05/01/2026
Crecí en los 90.
Cuando el 90-60-90 era la moda.
Siempre fui de contextura más grande que mis amigas.
Lo que las abuelas llamaban “huesos grandes”.
Era alta y, apenas me desarrollé, mis caderas aparecieron.
A los 12 años, después de las fiestas de mis amigos, terminaba con dolor de panza.
Atracones que hoy puedo entender mejor, pero que en ese momento solo me confundían.
Hubo una época en la que los jeans de moda no me entraban.
Mirando hacia atrás, tenía un talle completamente normal.
En la secundaria hice dietas sacadas de revistas.
Desayunaba una feta de queso.
Contaba calorías.
Y cuando llegaba el verano las mallas, los espejos, las comparaciones,
algo se volvía incómodo.
Podría decir que, incluso hoy, no es la parte que más me gusta.
Y eso que pasé por dos embarazos, tengo 41 años.
Y entiendo que mi cuerpo me acompaña.
Pasé por más de 20 nutricionistas.
Con balanza, Con antropometría, Con InBody.
Con el tiempo entendí algo importante:
el peso no define salud.
Lo que importa es la composición corporal.
La masa muscular, La fuerza, El movimiento.
Por eso entreno.
Hoy, cuando me miro, miro también a mi hija.
Y pienso en cómo hacer para no transmitirle esa preocupación constante.
En que cuando alguien te diga: “qué flaca estás”,
no sea automáticamente motivo de alegría.
En que lo principal no sea achicarse, sino sentirse cómoda.
Cómoda con el cuerpo que tenemos.
Cuidándolo.
Manteniéndolo sano.
Con masa muscular.
Con actividad física.
Y usando la ropa que nos gusta.
¿Te pasó algo parecido?