27/12/2025
Nos repiten que la escuela debe girar alrededor del alumno, pero olvidan decirnos quién sostiene ese giro todos los días, con el cuerpo cansado y la mente saturada. Hoy la consigna de moda es: "el estudiante al centro" y hay que agregarle: "el docente al límite."
La narrativa educativa actual está llena de palabras amables y promesas atractivas. Se nos exige formar alumnos resilientes, emocionalmente regulados, creativos, felices, autónomos y motivados. Se nos pide que enseñemos jugando, que contengamos emociones, que generemos ambientes “neuroseguros” y que personalicemos el aprendizaje. Todo suena bien. El problema aparece cuando esa exigencia no viene acompañada de condiciones reales para quien la debe materializar.
En la escuela cotidiana, el discurso del enfoque centrado en el alumno convive con aulas saturadas, burocracia creciente, evaluaciones estandarizadas, carga administrativa excesiva y salarios que no corresponden al nivel de responsabilidad social que se deposita en el magisterio. Se espera que el docente sea pedagogo, orientador emocional, mediador familiar, gestor de conflictos y, al mismo tiempo, que mantenga resultados académicos medibles. Todo esto sin una política clara de bienestar docente.
Aquí surge una de las contradicciones más graves del sistema educativo: se habla de cuidado emocional del estudiante mientras se normaliza el desgaste del maestro. Se promueve la educación socioemocional, pero se ignora que un docente agotado difícilmente puede sostener vínculos pedagógicos sanos.
El enfoque centrado en el alumno ha sido simplificado hasta convertirse en una coartada política. Bajo esa bandera, se traslada la responsabilidad del éxito o fracaso educativo casi exclusivamente al docente. Si el alumno no aprende, se cuestiona la estrategia del maestro. Si hay conflictos emocionales, se señala su manejo de grupo. Si los resultados no mejoran, se pide “innovar más”. Así, el sistema se lava las manos mientras coloca la presión en el aula.
Desde la pedagogía crítica sabemos que el aprendizaje no ocurre en el vacío. Está atravesado por condiciones sociales, económicas y laborales. Pretender que el docente compense todas las desigualdades con buena actitud y creatividad es una forma elegante de ocultar la falta de políticas estructurales. La equidad educativa no se logra con discursos motivacionales, sino con inversión, acompañamiento y respeto profesional.
En la práctica escolar, esto tiene efectos claros. Docentes con licencias médicas frecuentes, rotación constante de personal, climas laborales tensos y una creciente desafección hacia la profesión. Cuando el maestro sobrevive, el aprendizaje se resiente. Cuando el docente está al límite, la escuela pierde estabilidad. Y cuando el sistema ignora esto, reproduce la desigualdad que dice combatir.
Hablar de ambientes emocionalmente seguros sin hablar de bienestar docente es una incoherencia pedagógica. No se puede exigir regulación emocional a quien trabaja bajo presión permanente. No se puede pedir empatía infinita a quien no recibe respaldo. No se puede centrar la escuela en el alumno mientras se deshumaniza al docente.
Por ningún motivo, se desea oponerse al derecho del alumno, sino el punto crucial es entender que ambos están ligados. Una escuela justa no enfrenta estas dos figuras; las sostiene juntas. Mientras no se reconozca que el cuidado del docente es una condición básica para cualquier innovación educativa, seguiremos repitiendo consignas vacías y cargando culpas donde no corresponden.
El verdadero debate no es si la escuela debe centrarse en el alumno, sino por qué el sistema decidió hacerlo a costa del maestro.
Fuentes de información
Freire, P. (2012). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.
Hargreaves, A., & Fullan, M. (2014). Capital profesional: Transformar la enseñanza en cada escuela. Morata.
UNESCO. (2021). Reimaginar juntos nuestros futuros: Un nuevo contrato social para la educación. UNESCO.
OCDE. (2019). TALIS 2018: Resultados (Volumen I): Docentes y directores como profesionales valorados. OCDE Publishing.
Day, C. (2019). La pasión por enseñar. Narcea Ediciones.
Vaillant, D. (2015). El bienestar docente y su impacto en la calidad educativa. PREAL.