30/12/2025
EL ARTE TAOÍSTA DE LA ALCoba
Conciencia, presencia y alquimia del encuentro
Un discípulo preguntó al Maestro:
—Maestro, ¿qué es un verdadero Maestro de alcoba?
El Maestro respondió:
—Es aquel hombre que ha aprendido a habitar su cuerpo, a respirar en él y a escuchar el cuerpo de la mujer sin invadirlo.
No busca provocar un orgasmo: acompaña el regreso de la mujer a su origen sensible.
El discípulo insistió:
—¿Existen niveles en esta maestría?
—Sí —dijo el Maestro—.
El primer nivel es despertar la energía.
Que la mujer recuerde, a través del cuerpo, que el placer no está en el acto sino en la presencia.
—¿Y el segundo nivel?
—El segundo nivel es sostener la energía.
El hombre aprende a no descargarse, a circular su fuego, a ofrecer un campo tan seguro que la mujer puede abrir capas profundas de goce, memoria y entrega.
Allí el placer se vuelve expansivo, casi sagrado.
El discípulo, conmovido, preguntó:
—¿Hay un tercer nivel?
—Sí. En el tercer nivel el hombre deja de hacer.
No dirige, no empuja, no busca.
Se vuelve canal.
La energía se organiza sola.
El ego se retira.
—Entonces… ¿ese es el final?
El Maestro sonrió:
—No. Allí comienza otra octava.
En esta octava la energía sexual se vuelve medicina.
La mujer no solo goza: sana.
Se perdona.
Se reconcilia con su cuerpo, con su historia, con su deseo.
En ese punto el hombre ya no es conquistador ni proveedor de placer.
Es presencia amorosa, compañero, aliado, amante consciente.
El Maestro continuó:
—Cuando eso sucede, no hay técnica ni roles.
Hay una unión real:
la conciencia del hombre encontrándose con la matriz de la mujer.
No para poseerla, sino para honrarla.
El discípulo, con lágrimas, dijo:
—Maestro, si todos los hombres supieran esto…
—No todos quieren saberlo —respondió—.
Porque este camino exige morir a la prisa, al control y a la identidad rígida.
—¿Existe aún un último nivel?
—Sí.
En el último nivel el hombre se disuelve.
Ya no se define por su género, su rendimiento ni su nombre.
Solo queda conciencia encarnada.
La mujer lo mira, lo reconoce, y con dulzura le susurra:
—Ahora sí… eres un hombre.