05/01/2026
Algo que suelen ver de mí es que hago muchas cosas. Siempre mis personas más cercanas me lo remarcan: “Sofi, no parás”, “vivís a pleno”, “¿cómo hacés?”, “¿de dónde sacás energía?”
Sin embargo, yo —desde mi autoexigencia— muchas veces veo lo contrario: lo que no hice, lo que no alcancé, lo que podría haber sido más. Verme a través de los ojos de otros me lleva, casi inevitablemente, a preguntarme: ¿qué estoy mostrando? ¿qué no estoy viendo de mí?
Suelo creer que los demás —mis amigos, mi novio, mi familia— son mi mejor espejo. Y tomo muy en serio lo que me dicen (los que me conocen de verdad, claro). Aclaro esto porque parezco tener muchos amigos —soy bastante social—, pero los que elijo y sostengo cerca los cuento con los dedos de una mano (y si me pongo exigente, hasta me sobran dedos). Soy transparente, sí, pero no con cualquiera. Menos aún cuando no siento que hay lugar.
Quizás por eso, cuando ese círculo íntimo —el de los dedos— me señala que me ve activa, haciendo, bien, la pregunta vuelve como un mantra:�¿qué estoy mostrando… o qué no estoy viendo de mí?
Lo cierto es que sí: hago muchas cosas. Me aburre la comodidad. No me representa desafío alguno. Tengo ese fueguito interno que casi siempre me empuja a ir por más.
Hace unos días, una amiga me preguntó: “¿Cuántas cosas ya proyectaste para este 2026?” Y mi respuesta fue: ninguna.
Quizás porque, por primera vez, esta comodidad me resulta un poco cómoda.�Quizás porque lo más incómodo —y necesario— hoy es aprender a bajar un cambio: no correr siempre detrás de una nueva zanahoria; disfrutar quedarme donde estoy y con quien estoy.
Feliz 2026 para todos ustedes,�que siempre están ahí, leyéndome y acompañándome.
Sofi ✨