las coordenadas que lo precisan, elevar el acontecimiento mencionado a la categoría de Acto Político, con las consecuencias que acarrea, a mi juicio, para una nueva comprensión de los sucesos que condujeron, entre otras cosas, a la reinstalación, en la Argentina, de los Juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar que asoló el país entre 1976 y 1982.
El Argumento
Nuestro primer paso será mostrar lo que se gana con suspender el conjunto de las significaciones acordadas a este acontecimiento, ya sean las que dieron los medios de comunicación o las diversas figuras de la vida política e intelectual de la época. Se puede así volver a plantear la pregunta por el sentido de esa ceremonia. En un segundo paso indicaremos algunas de las coordenadas bajo las cuales Lacan establece el concepto de “acto psicoanalítico”, en tanto el autor supone que ellas pueden iluminar nuestra consideración de otros actos exteriores a la llamada situación analítica, particularmente de lo que llama “acto político”. Finalmente, en un tercer movimiento, veremos en qué sentido este concepto echa luz sobre ese particular acontecimiento del año 2004. En este punto consideraremos también el ejemplo de acto político que propone Lacan en los Seminarios 14 y 15, conocido como “El cruce del Rubicón” por Julio Cesar, en el Año 49 A.C. (1).
Paso1. Transformar el acontecimiento en un problema a resolver
Se ha señalado de distintas maneras que el método psicoanalítico opera en su inicio transformando el relato de los acontecimientos de quien consulta (y el monto de sufrimiento en él entretejido), en los datos de un problema a resolver, una pregunta a responder.
Es cierto que las consultas son variadas, al igual que los consultantes. Algunos de estos ya creen saber una parte de las respuestas, otros sólo atinan a preguntar por qué les ocurre algo, pero a todos se les impone una significación posible para el origen de sus males. Muchas veces bajo la forma de su ser: “soy alcohólico”, “he sido siempre un cobarde”. Otras veces identificando a alguien como causa: la familia, el partenaire amoroso. Un psicoanalista, por su formación, debe estar preparado para adoptar una verdadera posición de ignorancia, suspender la comprensión inmediata, y así dar lugar a decir libremente lo que empuja a alguien a consultarle. Ese discurso “libre” pronto llega a desplegar sus determinaciones, sus inconsistencias, aquello que no se entiende a partir de las premisas de las que parte, lo cual permite formular una nueva pregunta que es la que supuestamente el tratamiento debería llegar a despejar. Es decir, el tratamiento psicoanalítico no comienza por dar respuestas sino por ayudar a plantear las verdaderas preguntas.
Abro aquí entonces la pregunta de por qué el presidente Kirchner decidió realizar dicha ceremonia (para evitar la ambigüedad del término “acto” en este contexto), la cuestión de la causa, y también para qué, con qué fin. Reservo la indagación sobre la causa para otra ocasión estando, desde mi perspectiva, ligada tal vez al destino de los objetos-cuerpos mortificados cuando no desaparecidos. Pregunto entonces por el sentido de su acción.
Como ocurre también en los relatos de los análisis, las significaciones nunca faltan. Y cuando faltan sostenidamente…puede aparecer la angustia. Esta ceremonia despertó numerosas significaciones, que podríamos clasificar en positivas, aquellas que dieron finalmente un gran valor al acontecimiento: quienes vieron en esto la afirmación de una nueva política en derechos humanos; o bien la búsqueda de conquistar una parte del apoyo que no había tenido Kirchner en su elección presidencial (sólo fue elegido por el 22% de los votantes); las que vieron en este gesto un intento de congraciarse con la izquierda del peronismo, partido al que pertenecía, o aún con la izquierda a secas, etc. Y las significaciones negativas: las de quienes entendieron esto como un acto de venganza que buscaba humillar al cuerpo militar, al estilo de la identificación con el agresor; o el querer instalarse como el paladín de los derechos humanos en la Argentina, ignorando o minimizando lo que se había hecho hasta entonces; o bien como la realización de uno de los tantos actos demagógicos y populistas a los que nos acostumbraron cierta clase de políticos en Argentina, etc. Obviamente, debe destacarse aquí el sentido que propuso explícitamente el supuesto agente del acto, Néstor Kirchner, quien se propuso rectificar las relaciones entre las fuerzas militares de la nación y su pueblo. Así lo confirma el discurso de cierre de la ceremonia, en el que apuntó a integrar a las Fuerzas Armadas en la nación argentina para que nunca más (sintagma que repitió una y otra vez) se levanten contra su pueblo. Todas estas versiones pueden ofrecer su parte de verdad. Y casi todas han sido enunciadas con la mayor seguridad como motivos inequívocos del acto.
Y sin embargo, basta con suspender las significaciones primeras y atender a los elementos que constituyen el acontecimiento para poder captar una serie de cosas que no encajan, o al menos que llaman a una mejor comprensión de sus motivos. Propongo algunas observaciones:
A) El otro acontecimiento.
El Presidente Kirchner decidió realizar esta especie de ceremonia casi ritual en el Colegio Militar de la Nación a media mañana del mismo día en que a primera hora de la tarde estaba programado un acto de gobierno ya acordado con organizaciones sociales y de derechos humanos, y con otros actores políticos y culturales, en la sede de la Ex ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada, lugar que fuera utilizado como centro de detención, tortura y exterminio de personas). Allí se firmaría un acuerdo con la gobernación de la ciudad de Buenos Aires, a cargo entonces de Aníbal Ibarra, para la instalación en ese predio de un Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los DDHH (2). Este era el acontecimiento político central de la fecha. Pregunto: ¿Por qué realizar antes ese otro acto que, aun siendo oficial, puesto que lo hacía en calidad de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, no dejaba de parecer algo caprichoso, fútil, e incluso de aspecto demasiado personal ? (3) Incluso contenía un riesgo extra de tipo operativo. Al agregar esa ceremonia complicaba la gestión logística por los traslados desde casa de gobierno a El Palomar y luego a la ex ESMA (quienes conocen la ubicación geográfica de estas instituciones entenderán los problemas operativos que supone).
B) El guión.
La idea general le fue formulada meses antes por el periodista Horacio Verbitsky, probablemente gestada en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) del cual era presidente entonces: descolgar los cuadros de Videla y Bignone del patio de honor del Colegio Militar de la Nación. El periodista lo habría propuesto sin suerte durante los gobiernos de De la Rua y de Duhalde. Esta vez tuvo suerte, pero como confiesa después en una entrevista, se sorprendió enormemente cuando Kirchner lo invitó al acto, y decidió no participar (4).
La idea y el título, entonces, le fueron sugeridos. Pero no caben dudas de que el guión fue un invento del Presidente, y también lo que ahora llamaría, clínicamente, su certeza al realizarlo. No resulta difícil suponer la pasión que despertaba en él que se cumpliera al pie de la letra: sería el 24 de marzo de ese año de 2004 (como dije, había otro acto programado para ese día tan singular, en la ExESMA ). Se haría en el hall donde estaban colgados todos los cuadros de los diferentes directores del Colegio Militar (un lugar sumamente estrecho e incómodo para la gente expresamente invitada). Debería ser presenciada por miembros del gobierno como representación política, por varios generales con antigüedad y otras autoridades militares (que en esos días amagaron con renunciar o manifestaron su profundo malestar), y muy especialmente los nuevos cadetes concursantes del Colegio Militar. Además, la ceremonia debía ser fotografiada y filmada por medios acreditados del orden público y privado, para luego ser difundida y publicada. El ritual concluía con la orden dada expresamente por el presidente, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, al Jefe del Ejército, Roberto Bendini: “¡Proceda!”.Ahí se enteró que él debía bajar los cuadros. Por fin, un muy breve discurso en el que se repetía al menos cuatro veces el sintagma: “¡Nunca más!” (5).
C) La certeza en la realización y el obsesivo cuidado en la ceremonia.
Cada uno de estos pasos fueron criticados antes del 24 de marzo tanto por sus asesores políticos y miembros del gobierno, que entendían que aumentarían innecesariamente el malestar en las fuerzas armadas, como por militares que amenazaban con pedir el retiro. Otros por fin aceptaban que se haga pero en privado. Hasta hubo rumores de un posible levantamiento militar. Podemos suponer que si se hubiera decidido suspender la ceremonia todos se hubieran sentido aliviados. En cierto sentido, Kirchner estaba solo en su voluntad.
Pero también podemos suponer que muy probablemente ya no se podía moderar ni detener a Kirchner. Estaba absolutamente convencido de la dirección de su acto. Hasta cuando en el día anterior, 23 de marzo, le informaron que este debía suspenderse porque habían robado uno de los cuadros, el de Videla, y puesto que en ambos casos se trataba de fotografías, Kirchner replicó que se haría de todas maneras, así tuvieran que conseguir una foto de cumpleaños de Videla (6).
Por otra parte, este guión a seguir rigurosa y literalmente contrastaba con el habitual estilo que impuso el presidente durante su mandato: rechazo de las formalidades, cierto desparpajo ante la seriedad de los protocolos , muestras de improvisación más o menos calculada en sus discursos y actuaciones.
Para concluir por ahora: la evidente certeza en realizarlo sí o sí ese día (por supuesto, se trataba del simbólico 24 de marzo, pero eso cabía ya para el otro acto) ; el hecho de que a diferencia de otras presentaciones como la de ese mismo día en la Ex ESMA, que fueron actos de estado articulados a instituciones u organizaciones, este, podría decirse, fue algo solitario, hecho a su nombre y medida, resultando poco menos que caprichoso. Y el que fuera realizado en un momento de gran crisis social y económica en el país, en la que los medios y hasta su propio equipo aconsejaban mantener la cohesión social, me permiten insistir en preguntar ¿por qué perseverar en esta acción tan anodina, forzada, posiblemente riesgosa y, sobre todo, innecesaria? (7).
Para responder a esta pregunta, para dirigir otra luz sobre este acontecimiento, propongo remitirnos a la Teoría del Acto Psicoanalítico construida por Lacan durante el dictado de los Seminarios 14 “La lógica del fantasma” y 15: “El acto psicoanalítico”.
Paso 2. La teoría del Acto en J. Lacan y la cuestión del Acto Político
El concepto de Acto en el Psicoanálisis es introducido por J. Lacan en estos Seminarios, el 14 y el 15, en su diferencia con los términos, usuales en el vocabulario psicológico, de acción, conducta, o aún comportamiento, más común en la región europea. Y Lacan lo anuda inmediatamente al concepto de verdad en el término “acto verdadero” (Sem.14 Pág.172).
Un breve paréntesis. Esta distinción entre acto y acción o conducta no figura como tal en Freud, aunque se puede rastrear en su obra a qué asunto responde la intervención de Lacan. Freud ubica en el inicio mismo del psicoanálisis la noción de “acto fallido”. Un acto que fracasa, que falla respecto de una intención conciente. Abrir una heladera cuando uno está buscando sus zapatos no es una acción exitosa. Sin embargo, Freud se cansa de demostrar en un libro de principios del siglo XX, la “psicopatología de la vida cotidiana”, que los actos fallidos constituyen en verdad actos logrados: en ellos logra abrirse paso una verdad inconciente ligada al deseo del sujeto. Es esta noción de sujeto la que debe ser subvertida. Así como decimos que tuvimos un sueño, pero en qué sentido lo entendemos como nuestro? Más bien algo fue soñado, y si preguntamos por quién, solo para no angustiarnos decimos: yo soñé que…Se trata de actos que revelan, para Freud, el inconciente.
Lacan introduce, si no el concepto mismo de Acto, al menos la pregunta sobre cómo forjarlo, durante el desarrollo de la Clase del 15 de febrero de 1967, promediando el dictado de su Seminario 14 sobre “La lógica del fantasma”. ¿A qué problema responde en ese momento? Ya en la clase anterior se interesa en lo que ha de ser un analista en tanto se espera que encarne un nuevo status del sujeto, aquel cuyo correlato es el objeto freudiano. Es en ese contexto que resuena la pregunta por el acto que concierne a un analista: el acto psicoanalítico. Es decir, se trata de lo que se espera del advenimiento de un psicoanalista, del acto que pueda consagrarlo como tal.
Sobre el final de esa clase, la novena del Seminario sobre “La lógica del fantasma”, comienzan las distinciones y las aproximaciones al concepto de Acto. Destaquemos las principales: 1. No es una simple manifestación motriz; no son los movimientos que realizamos a lo largo de un día. Un acto reflejo no es un acto. 2. No es la conducta, siquiera la conducta de rodeo del animal que en forma inteligente consigue un resultado exitoso. 3. El acto es fundante del sujeto. Allí, el sujeto es equivalente a su significante. Lo más cerca posible de significarse a sí mismo. Lo que diferencia a un acto no es, entonces, y en principio, algo objetivable. Se trata de la suposición, allí, del sujeto del inconciente. 4. Lo importante en él son sus consecuencias, las incidencias del acto, “no tanto en la determinación del sujeto como en sus mutaciones” (Seminario 14, Pág. 160). 5. No es necesario que el sujeto reconozca estos efectos, lo cual es variable, por cuanto él mismo es transformado por el acto.
Hacia el final de la clase, Lacan presenta un primer ejemplo de lo que considera un acto. Se trata del Cruce del Rubicón, por Julio César. Y agrega que el cruce como tal, si lo hiciera él, Lacan, no sería por ello un acto. Tampoco si alguien lo hiciera como imitación del César, por ejemplo, en un homenaje. Este ejemplo, de tipo militar-político, será retomado en el Seminario 15.
En la siguiente clase del Seminario 14, la décima, del 22/2/67 leemos: “Es instauración del sujeto como tal, es decir, que de un acto verdadero el sujeto sale diferente” (Pág.172). Acto verdadero no distingue aquí a un acto que sería falso o engañoso. Se trata del acto que es diferente porque por él irrumpe la verdad que concierne al sujeto y transforma su posición.
El acto psicoanalítico interesa a Lacan en este momento para esclarecer tanto el acto que se supone intrínseco al tratamiento analítico bajo el nombre de interpretación, como aquel acto del cual la literatura analítica ha hablado muy poco hasta aquí, a saber, aquél por el cual se produce el pasaje del psicoanalizante a psicoanalista. De hecho, psicoanalizante es un término que Lacan viene de acuñar en un escrito dado a conocer en el intervalo de ambos Seminarios, el 14 y el 15, bajo el nombre de “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, que conviene leer junto a estos seminarios.
Propone allí Lacan, para designar este pasaje, el nombre de “Pase”, iniciando entonces una investigación en torno a ese acto, el pase, que se prosigue hasta nuestros días.
Sin embargo, para abordar nuestro tema específico sobre el acto político conviene dirigirnos al Seminario 15, que retoma desde su inicio la propuesta de definir el acto en su sentido psicoanalítico. Extraeré de allí 10 coordenadas que Lacan propone para precisar el alcance de la noción de “Acto” y luego revisaremos, eligiendo algunas, dos casos ejemplares.
Uno. Todo acto implica un sujeto como función del inconciente. No por ello resulta sencilla la pregunta por el agente de dicho acto, habida cuenta que para el psicoanálisis el Yo no es el sujeto del acto. Llamaremos a este punto, para recordarlo: Acto-Sujeto.
Dos. Todo acto se produce en la dimensión del significante. Esto va más allá de la clásica distinción entre el pensamiento y la acción: el hombre que piensa con palabras y luego ejecuta lo que piensa. El acto como tal es un significante, como reza la definición lacaniana, que representa al sujeto para otro significante. Aunque Lacan cree que en este caso es donde más lejos llega un significante a significar al sujeto. Acto-Significante.
Tres. El acto no es producto de un saber. Aunque siempre esté presente un saber en su génesis, se trata de una irrupción de la verdad, tal como lo dice Lacan, “antes de que el saber nazca”. Propongo la siguiente secuencia: Saber/Verdad/Saber. E implica una conversión del sujeto respecto del saber. Lo llamaremos: Acto-Saber-Verdad.
Cuatro. El acto, tal como lo designa el psicoanálisis, tiene lugar siempre bajo transferencia . No obstante, esto no implica que no tenga lugar fuera del marco del dispositivo analítico. En todo caso habrá que referirse aquí a la función que el psicoanálisis recorta, en términos de Lacan, como la del sujeto supuesto saber. Lo indicaremos como: Acto-Transferencia.
Cinco. Todo acto se lee a partir de sus consecuencias. Se trate de la irrupción de la verdad, la emergencia de un sujeto o de un nuevo deseo, su temporalidad es retroactiva. Su sentido no es, pues, algo que el agente del acto pueda anticipar. Acto-Consecuencia.
Seis. Con el acto algo nuevo se produce. Instala una discontinuidad en lo real. Es la dimensión creadora del acto. La que marca un principio, el inicio de algo diferente. Podemos llamarlo: Acto-creación-discontinuidad.
Siete. Debe distinguirse entre el Acto y el Hacer. Todo acto se produce, por así decirlo, sobre el borde de un hacer, pero no se confunde con este. Por otra parte, Lacan distingue el hacer propio del psicoanálisis, en tanto se da la consigna para que el sujeto se extravíe en el lenguaje, del acto analítico propiamente dicho, es decir, la interpretación. En nuestro caso se trataría de distinguir, en la presidencia de Kirchner, lo que se llama en política “la gestión” de lo que constituyeron actos políticos. Acto-Hacer.
Ocho. El acto analítico nos permite ver una dimensión propia de todo acto: que se trata de un decir. Incluso en el acto cartesiano, este debe ser dicho, como “pienso, luego soy”. Acto- Decir.
Nueve. Mediante la referencia al “Menón” de Platon Lacan introduce la cuestión de la “Virtud” (areté) inherente al verdadero acto, en particular el Acto Político (el que opera por el bien público). Virtud que no debe confundirse con un rasgo de personalidad que destaca al agente del acto. Podemos hablar de Acto-Virtud.
Diez. A propósito del “acto político” Lacan considera en particular el “Acto Revolucionario”. Este implica un “atravesamiento” y se define por “suscitar un nuevo deseo”. A esto Lacan lo llama “la fórmula del acto”. Por lo cual habría que destacar que esa relación con un nuevo deseo ha de ser un carácter de todo acto en tanto verdadero. Acto-nuevo deseo.
Paso 3: El acto político a la luz del concepto psicoanalítico de acto.
Un breve análisis de los casos de NK (Néstor Kirchner) y J.C. (Julio César).
Al llamar “caso” a nuestros objetos de análisis no pretendemos homologarlos a los llamados casos clínicos. No se trata aquí de realizar algo así como un psicoanálisis de los políticos. Si proponemos llamar a ambos casos bajo otra nomenclatura: NK, en el caso de “Descolgar los cuadros” y JC en el caso de “El cruce del Rubicón”, es con el fin de poder eludir la tentación que nos conduce, por vía de la imagen, hacia ese culto a la personalidad que florece con la psicologización de la acción política, entregándonos un héroe o antihéroe valiente, intrépido, o bien ávido de poder, falto de vergüenza, etc.
Serán entonces “casos” ejemplares de actos políticos. Haremos uso de algunas de las coordenadas extraídas del Seminario 15 de Lacan para avanzar en una nueva comprensión de estos acontecimientos que abreviamos como NK y JC (8).
La coordenada Acto-Sujeto es la que más se sostiene en conjeturas, ya que en ninguno de los dos casos se trata de alguien a quien yo haya tenido en análisis (uno por razones más que obvias). Y para leer lo que llamamos efecto-sujeto no suele ser muy útil interrogar a los allegados, puesto que no suelen reparar en los detalles que lo pueden poner en evidencia. En el caso de JC los historiadores nos proveen de al menos dos hechos que pueden indicarnos la presencia de eso que llamamos sujeto. Uno de ellos es mencionado por Lacan: se trata de un sueño que César relata haber tenido la noche anterior al cruce, en el cual tenía relaciones sexuales con su madre. El interpretante de la época le dice su significado: “Has de entrar en la Madre Tierra”. Subrayamos el sentido de transgresión del acto que JC iba a acometer. El otro hecho: en la noche previa a la partida César había concurrido a un banquete en su honor, ocultando su inmediato viaje. Llegado un momento y con la excusa de no sentirse bien e irse a descansar dejó la reunión para dirigirse directamente a la orilla del río. Pero se extravió su carro y recién fue rescatado en la madrugada para ser finalmente conducido al Rubicón. Freud hubiera hecho notar aquí el conflicto entre el deseo y su rechazo, manifestado en la duda, cosa de la que hablan sus historiadores, por un lado, y más aún en ese acto fallido de equivocar el camino (Freud habla de “Actos casuales y sintomáticos”).
En cuanto a NK, como señalé anteriormente, pongo el acento en la certeza inconmovible con la que se dirige a la realización de una acción contra las advertencias de propios y extraños, que incluso pudo hacer peligrar el acto central de esa jornada. Y en segundo lugar, la extraña obsesividad y literalidad con la que construyó el guión de esa ceremonia, contrastando con su estilo de improvisación y contrario a los protocolos.
La coordenada que llamamos acto-significante requiere tener presente la doctrina lacaniana del significante y su solidaridad con su axioma del inconciente estructurado como un lenguaje. Para nuestro acercamiento actual podemos reparar, en el caso de JC , que no es en la realidad de ese hilo de agua del Rubicón donde uno puede encontrar la enorme resonancia de esa acción que, se dice, “cambió la historia de Roma”. Y anotar, por ejemplo, que se trataba de vulnerar una ley, transgredir una prohibición. Luego, el sintagma “cruzar el Rubicon” quedó ligado a la significación de tomar una decisión irrevocable en una dirección definida, que implica un riesgo y de consecuencias incalculables. Podría incluso usarse en una intervención clínica ante un joven que va a dejar la casa familiar en cierta circunstancia, “así que vas a cruzar el Rubicón”.
En el caso de NK no ha quedado consagrado un sintagma como el del cruce del Rubicón, pero podríamos tomar la categoría de significante para nombrar lo que se nos impone por nuestra introducción, y es que el acto mismo en su conjunto constituyó un significante sin sentido, al menos sin un sentido uno, lo cual permitió la emergencia de un sinnúmero de significaciones, y en especial aquella que, sin nombre, tuvo efectos en lo real. Podemos resaltar el hecho de que el descuelgue de los cuadros no cambió en nada la realidad misma de las normas que rigen la actividad militar ni sus relaciones con los poderes de gobierno y sin embargo tuvo ese efecto condensado en el discurso como “¡Nunca más!”.
Hay un interesante trabajo de Cora Gamarnik que se llama “Bajar el cuadro: historia de una fotografía performativa”. Un trabajo de estilo y procedencia académica al que puede accederse por internet, que muestra una y otra vez el poder que adquirió la imagen en NK dando la orden de bajar los cuadros, pero en tanto ícono, por su valor significante. Retengamos lo que la autora llama “performativo”, que remite al clásico texto de Austin de cómo hacer cosas con palabras. En nuestros términos, el acto, siendo significante, tiene efectos en lo real.
El extenso trabajo de Gamarnik, además de resaltar el valor significante de ese acto del 24 de marzo de 2004, presenta numerosos datos y fuentes bibliográficas sobre la dimensión de sus consecuencias. Claro que no siendo la autora psicoanalista sino historiadora, su tesis no conduce a lo que nosotros destacamos, a saber, la cuestión del deseo en NK.
En cuanto a eso que hemos llamado acto-consecuencia, es sin duda la cuestión más firme en el tratamiento que hace Lacan del Caso JC. No hay más distancia posible entre una acción y su efecto. Cruzar ese nimio hilo de agua y después un anuncio que dice: cambió la historia de Roma para siempre. En cuanto al Caso de NK, también se habló aquí de un “Cambio de época”. En el texto de Gamarnik se señala que “”La orden de bajar los cuadros de los dictadores produjo en una parte de la sociedad argentina una emoción capaz de cohesionar un sector de lo social y posibilitó una articulación entre el registro visual y la construcción de una identidad política…en este caso, la imagen se transformó en una contraseña…generó mundos en común entre individuos que no tenían contacto directo entre sí…”. Muchos testimonios señalan como impacto de las imágenes de ese acto el haber vuelto a creer en el poder transformador de lo político y haber adoptado una adhesión a algo que se nombró como “kirchnerismo” (durante la conversación posterior a la conferencia algunos de los asistentes reconocieron haber tenido ese tipo de efectos tras haber estado allí o bien habiendo visto la filmación de ese acontecimiento).
Por otra parte, en un libro de Jorge Devoto también referido por Gamarnik, llamado: “Néstor, el hombre que cambió todo”, aparece una carta contribución de Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, en la que afirma que (cito)”el 24 de marzo de 2024, cuando ordenó bajar los cuadros de los genocidas en el Colegio Militar y pidió perdón en nombre del Estado por los delitos cometidos por la Dictadura, protagonizó el gesto más potente de la historia democrática argentina. La impunidad de los criminales de lesa humanidad se había terminado. La palabra ´política´ comenzaba a recuperar su valor”. Podemos recordar aquí el valor de eso que hemos llamado acto-creación-discontinuidad. Muchos relatos de la época destacan la sensación de que se anunciaba el principio de otra cosa, un nuevo comienzo, cuya referencia era política, en el sentido en que aquí se distingue lo político de la política como oficio de unos pocos. Y hay muchas obras que comentan lo que podríamos llamar las consecuencias colectivas de este acto.
Queda por investigar cómo es esto posible para el psicoanálisis, en la medida en que para éste la transmisión del deseo se produce, cosa a probar, de uno en uno, al igual que lo que se denomina “transferencia”. Término que en nuestro medio ha pasado a un uso, digamos, laico, como equivalente a “confianza”, incluso “afecto”, en frases que incluyen el tener transferencia con su maestra, o con su médico, etc. El problema es que para el psicoanálisis se trata de una posición inconciente, que Lacan fue teorizando en términos de lo que denominó: sujeto-supuesto-saber.
Precisamente, si se trata del acto-transferencia, podemos señalar ahora una diferencia entre ambos casos. JC ya tenía un nombre ligado a un supuesto saber hacer la guerra y en especial garantizar la seguridad de la población frente a los ataques bárbaros. No fue sorprendente que en su marcha a Roma recolectara la adhesión de otras legiones. De todos modos habría que indagar en el cambio que se produce al atravesar el Rubicón. Pero en el caso de NK habría que decir que la transferencia se instala con el acto mismo. Así como se piensa la instalación de la transferencia en el tratamiento analítico, y que requiere una intervención particular del analista. En ningún caso se ve asegurada por el prestigio del analista en su comunidad, y mucho menos por su apariencia, que suele distar mucho de la figura del sabio inconmovible.
Así, los testimonios mencionados (que volvieron a aparecer en el transcurso de esta conferencia) suelen relatarse bajo la forma de “yo no creía que ese hombre flaco, desconocido…”, seguidos de una reconocida adhesión a la política y a ese nuevo nombre, “kirchnerista”, que para muchos terminó siendo solamente una transferencia hacia NK (y más tarde hacia su esposa, quien fuera presidenta pocos años más tarde, siendo la primer mujer elegida como presidenta en la Argentina, y con más del 45% de los votos, exactamente el doble de los que contaba Néstor Kirchner al llegar al poder). Esta nueva “voluntad”, digamos, debe apreciarse entonces sobre el fondo de un canto popular que en ese tiempo era un verdadero slogan: “¡Que se vayan todos! ¡Que no quede ni uno solo!”.
Vayamos por último a las dos coordenadas que Lacan vincula más estrictamente, en su Seminario 15, al acto político: la del Acto-virtud política y la del acto que puede suscitar un nuevo deseo.
Ya en el comienzo del Seminario 2, en una clase de noviembre de 1954, Lacan se refiere al “Menón” de Platon a propósito de la articulación entre el saber y la verdad . Y, dentro del campo del saber, y a propósito de la Virtud, apunta a la distinción entre lo que llama “la episteme”, el saber ligado, el de la ciencia, y lo que llama “la doxa”, la opinión verdadera.
(Cito) “La meta y la paradoja del Menon es mostrarnos que la episteme, el saber ligado por una coherencia formal, no abarca todo el campo de la experiencia humana, …..Lo que Sócrates pone de relieve es…que no hay episteme de la virtud, y muy precisamente de lo que conforma la virtud esencial –tanto para nosotros como para los antigüos- la virtud política, por la cual los ciudadanos se encuentran ligados en un cuerpo” (Pág.31).
Se plantea entonces una discusión en ese Seminario 2 acerca de lo que diferencia al político del psicoanalista, señalando Lacan que si bien el diálogo platónico no tiene que ver con el psicoanálisis, es posible tender un puente entre ambos. Dice: “A fin de cuentas, para Sócrates, y no forzosamente para Platón, si Temístocles y Pericles fueron grandes hombres es porque eran buenos psicoanalistas. Ellos encontraron en su registro lo que la opinión verdadera quiere decir. Están en el corazón de ese concreto de la historia donde se entabla un diálogo, mientras que ninguna especie de verdad es allí observable bajo la forma de un saber generalizado y siempre verdadero. Responder lo debido a un acontecimiento en tanto significativo…puede ser la orden de salir del Pireo impartida a la flota…es hacer la buena interpretación. Y hacer la buena interpretación en el momento debido es ser buen psicoanalista…”.
Se ve que la interpretación como acto que provoca la irrupción de la verdad no es patrimonio del psicoanalista, al menos para Lacan. Y en el caso del político, con consecuencias más vastas. De allí que a Lacan le importe, por decir así, la virtud psicoanalista, tan difícil de lograr a través de lo que se llama su formación. Al mismo tiempo que da por sentado que nos debe preocupar la virtud política. Y en ambos casos se trata de algo muy difícil de adquirir y no lo es por vías por completo aseguradas.
En la clase 3 del Seminario que ahora tenemos de referencia, el N° 15, en la clase del 29 de noviembre de 1967, Lacan vuelve a referirse al “Menón” a propósito de la virtud, recordándonos haberlo tomado en su segundo seminario. Señala primero que para nosotros el término “virtud” (“areté” para los griegos) ya no tiene las mismas resonancias, pues lo que en la antigüedad refería a la búsqueda del bien hoy se desplaza a algo que tenga cierta utilidad.
En el “Menón” se trata de la Virtud, la areté griega, y en especial la que, dice Lacan, a todos más nos concierne, la Virtud Política, la que haría falta para bien conducir la polis. Como lo demuestra Platon, para esa virtud no hay episteme, no es cosa de ciencia, sino de Doxa, de opinión verdadera. Y ahora en 1967 Lacan se pregunta de dónde viene esta doxa e ironiza: del cielo. Esto es: no sabemos. Cito: “los que han hecho una profesión de su enseñanza son maestros muy criticables –los sofistas- y en cuanto a los que podrían enseñarla (los políticos mismos)…son virtuosos, pero es manifiesto que no saben ni siquiera trasmitírsela a sus hijos, les hacen aprender otras cosas…”.
Ya sería mucho que tuviéramos verdaderas Academias, en el sentido de Platón, para dirigentes políticos. Es cierto que respecto a nuestro caso, con el tiempo se ha concedido a ese político, NK, un “saber-hacer” con el que se identifica al “buen político”. Pero si eso no se aprende y no se enseña. Cómo entonces podría trasmitirse esa clase de saber?
En cuanto a la relación del acto con el deseo, hay diferentes vías para investigar, siendo una de las centrales en el Seminario 15 la que conduce a la emergencia de eso que Lacan llama “deseo de analista”, y que no se identifica ni superpone con el anhelo de un aspirante a ser analista.
En lo que atañe al acto político en su relación con el deseo inconciente, deja caer Lacan esa fórmula que afirma que un verdadero acto político debería ser capaz de “suscitar un nuevo deseo” (Seminario 15, Pág. 78). Se plantea para nosotros, entonces, ese enigma llamado Acto-nuevo deseo, y su relación con lo político. Nuestro trabajo de poner entre paréntesis las significaciones admitidas para poder así reinterrogar el sentido de un acto tal como lo suponemos en JC y en NK, nos exige no reducir el cruce del Rubicón a un simple y evidente deseo de obtener más poder o bien de conservar el que tenía; y tampoco reducir el de NK a una exhibición del poder que ahora tenía un civil sobre los militares. Aunque no nos hubiera costado mucho hacer confesar a ambos que algo de eso había.
Para ir directo a lo que ahora nos interesa, particularmente por su anudamiento con la historia argentina contemporánea, propondré una conjetura. La de que el deseo que se abre paso en ese ahora para nosotros sorprendente acto del 24 de marzo de 2004 es el mismo que determina para NK la dirección que tomó su gobierno, con prisa y sin pausa, a superar los impedimentos legales y políticos, y en oposición a muchas de las fuerzas políticas que incluso lo habían llevado al poder, para reinstalar los juicios por los crímenes de lesa humanidad suspendidos hacía más de una década. Juicios que ahora serían llevados mucho más allá de las fronteras que se habían fijado inicialmente para consolidar lo que aún hoy resulta notable en Occidente: la condena efectiva de los responsables del terrorismo de estado en la Argentina entre 1976 y 1982, sean estos militares, civiles, miembros de la Iglesia, etc. ¿Cómo fue posible eso?
Una cita de Julia Rossemberg en el texto de Gamarnik ya citado, afirma que “No era una demanda del pueblo argentino por entero la reapertura de los juicios… lo que hizo Kirchner fue torcer la voluntad, que podría haber sido hacia un lado más conservador, y lo hizo hacia la memoria, la verdad y la justicia…” .
Debí confesar durante la conferencia que a comienzos de este siglo estaba muy seguro de que esos nuevos Juicios no iban a llevarse a cabo, al menos en un tiempo en que tuvieran algún sentido real para los actores principales de esos acontecimientos. No solamente por las fuerzas contrarias que aún operaban, sino también porque gran parte de la población estaba sumergida en problemas que consideraban mucho más urgentes, y habían aceptado que las amnistías de 1990 eran un símbolo de la pacificación y reconciliación de los argentinos; además de que los gobiernos de los dos partidos mayoritarios no habían siquiera revisado esa cuestión dándola por consolidada. Llegué a imaginar que el presidente podría haber optado por plantear un plebiscito para reinstalar esos juicios (cosa que sí se le ocurrió a Mujica, en Uruguay, unos años más tarde, triunfando la opción de no realizarlos ). Y supuse que entonces ganaría el No. Para mi sorpresa, al fin de la conferencia, en un largo conversatorio que se produjo con la audiencia, algunas de las participantes confesaron haber pensado que no se harían y sorprenderse y emocionarse ese 24 de marzo de 2004, ahora sí confundiendo correctamente ambos actos, el de El Palomar y el de la Ex ESMA, al poder ahora creer que iba a ser posible.
Los Juicios fueron puestos nuevamente en marcha hoy hace 20 años.
En junio de 2005 la Corte Suprema de la Nación declaró la inconstitucionalidad de las leyes llamadas de Punto Final y de Obediencia Debida. La primera condena efectiva tras la reapertura de los juicios tuvo lugar el 17/8/2006 en lo que se conoció como el “Caso Simón”. Desde entonces y hasta marzo de 2025 han sido condenadas 1208 personas y cerca de 200 resultaron absueltas.
Poco antes del dictado de esta conferencia “bahiense”, a fines de diciembre de 2025, finalizó en la misma ciudad de Bahía Blanca el juicio conocido como Mega Causa Zona V, que determinó las condenas de más de 30 responsables de crímenes de lesa humanidad, siendo la mitad condenas a cadena perpetua.
La perspectiva de esta conferencia no pretende conferir al deseo inconciente de Néstor Kirchner la reinstalación de estos Juicios, ni reducir el alcance de todas las organizaciones y personas que los hicieron posibles, comenzando por las Madres de Plaza de Mayo y muchas organizaciones localizadas en el exterior del país. Pero sí alentar la indagación sobre un punto que sólo el psicoanálisis pretende escudriñar en cuanto al deseo y su incidencia en lo político. En este caso, lo que se sugiere en cuanto al deseo operante en NK, pero en tanto permitió la transmisión de algo que había llegado hasta allí como un deseo en esencia innombrable, pero que se supo nombrar como de Memoria, Verdad y Justicia.
NOTAS
(1) Lacan afirma que su indagación en 1967 se dirige específicamente al acto psicoanalítico, es decir, al acto que tiene lugar en un psicoanálisis. Pero que también espera que esto eche luz sobre otros actos relevantes en la experiencia humana. Ahora bien: entre todos esos actos posibles, el acto poético, artístico en general, el acto educativo, el acto médico, el religioso, etc , el ejemplo primero que elige y comenta como paradigmático es el de este acto que considera político: el cruce del Rubicón por Julio César.
(2) Este Espacio dio lugar desde 2015 al Museo Sitio de la Memoria ESMA, y desde 2023 es considerado monumento histórico nacional y Patrimonio Mundial Unesco. Un acontecimiento esencial para la historia de los Derechos Humanos en Argentina.
(3) En una entrevista televisiva realizada ese mismo año Luis Majul le pregunta a Kirchner si acaso “no fue un infantilismo pedirle a Bendini que sacara el retrato de Videla”. La pregunta es banal pero condensa la impresión general que suscitó el hecho en la prensa. Kirchner le responde que él pidió que bajaran los cuadros antes de esa fecha, como alegando que no fue un capricho del momento. Tener que explicarlo muestra que el gesto no era obvio.
(4) Mi impresión (sólo una conjetura) es que Verbitsky no sólo se sorprendió, sino que hasta se preocupó, como otros que rodeaban al presidente, por la vehemencia y la precipitación que mostraba en la preparación de esa ceremonia. Por supuesto el periodista podría alegar muchas otras razones para explicar su ausencia.
(5) “Nunca más, nunca más tiene que volver a subvertirse el orden institucional en la Argentina”. He podido verificar que los dos acontecimientos de ese 24 de marzo, en el Colegio Militar y en la ExESMA, han sido fundidos y confundidos en la memoria de mucha gente, incluso algunos de los que estuvieron presentes. Esto no ocurre con el gesto central (bajar los cuadros en un caso, anunciar la creación del Sitio de la Memoria en el otro). Pero sí con el contenido de los discursos. Se suele recordar el segundo, en el que Néstor Kirchner pide perdón en nombre del estado “por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia…”. Discurso que fuera muy criticado por Raúl Alfonsín, y con razón, por ser ignorada su inolvidable gestión, recibiendo más tarde una disculpa por parte de Kirchner. Pero se suele olvidar el breve discurso en el Colegio Militar, centrado en el slogan “¡Nunca más!”, que fuera consagrado como título del informe de la CONADEP, la Comisión que creara precisamente Alfonsín. Un sintagma que rescatara en 1985 uno de los miembros de la Comisión, el rabino Marshall Meyer, del slogan que identificó al Ghetto de Varsovia.
(6) Tradicionalmente los retratos de los directores del Colegio eran realizados al óleo. Por excepción, y por razones que no vienen al caso, los de Videla y Bignone fueron fotografías. La de Videla fue robada el 23 de marzo de 2004. Un libro editado con posterioridad narra esta insólita historia: “El cuadro”, por Joaquín Sánchez Mariño y Julián Zocchi. Ed. Planeta, año 2023.
(7) Se manifiesta aquí lo que podríamos llamar la fascinación continuista de la mirada histórica. Cuando uno se instala en un vívido presente, la perspectiva histórica suele producir cierto encantamiento que vuelve imposible pensar que algo que sucede pudo no haber sucedido, incluso cuando haya ocurrido de manera fortuita. Si se quiere ver en este acto del 24/3/04 algo necesario, sólo lo fue a posteriori, por sus consecuencias, lo cual es un contrasentido. Propongo pensar en la ficción de si acaso se hubiera descompuesto el helicóptero que lo llevaría a El Palomar o bien se le planteara la imposibilidad logística de realizar ambos actos. ¿Alguien puede dudar de que el que se habría suspendido hubiera sido el de El Palomar, y sin que hubiera por ello lamento alguno, salvo el del Presidente?
(8) Lacan hace referencia más de una vez al “Cruce del Rubicón”, pero debe decirse que nunca lo describe, dándolo por conocido, y tampoco abunda en comentarios, destacando por sobre todas las cosas el factor: consecuencias. Puesto que en nuestra área cultural no es tan conocido lo describiremos sintéticamente.
El Rubicón era (y es) un río poco profundo, situado al Norte de Roma, que separaba una región conocida como las Galias (más precisamente la Galia Cisalpina, puesto que se trataba de una gran región subdividida), de Italia. La idea de conquistarlas provino del Procónsul Romano Julio César, iniciando una guerra que duró 8 años, entre el año 58 y el 51 A.C., concluyendo con la anexión de ese enorme territorio a la República Romana (fueron conquistadas aproximadamente 800 ciudades). Este triunfo no sólo amplió considerablemente el territorio romano sino también la fama y el poder de Julio César, cosa no bien recibida por el Senado. El Senado se componía mayoritariamente de representantes de familias aristocráticas. Y no veían con buenos ojos el poder que adquiría Julio César, de familia patricia tradicional pero no aristócrata.
Esta trama interna es el fondo necesario para comprender mejor el clima político bajo el cual César decide el cruce del Rubicón. Tras la conquista de las Galias César había adquirido el título de Gobernador de varias de las regiones. Si bien este territorio fue anexado a Roma tras la conquista, regía una ley que establecía que ningún gobernador de esas regiones podía ingresar a Italia con sus legiones de soldados. El límite establecido lo marcaba el Rubicón. Atravesarlo era considerado una declaración de guerra. Hacia el año 50 AC, en medio de las luchas de poder en el Senado, en especial de Julio César con Pompeyo, César es acusado de corrupción, se le quita el mando de varias legiones y a comienzos del año 49 AC César comprende que no puede regresar a Roma sin correr peligro. En ese momento, decide cruzar el Rubicón. El cruce se realizó el 10 de enero del año 49 AC. Y fue el inicio de una terrible guerra civil que duró 3 años, siendo luego considerada como el suceso que cambió Roma para siempre, en un movimiento que fue desde la República a la fundación de un Imperio.
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