30/01/2020
Empoderamiento, génesis y desarrollo
Podemos decir que “EMPODERAMIENTO” es una palabra que hoy está de moda. Se escucha en los medios, en las redes sociales, en la mesa de un bar, en conversaciones amigables y en ámbitos terapéuticos. Pareciera ser
que sólo con decir “EMPODERATE” se abriera una mirada nueva, resignificando la cotidiana, como un nuevo mandato a cumplir.
¿Pero qué significa realmente esta palabra? ¿A que se refiere, de dónde surge? ¿Adónde apunta? ¿Cuál es ese poder que pareciera perderse o no encontrarse habitualmente como constitutivo de la persona? Más
específicamente, ¿en qué momento nace ese sentimiento? ¿Cuál es su génesis?
¿Cómo podemos intervenir tempranamente durante su formación y así prevenir que se transforme en rasgo defectuoso de la personalidad adulta?
Este sentimiento de poder, ¿no es acaso algo que traemos desde el nacimiento, como una característica humana que se desarrolla y se convierte en potencialidad u obstáculo?
Cuando hablamos de niños en desarrollo muchas veces no tenemos en cuenta la importancia del rol de los adultos significativos que lo rodean.
Algunas veces la figura de los mayores a cargo no consigue un lugar claro en relación al niño, un lugar de asimetría. Los límites son difusos y
confusos. Son los adultos quienes deben garantizar el tiempo y el espacio
para que el niño experimente con suficiente seguridad y confianza su “poder hacer”; construirse como sujeto completo a partir de sus propios deseos, sus potencialidades con entornos adecuados en cantidad y calidad de estímulos; acorde a su edad y acompañado por “otros” como parte de un proceso de
adaptación activa al medio familiar y social en el cual se desarrolla.
El niño nace con un bagaje neurobiológico sumergido en un contexto social determinado con adultos significativos que apuntalarán su desarrollo, siendo los primeros años fundamentales para la construcción subjetiva.
Hablamos de Atención Temprana, de estímulo adecuado, del rol del adulto significativo como figura de referencia que puede ser madre, padre u otra persona que cumpla ese rol.
Nuestro desafío como adultos padres, maestros, terapeutas, cuidadores, etc. debería estar puesto en acompañar al niño en el
descubrimiento de sus potencialidades permitiéndole experimentar su
motricidad en forma autónoma, en un ambiente seguro de acuerdo a sus
posibilidades, respetando sus producciones, alentándolo a los descubrimientos desde su propia iniciativa, cuidando ese germen tan
poderoso que constituye el sentimiento de seguridad interna particular y único para cada sujeto. Sentimiento que tiene sus bases en las múltiples y variadas experiencias cotidianas, reconocidas por la mirada de adulto -
espejo de sus emociones- que valora sus interacciones y logros cotidianos,
que sostiene física y psíquicamente este proceso.
No se trata de sobrevalorar ni sobre-exigir, sino de equilibrar las interacciones teniendo en cuenta al niño como protagonista de su propia
historia. Acompañar a que se sienta que “puede”, “empoderado”, creador,
transformando la realidad. Transformándose a cada instante, tolerando la frustración ante los obstáculos, con la presencia de los adultos que
acompañan y significan la realidad.
Todos alguna vez experimentamos el descubrimiento de algo, resolviendo un problema, una cuenta, creando una melodía, una pincelada, algo nuevo y propio. Ese inmenso placer es el que debemos cuidar, valorar y estimular en la vida cotidiana de nuestros niños, desde su génesis,
ofreciéndonos disponibles, atentos, empáticos, respondiendo adecuadamente a sus múltiples y variadas necesidades.
Lic. Patricia Stevani