Martín Smud

Martín Smud Episteme es un espacio de clínica, investigación y cultura. Ubicado en el barrio de Abasto trabaja Trabajamos en clínica para niños, adolescentes, y adultos.

Realizamos acitividades de cultura y de promoción de la salud para la comunidad. Editamos libros sobre psicología y cultura.

El 24 de marzo no es un aniversario                                                                          Por Martín ...
20/03/2026

El 24 de marzo no es un aniversario

Por Martín Smud
No se trata de un aniversario: es una fecha que no termina el día que comienza, no termina de pasar. No vuelve como vuelven cumpleaños o celebraciones, con promesa de repetición amable, con ese pequeño pacto de olvido que permite brindar, soplar velas y seguir. Vuelve de otro modo. Vuelve como lo que no se deja cerrar. Como lo que insiste. Como aquello que, aun cuando se intenta ordenar en el calendario, desborda.

El 24 de marzo de 1976 no se acomoda en el tiempo. Lo desordena. No señala un ciclo: marca una ruptura. Un antes y un después que no terminan de soldarse, una fractura que no cicatriza porque lo que se rompió no fue solo un orden político, sino algo más íntimo y más profundo: la trama misma que hace posible la vida en común.

Hay fechas que organizan la memoria. Esta la perturba. Por eso no es conmemoración: es interpelación. Cada vez que la fecha retorna, no nos pide recuerdo sino posición. No alcanza con saber qué pasó aunque es necesario. No alcanza sólo con repetir consignas aunque es imprescindible, ni siquiera con sostener rituales que, con el tiempo, corren el riesgo de vaciarse. Lo que esta fecha exige es otra cosa: nos obliga a preguntarnos qué hacemos hoy en tiempos de crueldad sin límite, cuando se escucha hablar de negacionismo desde un gobierno que propicia nuevas represiones.

Ninguna son palabras del pasado. Son palabras que siguen trabajando en el presente. Cincuenta años no son un número redondo para archivar. No son una cifra cómoda que invita al balance tranquilo, a la ilusión de que el tiempo, por sí solo, resuelve lo que la historia dejó abierto. Son, en todo caso, una medida incómoda. Una forma de ver cuánto se ha hecho —y cuánto no— con aquello que ocurrió. Un modo de interrogar no solo lo que fuimos, sino lo que somos.

A esta altura, ya no hablan solo los sobrevivientes. Hablan los hijos, los nietos, los que nacieron en democracia y, sin embargo, habitan un país atravesado por esa marca. La transmisión ya no es solo testimonial: es estructural. Se heredan relatos, pero también silencios. Se heredan luchas, pero también negaciones. Lo que está en juego no es el pasado: es el modo en que ese pasado sigue actuando en el presente, moldeando sensibilidades, discursos, decisiones.

Por eso no es recuerdo: es disputa. Disputa por el sentido de lo ocurrido. Disputa por el lenguaje. Disputa por la legitimidad de nombrar el horror y por la tentación, siempre presente, de negarlo, relativizarlo o incluso reivindicarlo. Disputa, también, por los límites de lo decible. Porque hay momentos en que lo intolerable vuelve a asomar, a veces de forma explícita, otras veces disfrazado de opinión, de provocación o de simple indiferencia.

El terrorismo de Estado no fue un exceso ni un desvío. No fue un error en el sistema ni una anomalía. Fue un programa, un dispositivo sistemático de desaparición, tortura y exterminio orientado a reordenar la sociedad, a disciplinar los cuerpos, a instalar el miedo como forma de gobierno. No se trató solo de eliminar personas, sino de producir un efecto más amplio: reorganizar el lazo social a partir del terror.

Sus efectos no se agotaron en los años de la dictadura. Persisten. Persisten en las formas del vínculo, en las zonas donde el silencio se volvió hábito, en las dificultades para tramitar el conflicto sin recurrir a la violencia o a la negación. Persisten en las heridas que no terminan de elaborarse, en los duelos interrumpidos, en los relatos fragmentados.

Porque ahí radica uno de sus núcleos más crueles: en haber producido la figura del desaparecido. No el mu**to, que permite el duelo. No el vivo, que permite el encuentro. Sino aquel al que se le arrebata toda inscripción posible. Aquel cuya ausencia no puede nombrarse del todo porque no hay certeza, porque no hay cuerpo, porque no hay escena final que permita cerrar.

Y sin embargo, a casi cincuenta años, algo irrumpe y desmiente la pretensión de borramiento. En el predio de La Perla, en Córdoba, uno de los mayores centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, el trabajo persistente del Equipo Argentino de Antropología Forense permitió identificar restos de personas desaparecidas. Nombres que vuelven donde hubo silencio. Ramiro Sergio Bustillo, José Nicolás Brizuela, Raúl Oscar Ceballos Cantón, Adriana o Cecilia Carranza —sin poder aún distinguir cuál de las dos hermanas mellizas—, Carlos Alberto D’Ambra, Alejandro Jorge Monjeau, Mario Alberto Nívoli, Elsa Mónica O’Kelly Pardo, Oscar Omar Reyes, Eduardo Jorge Valverde, Sergio Julio Tissera, y otro nombre aún resguardado por su familia.

No son cifras. Son vidas. Tenían entre 18 y 50 años. Eran estudiantes, obreros, profesionales. Tenían hijos, proyectos, historias. Durante décadas no hubo cuerpo. Solo la espera. Solo la pregunta. Solo ese tiempo suspendido que el terrorismo de Estado instaló como forma de crueldad.

“Volvió mi papá”, dice uno de los hijos. Y en esa frase se abre, por fin, la posibilidad de otra escena: la del duelo. Pero incluso allí persiste el borde de lo irreparable. Una de las hermanas sigue sin poder ser identificada con certeza. La otra permanece desaparecida. Como si el horror insistiera en no cerrarse del todo.
Allí donde no hay cuerpo, no hay duelo. Y donde no hay duelo, la vida psíquica queda suspendida en una espera sin resolución. No hay trabajo posible sobre la pérdida, no hay transformación del dolor, no hay elaboración. Hay, en cambio, una especie de detención del tiempo, una fijación que se transmite, que se desplaza, que insiste.

Una sociedad entera fue empujada a ese borde. Frente a eso, la respuesta no fue el silencio absoluto. Fue la irrupción de quienes se negaron a aceptar esa desaparición como destino. Quienes insistieron en nombrar, en buscar, en hacer existir aquello que el poder quería borrar. Las Madres, las Abuelas, los organismos de derechos humanos no son una postal del pasado. Son una intervención. Una práctica. Una ética sostenida en el tiempo.
No recordaron: actuaron. Y en ese acto abrieron una posibilidad. La de transformar el dolor en búsqueda, la ausencia en presencia política, el silencio en palabra. Hoy, a cincuenta años, la pregunta vuelve con una intensidad que incomoda. No solo por lo que ocurrió, sino por lo que ocurre. Por las palabras que reaparecen, a veces despojadas de su peso, como si pudieran decirse sin historia. Por las políticas que degradan la vida y naturalizan la desigualdad. Por las formas contemporáneas de la crueldad que encuentran nuevas legitimidades, nuevos lenguajes, nuevas excusas.

Hay algo que insiste en repetirse, pero no como copia, sino como variación. Como eco. Llamarlo aniversario sería tranquilizador. Ordenaría la fecha en el calendario. Permitiría cumplir con el rito, con la mención obligada, con el gesto correcto, y después seguir. Pasar de página. Dejar atrás. Como si se tratara de un capítulo cerrado.

Pero no hay página que pasar. Porque el 24 de marzo no se recuerda: se enfrenta. Se enfrenta en la calle, en las instituciones, en el lenguaje, en la vida cotidiana. Se enfrenta cada vez que alguien intenta banalizar lo ocurrido. Cada vez que se relativiza el horror. Cada vez que se vuelve sospechoso al otro, que se justifica la violencia, que se habilita la indiferencia.

Se enfrenta, también, en uno mismo. Porque en ese enfrentamiento no solo se juega una posición política. Se juega algo más íntimo: el modo en que cada uno se vincula con el otro, con la ley, con el límite, con la memoria. Se juega la posibilidad de sostener una ética en un tiempo que, muchas veces, empuja en sentido contrario.
Por eso esta fecha no cierra. Porque sigue preguntando. Porque sigue incomodando. Porque sigue exigiendo algo de nosotros. Y en esa exigencia, cada época decide —una vez más— de qué lado está.

Nos vemos en la Marcha, hoy más que nunca. Nunca más. Tantas cosas, nunca más.

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20/03/2026

Presentación de LA OTRA Y LA HISTERIA de .kalniker en de y . Hermosa presentación con presentadores de lujo y acordeones en vivo. Con brindis antes y después.

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18/03/2026

Este jueves una gran presentación de libro "LA OTRA Y LA HISTERUA" DE .kalniker a las 20 30hs en (Sanchez de Bustamante 632,Caba), DE y con presentadores de lujo. No podes faltar. Te esperamos. BRINDIS Y FIRMA DE EJEMPLARES.

12/03/2026

Te invitamos al festejo de más que un libro, de una generación buscando su nombre, ayudamos con tu presencia a encontrarlo. El viernes 17 de abril a las 20 45hs comenzaremos y, al final, un brindis qué esperemos nunca terminará en nuestro corazón. Te esperamos en ( Sánchez de Bustamante 632, caba). ENTRADA NO ARANCELADA

09/03/2026

Fragmento del libro CINCUENTONES Y CINCUENTONAS. UNA GENERACIÓN INNOMBRADA de y .

Gracias ppr el comentario  sobre el libro   Una generación innombrada de  y
05/03/2026

Gracias ppr el comentario sobre el libro Una generación innombrada de y

El discurso de la puteada¿Putear es un discurso?, deberíamos preguntarle a Barthes o algún lingüista que ubicara el suje...
02/03/2026

El discurso de la puteada

¿Putear es un discurso?, deberíamos preguntarle a Barthes o algún lingüista que ubicara el sujeto de la enunciación o sea el presidente de la Argentina Milei iniciando las sesiones del honorable estiércol de su lengua presidencial en las ordinarias sesiones del Congreso Nacional que parecía más una letrina que un discurso político. Pero intentemos el análisis de sus guionadas puteadas, uno se imagina que ya las tenía en el margen del discurso y hasta la entonación y seguramente hasta practicadas en la quinta presidencial frente a asesores diviertiéndose de que a eso se pueda llamar trabajar.

1. Tipología de los insultos

No es un un pelotudo que se te escapa, no es un desborde aislado, es un sistema, una catarata, organizadas en familias retóricas claras.
A. Descalificación moral absoluta. Su adversario es inmoral, por eso lo llama: manga de ladrones, delincuentes, chorros, asesinos, parásitos, corruptos, golpistas, traidores a la patria”
Cualquier puteada viene bien, se trata de una estrategia de deslegitimación de quién habla más fuerte y dice las peores cosas del otro, se trata no sólo de ser moralmente inferior sino de ser un criminal. Expulsarlo del universo simbólica, del espacio legítimo de una comunidad que hace discursos y que de ahí aparecen las posiciones políticas.

B. Insulto intelectual. Es una humillación cognitiva. Él sabe, el otro es un b***o, si los b***o no fueran inteligentes: ignorantes, no saben sumar, vayan a estudiar, no saben leer balances, su ignorancia lastima, bestias ignorantes, brutos. Se ubica como economista técnico, se ubica con un saber racional frente a un adversario torpe. La oposición no solo es mala sino ignorante.

C. Insulto identitario / tribal
Uso reiterado de: kukas, chilindrina troska, cavernícolas, comunistas asesinos, oligarca disfrazado de pordiosero. Acá intenta su mayor aporte creativo, intentando crear una lógica de tribu. El adversario no es un legislador, es una caricatura de ser humano y eso le permite deshumanizar con gracia sin parecer autoritario.

D. Goce en la humillación
Este punto es clave. Esto es lo más ofensivo: Me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar.

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28/02/2026

Ya hay más de quinientos anotados para el SORTEO de dos libros "Cincuentones y cincuentonas. Una generación innombrada" de edit.Letra Viva y El Bodegon ediciones. El sorteo se realizará el jueves 26 de marzo a las 19 30 en vivo en instagram y

No dejes de poner la palabra SORTEO y participas.

¿CÓMO HAGO PARA VER LA BOLETA DE LUZ?¡Qué angustia! Pronto me llega la boleta de luz y quizás ya haya llegado. No quiero...
22/02/2026

¿CÓMO HAGO PARA VER LA BOLETA DE LUZ?

¡Qué angustia! Pronto me llega la boleta de luz y quizás ya haya llegado. No quiero abrir la puerta del departamento, como si del otro lado no hubiera un sobre sino un animal agazapado. Siento que le tendría menos miedo a una viuda negra, o a que me llegue una carta documento diciéndome que debo presentarme a la comisaría más cercana con carácter urgente. Nunca temí tanto a una boleta. No soy héroe de guerra, bastante fue atravesar casi sesenta años en este subibaja donde siempre parece que del otro lado está sentado uno más gordo que nosotros y nos deja eternamente abajo, con los pies raspando la tierra.

¿Pero miedo a la boleta de luz? Tendré que calibrar mejor la medicación psiquiátrica. Quizás el nivelador del humor ya no me esté alcanzando. O quizás tenga que aceptar que valentía no es cruzar los Andes caminando sino abrir este sobre blanco con ventanita transparente que horrorosamente descubro tras mi puerta.

Un agujero me perfora el estómago, ¿Por qué hoy? Justo un día antes de que llegue el resumen de la tarjeta de crédito. Ya estoy haciendo cuentas de cuánto dejaré para el mes que viene, dejar que se vaya amasando una bola de nieve que, con el clima actual, ya no es bola sino alud. Pero no debo temer. Siempre después que llovió paró. ¿Quién habrá dicho semejante frase optimista? Porque después que paró también volvió a llover. Y ahora con el cambio climático las rarezas son permanentes: primero la luz, después la tarjeta, luego la prepaga, luego los demás gastos, hay que ir uno por uno, y no tomarlos todos juntos.

Creo que el problema fueron las vacaciones. No tendría que haberme ido esos días. Aunque uno se vuelva gasolero, el gasoil ya no existe y ahora se llama diésel, y está tan caro como la nafta, como la carne. ¿En qué momento dejó de ser llamado gasoil y por ende dejamos de poder llamarnos gasoleros? Cambian los nombres, pero estos tiempos son raros.
Yo no me quejo, claro. Pero algunos amigos dicen que la culpa es de los anteriores gobiernos, que hay que esperar, que esto es una transición, que hay que aguantar. Me doy cuenta de que empiezo a tenerles miedo a esos amigos. No se puede hablar mucho con ellos porque para ellos parece que no le temen al presente. Siempre tienen una respuesta preparada, como si el sufrimiento viniera con instructivo de culpas pasadas. No entiendo esa aceptación del destino. ¿Seré un inadaptado? ¿Se estará revelando ahora la verdad de la milanesa?

Vengo del supermercado. Por eso lo de la milanesa, soy hijo de la milanesa pero ahora la carne parece cotizar en oro. Y la milanesa es de carne. Despliego estrategias de supervivencia frente a la góndola, me agazapo, agarro un corte más chico, o uno que parece desparramado en mil pedazos para ocupar más bandeja. La bolsa será más pesada me digo: al menos se ve llena. Así los vecinos me verán llegar y mi barriga se llenará de orgullo. Y ahí me dará el coraje para levantar la boleta la luz. No me están mordiendo las facturas por detrás como una jauría silenciosa.
Cierro la puerta y ahí está el sobre. Blanco. Quieto. Lo levanto pero pesa más que las bolsas. Me dijeron que las boletas vinieron terribles. Yo les dije a los chicos que usaran menos el aire acondicionado, pero la pieza era un horno. Fui varias medianoches a apagarlo y a la mañana parecían una sopa humana. Sábanas empapadas como cuando eran chicos. Entonces sí, seguro que esta boleta vendrá con más kilovatios.

Encima en enero nos metieron una antes de tiempo. Nos robaron quince días. Siempre vencía un día y de repente apareció otra con fecha insólita. Enero es el mes perfecto para sacudirte. Uno está distraído, con protector solar que también aumentó una barbaridad, así que baje el factor sin decirlo en voz alta. No quiero asustar a mis hijos. El cáncer de piel viene con los años, supongo. Aunque el dermatólogo ya me dijo que tengo que sacarme un lunar porque puede ser el germen de... Otro que me asusta. Morir por un lunar. Hay muertes más románticas. Pero primero hay que pagar la prepaga, que solo aumentó 2,7 por ciento.

Llego a mi pieza, prendo la luz. ¿Qué pasa? Apenas iluminan las bombitas. Dicen que bajan la tensión en los barrios cuando hay mucho consumo. Es así: la sal no sala, el azúcar no endulza y las lamparitas no iluminan. Entonces, ¿cómo hago para ver la boleta?
Tengo más de cincuenta y tantos y los números se me mueven como peces en agua salada. ¿Cinco ceros o seis ceros? Los ceros no se mantienen igual a sí mismos, no tienen identidad, se multiplican, como si tuvieran proyecto de vida propio. Mi corazón empieza a latir. No estaría mal terminar con tanto sobresalto, pienso, pero enseguida me doy cuenta de que no es la muerte lo que quiero, es un poco de claridad. Un poco de luz que no venga tan imposible de ser pagado. Tal vez deba ajustar la medicación. O cambiarla. O aceptar que el miedo no es sólo la boleta sino a no poder sostener todo lo demás que viene detrás. Pero antes que nada, necesito saber algo básico, casi infantil: ¿Cómo hago para ver el monto de la boleta de luz si la luz no alcanza para iluminarla?

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