01/07/2020
Una pregunta que me vengo haciendo y que tomó toda su impronta a partir del nacimiento de mi hija es porque muchas mujeres le tenemos miedo al parto. En el libro Mamá desobediente de Esther Vivas encontré recientemente una estadística que calcula que el 58 % de las mujeres en España tienen miedo al parto y otra que estimaba que un 14% de las mujeres a nivel mundial padecen de tocofobia o parturifobia , lo cual tiene consecuencias tales como posponer o evitar un embarazo, decidir un ab**to, programar una cesaría innecesaria (por indicación) o recurrir a la adopción.
Si entenderíamos al parto como un acto sexual no tardaríamos en notar que el miedo es completamente incompatible con el mismo. Como lo plantea Casilda Rodrigañez Bustos, en su libro Pariremos con placer, la sexualidad solo es posible con relajación, confianza en el entorno, silenciamiento del raciocinio… es decir, lo opuesto a tener miedo. El acto sexual con miedo es la violación, y es lo que sienten muchas mujeres que han padecido violencia obstétrica con las consecuencias devastadoras que genera esto en el psiquismo de las personas. En su libro expresa que la verdadera maternidad no es ni esclavitud, ni carga, ni enfermedad sino una opción gozosa de manifestación de nuestra sexualidad.
Es una realidad a la que estamos habituades que cuando las personas con capacidad de gestar se refieren a sus partos o a sus cesáreas, en rasgos generales, hablan de sufrimiento y tortura: dolor imposible de soportar, inmovilización, imposibilidad de satisfacer necesidades como el descanso, la ingesta de alimento o de líquido, vías, goteos de oxitocina sintética, piernas atadas, episiotomías que siguen doliendo después de meses o incluso años, tactos por doquier, Hamilton, kristeller, cirugías innecesarias, quirófanos grises, frio, luces blancas, soledad, ambos charlando de partidos de futboll, amenazas de muerte hacia la gestante o hacia su bebé, riegos, peligros, sumisión y sometimiento. Ante este panorama ¿Cómo no morir de miedo?.
La cuestión aquí es que todo ese sufrimiento no depende de la esencia del parto sino de toda una cascada de intervenciones médicas innecesarias que se suscitan las unas a las otras. En un parto fisiológico puede haber dolor en mayor o menor medida, todo dependerá de cada cuerpa, de cada historia particular y del modo de abordar dicho nacimiento. Al momento del parto hay mecanismos naturales para aliviar el dolor tales como estar en movimiento libre eligiendo la posición más cómoda, tener información adecuada para entender que es lo que está ocurriendo, estar contenida, acompañada y guiada, ser la protagonista, el respeto por sus deseos y sus decisiones , encontrarse en un ambiente de intimidad que propicie la relajación con recursos tales como luz tenue, música, aromaterapia, agua, chocolates, jugos, almendras, helados, masajes, silencios, pelotas, rebozos, amor y calidez.
Pero entonces ¿por qué se nos practican partos intervenidos y cesáreas innecesarias más allá incluso de las mismas recomendaciones de la OMS? Claramente no es por el beneficio de la persona gestante y su hije sino de la complicidad entre los intereses económico y particulares de las instituciones, les profesionales y los laboratorios. Para concluir voy a tomar una cita textual del libro Mujeres invisibles partos y patriarcados, de Violeta Osorio y Francisco Saraceno: “El gran monstruo no es el dolor, mucho menos el parto, sino un modelo de atención que no tiene herramientas para sostener la intensidad de la experiencia y que busca, acallar el despliegue magnifico de energía, poder y sexualidad que implica un nacimiento. La necesidad de construir experiencias tortuosas y traumáticas responde a un miedo visceral que para el patriarcado supone una mujer con tanto poder y libertad. El sufrimiento al que somos expuestas las mujeres durante el nacimiento de nuestrxs hijxs no es otra cosa que instrumento de poder y dominación”
Imagen: (IG)