16/01/2026
🔸En la época de la posverdad no faltan datos: falta tiempo.
Tiempo para leer, para dudar, para soportar la incomodidad que introduce una verdad cuando no coincide con lo que queremos creer.
Lacan lo formuló con precisión: “lo verdadero ya no tiene tiempo de hacerse reconocer”. No porque haya desaparecido, sino porque el ritmo del discurso actual —rápido, adictivo, viral— aplasta la posibilidad de elaboración.
La verdad no es un contenido que se consume.
Es una experiencia que implica al sujeto.
Por eso no se trata de encontrar relatos más correctos, sino de sostener una posición ética frente a lo que nos concierne. Preguntarnos qué hacemos con lo que sabemos, qué negamos, qué preferimos no ver.
La posverdad puede funcionar como un refugio narcisista frente a la angustia.
La verdad, en cambio, no ofrece un lugar cómodo: introduce una inquietud que, cuando puede ser asumida, trabajada y elaborada, abre a otra relación posible con uno mismo y con el mundo circundante.
Tal vez ahí se despliegue una alternativa: no adherir automáticamente a lo que circula, sino pausar e implicarse en los discursos que nos atraviesan, dando tiempo a que algo de la verdad se elabore y encuentre un lugar propio, no delegable al algoritmo de turno.
Época