30/07/2022
Las heridas no sanadas sangran y se proyectan.
Sobre aquellos a quienes queremos proteger.
Sobre aquellos a quienes amamos.
No lo hacemos a propósito ni de manera consciente.
Pero cuando una herida se activa mediante una situación que nos refleja un pasado doloroso, perdemos la noción de quiénes somos.
De pronto ya no somos el adulto capaz, sabio y comprensivo.
Somos el bebé que lloraba desconsoladamente y nadie venía a atenderlo.
Somos el pequeño de 3 años que tocó algo que no debía y fue humillado hostilmente.
Somos la niña de preescolar que le mostró a papá su mejor dibujo y recibió como respuesta desdén y rechazo.
Somos el adolescente que quería experimentar el mundo desde una sana curiosidad que fue ahogada con miedos y vergüenza.
Las heridas de esos niños siguen allí.
Latentes y sangrantes.
Se activan con nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros amigos, y por supuesto, con nuestros padres.
Esas heridas son los coreógrafos de la danza de las relaciones que tanto nos duelen.
Son las melodías enloquecedoras que marcan los pasos disfuncionales y continúan hacia adelante el ciclo de dolor.
Es hora de sanar, no sólo por nosotros, sino por quienes amamos.
El ciclo de abandono, de rechazo, de vergüenza, de maltrato, de humillación, de victimismo debe cortarse en algún lado.
Yo decidí que se corta conmigo.
Yo soy el último eslabón que toca en mi linaje.
Yo haré el trabajo que mis antepasados no pudieron.
Yo tengo la sabiduría, la fuerza, el coraje y la determinación para elegir un sendero distinto.
No será fácil tal vez, pero para mí es el único posible.
Elijo un camino que sana, que reconstruye, que abraza e integra mis partes heridas.
Un camino que me salva y nos salva.
Un camino hacia una vida más auténtica, plena, consciente y llena de luz.
Autor: Jo Garner