Habitarnos

Habitarnos — Espacio De Crecimiento Personal
Psicoterapia 🌎 Talleres y Formación en Escenas Matrices 🇦🇷🇪🇸 Creado y dirigido por el Lic.

Habitar(nos) es un espacio en el que se busca explorar diferentes temáticas emocionales y psicológicas desde el trabajo grupal, con la intención de contribuir al crecimiento de los participantes. en Psicología Mauricio Weintraub , las actividades llevadas a cabo en Habitar(nos) tienen siempre una base humanística e incluyen aportes de diferentes escuelas y técnicas psicológicas.

Llegar a la edad adulta no garantiza habitar la adultez. Crecer biológicamente no siempre va de la mano con asumir lo qu...
29/12/2025

Llegar a la edad adulta no garantiza habitar la adultez. Crecer biológicamente no siempre va de la mano con asumir lo que implica vivir desde un posicionamiento adulto.

¿Por qué muchas personas, aun siendo adultas, evitan ese lugar? Porque la adultez tiene costos, y no son menores.

Uno de ellos es la soledad.

A diferencia del niño o del adolescente —cuyos parámetros están puestos en los padres, ya sea para obedecerlos o para enfrentarlos— el adulto ya no cuenta con ese otro que marque el camino.

El parámetro pasa a ser propio, y eso conlleva una soledad existencial que no todos deciden sostener. Para habitarla, se necesita una estructura psíquica que no siempre está disponible.

Tanto el niño como el adolescente, en el fondo, nunca están verdaderamente solos: los padres siguen estando allí como referencia, incluso en el conflicto. En la adultez, esa referencia externa ya no organiza la vida.

Otro precio es la responsabilidad.

Asumir la adultez implica reconocer que lo que acontece en mi vida, en términos generales, me pertenece. Mi recorrido, mis elecciones y mis consecuencias forman parte de una construcción propia.

Ya no hay a quién adjudicarle el guion de lo que vivo.

También aparece la conciencia de finitud.

El niño conoce la muerte de manera abstracta. El adolescente la ubica lejos, casi ajena. El adulto, en cambio, empieza a percibirla como una posibilidad real. Muchas veces, resistirse a ocupar un lugar adulto también es una forma de esquivar esa conciencia de límite, de evitar el contacto con la idea de un final.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando la adultez empieza a ser asumida?

La persona suele sentirse más centrada, con mayor orden interno. Los vínculos dejan de organizarse desde la necesidad o la dependencia y comienzan a sostenerse más en el amor, el respeto y el reconocimiento mutuo: del otro como valioso y de uno mismo también.

Esto no significa ausencia de conflictos. Todo lo contrario: una característica de la adultez es aceptar que el conflicto existe, no huir de él, sino aprender a habitarlo.

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Desde la Mirada de las Escenas Matrices, el trabajo terapéutico no apunta a transformaciones forzadas ni inmediatas, sin...
26/12/2025

Desde la Mirada de las Escenas Matrices, el trabajo terapéutico no apunta a transformaciones forzadas ni inmediatas, sino a facilitar un pequeño movimiento hacia un mayor bienestar en la vida cotidiana del paciente.

El rol del terapeuta consiste en ofrecerse como apoyo para que ese paso sea posible, aportando algo que el paciente pueda llevar a su día a día y que le permita vivir con un poco más de alivio y coherencia interna.

Ese avance, aunque sea mínimo, siempre está ligado a un proceso de reencuentro con uno mismo. Escenas Matrices, como escuela de base humanística, parte de la idea de que el ser humano es esencialmente bueno.

Cuando una persona se daña o daña a otros, no lo hace por maldad, sino porque está desconectada de esa bondad profunda, alejada de su propio centro.

Por eso, una parte fundamental de la tarea terapéutica es acompañar al paciente a reconectarse con lo que es, con lo que desea y con aquello que verdaderamente le hace bien.

Este movimiento interior no siempre es cómodo. En muchos casos, priorizar el propio bienestar genera, al menos por un tiempo, tensiones o distancias en los vínculos.

Esta etapa de inestabilidad es una zona inevitable en todo proceso de sanación.

Atravesar esa turbulencia, con el acompañamiento adecuado, permite luego revisar las relaciones existentes, transformarlas o incluso soltarlas, y también abrirse a construir nuevos vínculos más acordes con la propia verdad y con una forma de vivir más saludable.

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Desde la Mirada de las Escenas Matrices, la parentalidad no es una función infinita, sino un rol que se despliega dentro...
23/12/2025

Desde la Mirada de las Escenas Matrices, la parentalidad no es una función infinita, sino un rol que se despliega dentro de un período específico de la vida.

Comienza en la gestación y se extiende hasta que el hijo alcanza la adultez, alrededor de los 22 o 23 años, y en cada etapa se expresa de formas distintas.

El sentido profundo de ser padre o madre no es ser imprescindible, sino preparar al hijo para que no dependa. Acompañar el crecimiento implica favorecer la autonomía no solo en lo material —el sustento, el cuidado físico, la supervivencia— sino también en lo emocional: que el hijo no necesite de la aprobación constante de los padres para saber quién es y valer por sí mismo.

En este camino, ningún padre es neutro. Todos actuamos desde nuestras capacidades y también desde nuestras limitaciones.

Así, en la misma relación, los hijos reciben sostén y oportunidades de crecimiento, pero también quedan marcados por heridas inevitables. Ambas cosas coexisten.

Desde esta mirada, es importante diferenciar dos dimensiones de la maternidad y paternidad.

Por un lado, está el padre/madre biológico, cuyo vínculo y existencia permanecen a lo largo de toda la vida. Por otro, está la función de padre/madre, cuyo objetivo es acompañar hasta que el hijo pueda pararse solo frente al mundo.

Esta función, a diferencia del lazo biológico, tiene un tiempo acotado y culmina cuando la independencia es posible.

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No toda soledad es igual, aunque muchas veces las confundamos. Desde la Mirada de las Escenas Matrices distinguimos dos ...
19/12/2025

No toda soledad es igual, aunque muchas veces las confundamos. Desde la Mirada de las Escenas Matrices distinguimos dos experiencias muy diferentes: la soledad infantil y la soledad adulta.

Llamamos infancia a un período amplio, que comienza en la gestación y se extiende hasta que la persona tiene la posibilidad biológica de sostenerse de manera independiente en el mundo, tanto en lo emocional como en lo material, algo que suele darse alrededor de los 23 años más allá de que el sujeto lo comprenda o no, lo haga o no.

La soledad adulta no es, en sí misma, algo negativo. Es un estado más, con aspectos favorables y otros no tanto, al igual que estar en compañía.

Cuando estoy solo, puedo escucharme mejor, ordenar mi espacio a mi manera y no necesito acordar constantemente con otro.

Cuando estoy acompañado, se abre la posibilidad del vínculo, del encuentro, del aprendizaje mutuo y de descubrir aspectos propios que solo aparecen en relación.

En la adultez, poder estar con otros y construir vínculos relativamente sanos es tan importante como poder estar solo sin angustia, desarrollando una relación cuidada con uno mismo. Por eso decimos que la soledad adulta no tiene carga emocional en sí misma: no es necesariamente dolorosa.

Muy distinta es la soledad que se vive en la infancia. Allí hablamos de un niño que no se siente profundamente mirado por sus padres: sus emociones no son reconocidas, sus necesidades no son atendidas o respetadas.

En esas condiciones, el niño puede sentirse solo aun estando acompañado físicamente, y esa vivencia deja una marca en su mundo psíquico.
La soledad infantil hiere.

La soledad adulta, en cambio, es simplemente una condición posible de la vida.

Entonces, ¿por qué tantas personas viven la soledad adulta como algo tan angustiante? Porque muchas veces, cuando un adulto está solo, no está realmente solo: está reencontrándose con aquella soledad infantil que aún no fue elaborada ni reparada.

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Hoyúltima Charla Humana del añolos esperamos
18/12/2025

Hoy

última Charla Humana del año

los esperamos

En nuestra vida psíquica no sobran emociones: todas, las agradables y las incómodas, cumplen una función esencial.Cuando...
17/12/2025

En nuestra vida psíquica no sobran emociones: todas, las agradables y las incómodas, cumplen una función esencial.

Cuando una emoción queda excluida, no solo perdemos la posibilidad de sentirla, también perdemos la función que venía a cumplir, y eso impacta directamente en nuestra manera de vivir, vincularnos y elegir.

La pregunta entonces no es si una emoción es “buena” o “mala”, sino por qué algunas de ellas quedaron silenciadas. ¿En qué momento de la infancia aprendí que ciertas emociones no eran bienvenidas?

Para que un niño pueda desarrollar un mundo emocional saludable, necesita padres que puedan alojar lo que siente, aun cuando no estén de acuerdo o no sepan qué hacer con eso. Dar lugar a una emoción no implica aprobarla, sino reconocerla.

Cuando ese reconocimiento no aparece, el niño comienza a adaptarse. A veces aprende a sentir la emoción, pero a no expresarla. En situaciones más profundas, directamente se desconecta de esa emoción y deja de experimentarla.

Lo que suele ocurrir entonces es un reemplazo: la emoción prohibida es tapada por otra que sí resulta aceptable en el entorno familiar. Así, frente a algo que genera enojo, puede aparecer la risa; frente al miedo, una aparente calma; frente a la tristeza, una hiperactividad constante.

Con el tiempo, estas sustituciones se vuelven automáticas.

El trabajo terapéutico consiste en volver a contactar con aquellas emociones que quedaron excluidas, no para exagerarlas, sino para recuperar las funciones psíquicas que siempre nos pertenecieron.

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Hoy
17/12/2025

Hoy

La locura no tiene que ver con perder la razón, sino con perder el contacto con lo que está ocurriendo. Es no poder ver ...
15/12/2025

La locura no tiene que ver con perder la razón, sino con perder el contacto con lo que está ocurriendo.

Es no poder ver lo que está delante de mí, o sostener como verdadero algo que no está sucediendo. Es, en definitiva, una dificultad para encontrarnos con la realidad.
Ocurre cuando otros me expresan afecto y yo sigo sintiéndome no querido.

Cuando ya tengo una formación o un título y, aun así, me percibo incapaz.

Cuando minimizo mis logros aunque estén a la vista, o no puedo reconocer errores que los demás sí ven.
También cuando no logro advertir mi propio modo de estar en los vínculos y me sorprende que las personas se alejen.

Sanar implica, poco a poco, volver a mirarnos con la vida de frente.

Desde esta Mirada, llamamos locura a todo aquello que se interpone entre la experiencia real y nuestra forma de percibirla, rompiendo el vínculo con la vida tal como es.

Por eso, algunas preguntas son clave:

¿Qué es eso que muchas personas me señalan y yo sigo negando?
¿Qué idea sobre mí permanece intacta, sin importar cuánto cambien las circunstancias?

En la mayoría de los casos, entre la vida y yo aparece una voz interna.
Una voz que repite siempre el mismo mensaje y que actúa como filtro.

Si esa voz dice “no sos querible”, entonces cualquier gesto de amor será puesto en duda:

“Está fingiendo”, “algo quiere”, “en realidad no le importás”.

Uno de los ejes fundamentales de todo proceso de sanación es empezar a diferenciar lo que produce nuestra mente de lo que efectivamente está ocurriendo.

Cuando esa distancia se vuelve posible, el vínculo con la vida empieza, lentamente, a repararse.

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