02/01/2026
Convoco a la fuerza que me habita no como una tensión que me empuja, sino como una claridad que me sostiene. No es dominio ni imposición: es la capacidad de permanecer, de mirar sin huir, de tocar lo que duele sin romperlo. Desde ese lugar interior, comienzo a reconocer los nudos de mi herencia, aquellos que no elegí pero que me fueron confiados.
Padre y Madre aparecen entonces no como figuras soberanas, ideales ni como cuentas pendientes, sino como origen. En ellos tomo la vida tal y como me llegó, con sus límites y sus dones, con sus silencios y sus gestos repetidos. Comprenderlos no significa absolver ni condenar, sino devolver cada historia a su justa medida, para que deje de actuar en la sombra.
Invoco a la Tierra que me sostiene, sabia en su lentitud, portadora de la memoria de todos los pasos. Ella conoce el peso real de lo que cargo y la diferencia entre arraigar y quedar atrapada. Invoco también al Cielo que me cobija, no como promesa de escape, sino como orden y amplitud, recordatorio de que hay leyes más vastas que mis conflictos personales.
Desde este umbral interior, me dispongo a desandar historias antiguas. No para borrarlas, sino para interrumpir su repetición inconsciente. Lo que fue destino puede transformarse en comprensión; lo que fue carga, en un límite claro. Así, la sanación no busca corregir el pasado, sino liberar el futuro.
Que esta fuerza silenciosa alcance a mis ancestros allí donde quedaron detenidos, y a mi descendencia, para que no hereden lo que no les corresponde. Que lo instintivo encuentre guía y que la conciencia no pierda su amorosidad.
Permanezco en calma. La fuerza verdadera no es violenta: ella acompaña. No avanza por empuje, sino por coherencia. En permanente gratitud por la vida recibida, con una compasión que no justifica pero comprende, dejo que lo esencial quede ordenado.
Así es.
Así queda hecho.
- Texto: Gladys Romero