Seminario "El acompañamiento terapéutico como recurso clínico"

Seminario "El acompañamiento terapéutico como recurso clínico" Seminario El Acompañamiento terapéutico es un recurso clínico particular que opera desde un abordaje psicoterapéutico.

Recurso que se desarrolla en una clínica de borde, cuya pretensión es dar lugar a la singularidad del sujeto, es decir, a la emergencia de su deseo en el tratamiento de los “nuevos nombres” del síntoma ante el malestar en la cultura actual. En este sentido, es posible construir y sostener un espacio diferente para que el síntoma se exprese y se enmarque al ser el AT un posibilitador de la organización cotidiana allí donde no hay secuencia posible ni marco estable que permita la organización subjetiva de la cotidianidad. El AT facilita la construcción o reconstrucción de lazos sociales y permite la reinserción educativa, laboral, recreativa en diferentes espacios, en nuevas inscripciones sociales en tanto lazos diferentes con la comunidad y el entorno. El AT constituye, de este modo, una práctica basada fundamentalmente en el vínculo entre el acompañante y el acompañado, de a dos, con la particularidad de que en éste media un fin terapéutico en el que se instala la transferencia sostenida desde la ética.

19/01/2014

Decidimos continuar con este espacio de transmisión y formación que inauguramos hace dos años.... por lo tanto en Marzo comenzaremos con el ciclo 2014 de este Seminario.

01/03/2013

Quisiéramos comentarles a tod@s que el miercoles 13 de marzo comienza el nuevo ciclo de este seminario. Los esperamos para emprender un nuevo viaje, saludos

25/06/2012

Compañeras de recorrido.....agregamos en este espacio algunos textos para compartir, saludos.

25/06/2012

Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura
UD. ESTA ENArtículos / Del encuadre de Procusto a los dispositivos psicoanalíticos
Del encuadre de Procusto a los dispositivos psicoanalíticos
Por Alejandro Vainer - Publicado en Agosto 2009
El encuadre percibido como un conjunto de leyes cuyo cumplimiento es suministro superyoico de respetabilidad y prestigio profesional, y cuyo abandono -aun no arbitrario- adquiere un sentido contrario, favorece que el analista lo utilice espuriamente, proyectando en el mismo sus propias limitaciones.
“Extrapolación del encuadre analítico en el nivel institucional: su utilización ideológica y su ideologización”
Fernando Ulloa, 1971


El encuadre o setting genera controversias en los psicoanalistas. No figura en ningún diccionario de psicoanálisis, pero hay mucho escrito sobre el tema.[1] Suele definirse como el marco en el cual se produce el análisis. Sus constantes, muchas veces asimiladas a las “reglas de juego”, incluyen el espacio de trabajo, el uso del diván, los horarios, frecuencia y duración de sesiones, interrupciones, la cuestión del pago y el rol del analista. Algunas de estas reglas se formulan explícitamente mientras que otras nunca se comunican y forman parte de los ritos propios de cada análisis.
Los desarrollos actuales suelen resaltar el aspecto interno del encuadre, teorizando sobre “encuadre interno” y la “actitud analítica”. Para ello acentúan el rol del analista como sostén de las reglas de juego externas para no quedar preso de rituales vacíos de sentido.
Algunos de quienes siguen a Lacan desestiman al encuadre al homologarlo a su derivado externo, conductual y contractual, acusándolo de una rigidez obsesiva. Desde esta perspectiva lo central es el discurso, y por lo tanto, la única regla es la regla fundamental (la asociación libre y atención flotante), el resto no tiene importancia. Sin embargo, muchos continuadores de Lacan establecen algunas reglas básicas para el trabajo analítico.[2]
En la mayoría de “los psicoanálisis” de hoy sigue habiendo un acuerdo básico implícito: existe un solo modelo de trabajo psicoanalítico. Puede haber variaciones en el “caso por caso”, pero que no deben distanciarse demasiado de la foto -bien “encuadrada”- del analista en el sillón, paciente en el diván, sosteniendo una cura por la palabra.
Esta perspectiva hegemónica soslaya dos cuestiones fundamentales:
1- Se propone al análisis como una esencia y no en una praxis social, histórica, económica y política. Convertir al análisis en una esencia ahistórica con la coartada de que trabajamos con un inconsciente ahistórico y atemporal es como mínimo una generalización abusiva. De ese modo, el dispositivo analítico “clásico” tendría que perpetuarse en el tiempo porque son las mejores condiciones de emergencia y de trabajo con lo inconsciente. Esta perspectiva es reduccionista. No toma en cuenta la complejidad de la subjetividad, y ni siquiera la complejidad del aparato psíquico[3].
Por lo contrario, si el análisis es una praxis social e histórica, esto implica modificaciones, ya que no encontramos la misma subjetividad en distintos momentos históricos, en distintas sociedades y clases sociales.
Vayamos a la historia. Freud empezó con seis sesiones semanales y sus análisis duraban casi dos años. Pero nos alertaba acerca de su trabajo: “he decantado las reglas técnicas que propongo aquí de mi experiencia de años, tras desistir, por propio escarmiento, de otros caminos... Pero estoy obligado a decir expresamente que esta técnica ha resultado la única adecuada para mi individualidad; no me atrevo a poner en entredicho que una personalidad médica de muy diversa constitución pueda ser esforzada a preferir otra actitud frente a los enfermos y a las tareas por solucionar.”[4]
Si Freud mismo intentó diversos caminos para constituir una técnica y nunca utilizó una técnica “clásica”[5], ¿qué fue lo que la produjo y sostiene? Una institucionalización del psicoanálisis llevó a formular un encuadre rigidizante no sólo para los pacientes, sino para la formación de analistas a lo largo del siglo XX.
Un ejemplo de esto lo podemos ver en José Bleger y una polémica posterior.
Bleger, en “Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico”, no define el encuadre psicoanalítico.[6]Lo da como un hecho y en el texto lo analiza como una institución. Hay un solo encuadre porque hay una sola técnica psicoanalítica. Un encuadre que sostiene una técnica y una sola forma de hacer psicoanálisis. Un modelo cientificista y aséptico: un análisis de varias veces por semana en diván con el mandato a un paciente individual que asociaba libremente en el diván y un analista espejo en atención flotante. Todo lo que saliera de dicho esquema era una “ruptura del encuadre”. Si desde el vamos no cumplía las constantes del encuadre ya era nominada como la hija natural despreciada de la praxis psicoanalítica: la “psicoterapia psicoanalítica”. Y si el analista insistía en llamarlo psicoanálisis era un “psicoanalista silvestre”.
La polémica que mantuvo Ricardo Malfé con León Ostrov por 1970 en las páginas de la Revista Argentina de Psicología nos muestra cómo se respondió a la crítica del modelo “oficial”. Malfé cuestionaba un texto de Ostrov sobre los aspectos ideológicos y técnicos de dicho tipo de psicoanálisis con un único encuadre. Para ello Malfé utilizaba la lectura institucional del encuadre propuesta por Bleger, al afirmar que “la concepción del mundo, del hombre y la vida social y el sistema de valores del analista concurren a determinar la configuración instituida de regularidades in-formativas del proceso analítico a la que se suele dar el nombre de encuadre.”[7] Entonces, avanzaba: dichas “reglas de juego” podían jugar resistencialmente en el análisis y era necesaria la flexibilidad del mismo en función del propio proceso analítico. Ostrov, en su respuesta, era contundente: “los excesos que tientan a Malfé: apoyar sus argumentaciones en situaciones presuntamente analíticas, pero que evidencian precisamente el desvío, o desconocimiento de lo que en principio, todo analista ‘oficial’ sabe. Son ejemplos, en el mejor de los casos, de psicoanálisis silvestre.”[8]
Estos fueron y son los mecanismos de poder para intentar preservar un solo encuadre psicoanalítico a lo largo del tiempo: desvalorizar y acusar a todo cambio. Hasta Jean Laplanche años después sentenciaba: “toda acción sobre el encuadre constituye un acting out del analista.”[9]
Pero si cambiaron los tiempos históricos, cambió la subjetividad... ¿cómo no cambiar una praxis como la psicoanalítica y su encuadre cuando es parte de esta sociedad y no está por fuera de la historia y la cultura? Sostener la permanencia sólo se fundamenta en preservar la institución psicoanalítica y sus rituales y no al psicoanálisis como un método terapéutico vivo.

2- Una segunda cuestión es primordialmente clínica y terapéutica. Desde los tiempos de Freud los primeros analistas debatían cómo construir encuadres. Algunos, como Ernest Jones y Max Eitingon intentaron organizar una “iglesia” internacional con sus rituales, entre ellos un encuadre “procustiano” a repetir estirando a algunos pacientes, cortándole los pies a otros, o bien, declarándolos inanalizables. Otros, a partir de Sándor Ferenczi, intentaron tomar el desafío de avanzar en las dificultades clínicas y proponer lo que hoy llamamos diferentes “dispositivos” para distintas situaciones clínicas.
El propio Freud, según el momento, brindaba sus apoyos a un lado y al otro.
El ejemplo de mayor apoyo de Freud a pensar distintos dispositivos fue considerar la posibilidad de la actividad del analista, tomando las ideas de Ferenczi, en casos graves de fobias y neurosis obsesivas en Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica (1918).Aunque Freud y el propio Ferenczi criticaron luego la cuestión de la “técnica activa”, es necesario resaltar la búsqueda clínica de los caminos terapéuticos más adecuados para la situación y la patología de quien consulta. El propio Ferenczi, en 1928, propuso en este sentido el principio de la “elasticidad de la técnica psicoanalítica” según el caso y la situación.[10]
A partir de entonces, toda variación del encuadre institucionalizado, llamada a gritos por la psicopatología y las situaciones clínicas tuvo dos caminos. Desautorizar al analista, si continuaba llamando a eso psicoanálisis, o bien denominarlo “psicoterapia psicoanalítica” (así se preservaba tanto a la institución psicoanalítica, sus ideas, y a sí mismo).
El ejemplo más conocido de lo primero fue lo sucedido con Lacan y la IPA con sus sesiones de tiempo variable, aunque finalmente con la creación de su propia escuela, se terminó aceptando que también era psicoanálisis.
Pero hay múltiples ejemplos de lo segundo. Frieda Fromm Reichmann decidió denominar “psicoterapia intensiva” al psicoanálisis con pacientes internados. Toda intervención de psicoanalista con grupos se denominó “psicoterapia (psicoanalítica) de/en grupo”, “grupoanálisis”, etc. Toda intervención psicoanalítica que tuviera limitados los tiempos se denominó “psicoterapia”, “psicoterapia focal”, etc. Y así se podría continuar con los ejemplos.
Si las situaciones clínicas y los diagnósticos varían, es necesario considerar qué dispositivo psicoanalítico es el más pertinente para dicha persona en dicho momento.

Aquí la palabra clave es dispositivo psicoanalítico. Si el encuadre son las reglas necesarias para un trabajo analítico, el dispositivo lo incluye, ya que es un artificio que propicia “poner en evidencia modos de funcionamiento de la psique que difícilmente se movilizarían en un análisis clásico.”[11] Para ello, como psicoanalista, es necesario afinar los diagnósticos clínicos y de situación para evaluar la pertinencia del dispositivo psicoanalítico a implementar en cada caso a través de una serie de entrevistas. La instalación del dispositivo implica siempre el establecimiento de ese marco que es el encuadre, que a la vez da las condiciones de posibilidad de funcionamiento del espacio analítico.
Cualquier psicoanalista sabe que no es lo mismo trabajar con pacientes de distintas edades; situaciones de crisis; pacientes límite; pacientes psicóticos; caracteropatías; y hasta distintas clases de neurosis. Tampoco es lo mismo si se trabaja en distintos lugares o situaciones (grandes o pequeñas ciudades, en consultorios o instituciones privadas, hospitales públicos u obras sociales). En muchas situaciones es necesario incluir el trabajo no sólo con familiares o amigos, sino también en equipo de trabajo cuando hay tratamientos mixtos o se trabaja en instituciones, lo que sigue siendo renegado por muchos psicoanalistas hasta hoy. En cada caso es necesario ver la posibilidad (o no) de organizar dispositivos psicoanalíticos pertinentes a cada caso y situación. Muchas veces esto se hace silenciosamente sin interrogar las propias teorías. Porque estas cuestiones parecieran complicar el panorama para los psicoanalistas. La tentación de encontrar un único encuadre o una única regla es muy fuerte. Esto lleva a reducir el análisis a la repetición de un rito o bien a sacralizar una única regla fundamental. El resto serían desviaciones necesarias en algunos casos que no ponen en cuestión el dogma.
El desafío complejo es trabajar psicoanalíticamente con la subjetividad hoy. Los sufrimientos de la subjetividad actual no se acomodan en el diván de Procusto. Parafraseando a Fernando Ulloa, nuestro desafío consiste en dejar de practicar teorías y repetir encuadres para teorizar las nuevas prácticas que dan respuestas pertinentes a los padecimientos específicos de los tiempos que corren.
Freud no hizo otra cosa hace un siglo.

Alejandro Vainer
Psicoanalista
alejandro.vainer@topia.com.ar

Notas

[1] Encontramos la historia y actualidad del concepto en algunos “manuales” sobre técnica psicoanalítica: Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (1986) de Horacio Etchegoyen y Teoría y práctica del psicoanálisis (1989) de Helmut Thoma y Horst Kachele.
[2] Bruce Fink, lacaniano de orientación milleriana, no lo menciona explícitamente, pero señala la necesidad de una “pedagogía psicoanalítica” en las primeras entrevistas para que el paciente aprenda el juego del análisis. Además incluye reglas precisas sobre los horarios, los cambios de sesiones y el tiempo variable. O sea, configura un encuadre aunque no lo llame de dicha manera. Fink, Bruce, Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano. Teoría y Técnica, Ed. Gedisa, Barcelona, 2007. Desde otra perspectiva, también lacaniana, Sergio Rodríguez, afirma, “no propongo automáticamente entrar a un análisis personal, tampoco de un grupo, familia o pareja. Mucho menos un encuadre que vaya mucho más allá de acordar honorarios y asociación libre. Incluso en medio de un análisis, puede ocurrir que decida hacer ingresar con autorización previa del consultante, al consultorio a otra persona o personas por alguna razón en particular.”, Rodríguez, Sergio, “¿Etiquetas, encuadres rígidos? ¿O, lógica psicoanalítica?”, en Psyche Navegante Nº 86, www.psyche-navegante.com
[3] Para una crítica de los modelos reduccionistas y la cuestión de la complejidad del aparato psíquico, Bleichmar, Hugo, Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una teoría de intervenciones específicas, Ed. Paidós, Bs. As., 2005. Para la cuestión de la diferencia entre aparato psíquico y subjetividad, Vainer, Alejandro, “Introducción”, en A la izquierda de Freud,Ed. Topía, Bs. As., 2009.
[4] Freud, Sigmund, “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (1912), en Obras Completas, Amorrortu Editores, Vol. XII, Bs. As., 1979.
[5] Roazen, Paul, Cómo trabajaba Freud,Paidós, Bs. As., 1998.
[6] Bleger, José, “Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico”, en Simbiosis y ambigüedad, Paidós, Bs. As., 1967.
[7] Malfé, Ricardo, “Consideraciones críticas sobre aspectos ideológicos y técnicos de la práctica psicoanalítica habitual”, en Revista Argentina de Psicología, Nº4, Bs. As., junio de 1970, págs. 40-41.
[8] Ostrov, León, “Apuntes sobre el artículo de Ricardo Malfé con motivo del mío”, en Revista Argentina de Psicología, Nº5, Bs. As., setiembre de 1970.
[9] Laplanche, Jean, “El psicoanalista y su cubeta”, en Trabajo del Psicoanálisis, Vol. 1, México, 1982, pág. 143.
[10] Ferenczi, Sándor, “La elasticidad de la técnica psicoanalítica”, en Problemas y métodos del psicoanálisis, Ed. Hormé, Bs. As., 1966.
[11] Carpintero, Enrique, Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos, Ed. Topía, Bs. As., 1999, pág. 205

25/06/2012

Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura
UD. ESTA ENArtículos / La medicalización de los niños o cómo silenciar la infancia
La medicalización de los niños o cómo silenciar la infancia
Por Beatriz Janin - Publicado en Julio 2007. Revista Topía nº 49
A tiene cinco años y cursa preescolar. Es inquieto. Se niega a “llenar” el cuadernillo. Las maestras dicen: “no responde a las consignas”. Desde la escuela se sugiere una consulta neurológica. En la entrevista con el neurólogo, A. toca todo y a la vez contesta las preguntas antes que su mamá. “Diagnóstico: ADHD”, dictamina el neurólogo. Y comienza a ser medicado.
B. tiene trece años. Es contestador y no acata las normas. En la escuela dicen que si no lo medican lo van a dejar libre por amonestaciones. ¿La medicación tiene acá el lugar de un castigo?
C. tiene siete años. La psicóloga que lo atiende afirma que necesita que esté medicado. Dice de C. que es un niño insoportable, que es muy agresivo y a la vez se queja de la obra social, que maltrata a los profesionales. ¿Qué es lo insoportable, el niño o las condiciones de la obra social? (Con otra profesional, C. despliega juegos, escribe historias, dibuja... y se le saca la medicación).
En estos trayectos nadie preguntó la historia de ese niño ni lo que pasaba en el aula ni en la familia. El niño quedó catalogado, rotulado y medicado, por su “querer decir”, moviéndose, algo que nadie estuvo dispuesto a escuchar. Un déficit neurológico es ubicado como único responsable de lo que le pasa (o lo que sucede en un aula, una familia o un consultorio).
El Trastorno por Déficit de Atención (con o sin Hiperactividad) es sólo la punta del iceberg de todo un sistema que supone que la infancia debe ser acallada, que se debe aplastar la denuncia que suelen hacer los niños sobre el malestar cultural. Así, si un niño está triste, no se trata ya de preguntarse por qué ni de registrar cuáles son los duelos que está tramitando, sino que la cuestión es que deje de estarlo, lo antes posible, para no perturbar a los adultos. De este modo, hay países en los que se les están administrando antidepresivos a niños, a pesar de los riesgos que esto conlleva: entre otros, agresividad y suicidios. (Nueve de los trece jóvenes que dispararon en contra de compañeros y maestros en EE. UU. estaban tomando antidepresivos o medicamentos contra el ADHD).
¿Qué implica medicar a un niño? ¿Qué le transmitimos cuando le planteamos que toma tal pastilla para quedarse quieto, atender en clase, hacer tareas que no le gustan? Los niños traducen: “tomo una pastilla para portarme bien y hacer la tarea”. Lógica que se podría replicar después en: “tomo una pastilla para poder bailar durante 10 horas seguidas”. Idea de un cuerpo-máquina que debe recurrir a un estimulante externo para mantener un funcionamiento “adecuado” a lo que se espera de él. Idea del ser humano como mónada cerrada que se liga a otras mónadas cerradas, como opuesta a una concepción del sujeto como constituido en una historia, en vínculos con otros, y desplegándose en un entorno familiar y social.
Un niño de siete años cuyo papá lo golpeaba con frecuencia, medicado con metilfenidato, sostenía: “yo no me voy a rendir, no voy a darles el gusto... me las van a pagar”. Discurso de resistencia que insistía cuando le decía al neurólogo: “no quiero tomar medicación. Que la tomen ellos (por padres y maestros)”. Para mi sorpresa, nadie le había preguntado el por qué de este funcionamiento desafiante ni había pensado en los efectos de la violencia.
¿Por qué no se los escucha, por qué no se los piensa como sujetos capaces de dar cuenta de lo que los perturba? ¿Por qué no se les pregunta qué sienten y piensan en lugar de escuchar solamente a padres y maestros?
Esto modo de diagnosticar y medicar ha tomado tal auge que en la reconocida revista New England Journal of Medicine, del 6 de abril del 2006, se afirma que en EE. UU. aproximadamente el 10% de los niños de 10 años están medicados por ADHD. En ese mismo artículo, firmado por un cardiólogo, se plantean los riesgos cardíacos que trae esta medicación, así como los daños a largo plazo, por el aumento de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial que producen. Se han descripto casos de infarto de miocardio y de accidente cerebro-vascular y la OMS registró 28 casos de muerte súbita.
Si hay un 10% de niños medicados, ¿habrá una "epidemia" de un supuesto déficit neurológico cuyas consecuencias son tan graves que lleva a que se les administren a los niños dr**as que implican riesgo de muerte, posibilidades de retardo en el crecimiento, de anorexia e insomnio, que está contraindicado en los niños con tics y con patología psicótica?
Pienso que se combinan: 1) Escuelas que se ven exigidas a una supuesta “excelencia” y que reproducen la exclusión de un mundo en el que “pertenecer” es un privilegio.
2) Padres que se aterrorizan frente a la idea de que su hijo quede “afuera” del mundo.
3) La presión de los laboratorios. Los laboratorios ejercen su presión de varios modos. Entre otros, utilizan los medios de difusión para atemorizar a padres y maestros. Por ejemplo, en Clarín, el 12 de abril del 2004, salió una nota en la que se sostenía que el Trastorno por déficit de atención producía “deficiencia en el desempeño escolar, mal comportamiento y estrés familiar”. Y se alertaba a los padres planteando la importancia del diagnóstico temprano porque, afirmaba la nota, el 30% de los niños con ADHD repiten de grado. Como esto apareció como fruto de una investigación oficial, preguntamos y todos los organismos oficiales nos contestaron que no había ninguna investigación que avalara esto. Sin embargo, nunca se publicó una desmentida y lo que los padres leyeron fue lo publicado. Últimamente, lo que suele difundirse en los medios es: “los niños con ADHD no tratados tempranamente pueden tener conductas delictivas en la adolescencia”. En todos estos artículos se recomienda medicación (dando hasta el nombre de la droga) y terapia conductista. No sólo se reduce a una patología cuestiones tan complejas como la repitencia y el “mal” comportamiento, así como la delincuencia, sino que se da la “solución”, solución que sólo sirve para acrecentar las ganancias de los laboratorios a costa de los niños.
4) La falencia de muchos profesionales para encarar estos nuevos modos en los que aparece la angustia infantil. Una investigación hecha por un psicoanalista francés, Nicolás Dameurie, en relación a las representaciones de los terapeutas con respecto a la hiperactividad, muestra que, si bien la mayoría puede pensarla como manifestación de angustia o de tristeza, son muchos los que señalan el rechazo que les producen los niños a los que consideran hiperactivos y la dificultad para tratarlos. Considero que, presionados por la “urgencia” con que debería resolverse todo, psicólogos, psiquiatras y psicopedagogos pueden recurrir a una solución “mágica” (entrampados en el discurso dominante) antes de replantearse sus propios modos de abordaje y las intervenciones posibles.
Por otra parte, lo que muchas veces se sanciona y medica es, más que el movimiento y la desatención, la resistencia que un niño opone a las normas. Así, la pastillita “para portarse bien” (como suelen denominarla los niños), es dada efectivamente con tal fin.
Ya en los ítems de los cuestionarios que se utilizan para diagnosticar, aparecen cuestiones tales como: “habla en forma excesiva”, “discute con adultos”, “hace cosas en forma deliberada para fastidiar o molestar a otros”, “es negativo, desafiante, desobediente u hostil hacia las personas de autoridad”. Así, si el maestro o el padre están angustiados o deprimidos, un niño puede ser vivido como desafiante, hostil, fastidioso, porque no permite la desconexión del adulto.
Este tipo de diagnóstico y tratamiento tiende a acallar los síntomas sin preguntarse cuáles son sus determinaciones ni en qué contexto se dan. Los funcionamientos de la familia y la escuela se consideran sólo como respuestas a las conductas del niño, sin ubicarlos como implicados en su determinación.
He visto niños que habían sido medicados por tener dificultades para aceptar las normas escolares, otros que estaban en situaciones de duelo, otros que no soportaban enfrentar tareas en las que sentían que podían fracasar, otros que estaban pendientes de la aprobación de los adultos y también niños que mostraban serios problemas de desorganización del pensamiento. Todos fueron catalogados del mismo modo y tomaban la misma medicación. Esto no quiere decir que no haya situaciones en las que esté indicado algún tipo de medicación en un niño con severas dificultades, pero lo que está sucediendo es que hay una medicalización de la problemática infantil, con desconocimiento del funcionamiento psíquico de los niños y sus variaciones posibles.
Se los psiquiatriza tempranamente, ubicándolos como “enfermos” por “portarse mal”. Este portarse mal, en oposición obviamente a lo que sería portarse bien (y el que decide quién se porta bien o mal es un adulto) suele ser un hablar “de más”, moverse “de más”, no hacer lo que se le pide en el momento en que se le pide, en niños generalmente pequeños.
Medicar a un niño de acuerdo a las necesidades de los adultos es un acto de violencia.
Es una doble violencia:
1) las condiciones sociales (el actual malestar en la cultura), así como las dificultades de los adultos para contener a los niños, favorecen nuevos modos de expresión de la angustia, con un predominio de patologías que son claramente vinculares (se dan con otro al que convocan y molestan)
2) se los diagnostica como “deficitarios”, sin escuchar su sufrimiento, sin registrar lo singular de sus padecimientos y se los medica para silenciarlos y aquietarlos.
Cuando se clasifica a un niño, considerando que es así desde siempre y que será así siempre, se lo priva de su historia y se le coarta el futuro. Y cuando se lo medica para que se adecue a lo esperable, se lo intenta transformar en un robot al servicio de intereses que lo desconocen como sujeto.
Por suerte, los niños tienden a romper los cuadros y a quebrar los chalecos de fuerza que se les ponen... y siguen denunciando.
Beatriz Janin
Psicoanalista

La transgresión cuestiona lo natural del orden de la culturaEditorial Revista Topía Abril/2012Por Enrique Carpintero - P...
25/06/2012

La transgresión cuestiona lo natural del orden de la cultura
Editorial Revista Topía Abril/2012
Por Enrique Carpintero - Publicado en Abril 2012

-Grundnorm -repitió-, ¿capta el concepto?-Norma base -dijo Firmino intentando servirse del poco alemán que sabía.

-Sí naturalmente, norma base -precisó el obeso-, solo que para Kelsen esta situada en el vértice de la pirámide, es una norma base invertida, está en la cima de su teoría de la justicia… es la Norma que nos enreda a todos y de la cual, aunque le pueda parecer incongruente, se deriva la prepotencia de un señorito que se cree con derecho a azotar una p**a. Las vías del Grundnorm son infinitas.

La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, Antonio Tabucchi



Siempre habrá canallas. Lo que ha cambiado hoy es que los canallas son sinceros.
El dinero se inventó para que no nos miremos a los ojos.
-¿Deseas más poder?
-Ningún poder. Una sociedad, no un Estado.
-Discúlpame Florine, no entiendo.
-El sueño del Estado es quedarse solo. El sueño del individuo es volverse dos.
Cundo la Ley no hace justicia, la justicia pasará por encima de la Ley.
Film Socialisme de Jean Luc Godard





Cuando hablamos de transgresión nos estamos refiriendo a aquellos actos que franquean un límite a las normas establecidas. Su resultado es realizar un acto considerado “anormal” que es sancionado por la sociedad y considerado delictivo por la ley que regula esas normas.

En este sentido las transgresión esta relacionado con el límite. Esto nos lleva a cuestiones que refieren a la ética pero también a la política en tanto debemos tener en cuenta una cultura hegemónica que sostiene un poder que establece lo que está permitido y prohibido. De hecho se usa el término “transgresión” con una connotación positiva cuando ciertas acciones permiten romper tabúes y prejuicios de una cultura. Por otro lado también se lo usa cuando al negar la ley lleva a acciones destructivas y autodestructivas. Mantener esta ambigüedad del concepto es una necesidad de sectores del poder para sostener que todo acto que vaya en contra de las regulaciones que impone es un atentado contra el conjunto de la sociedad. La criminalización de algunos derechos civiles y la criminalización de la protesta social es una de sus consecuencias. De allí la necesidad de delimitar que consideramos una transgresión.

El término “transgresión” viene del verbo Gradior que significa andar, ir, marchar. Tiene una reminiscencia onomatopéyica del sonido “gr” que también aparece en otras lenguas con significados parecidos. Cuando el verbo se sustantiva se transforma en la palabra “Gradus” que pasa a significar escalón, salto, nivel, zanja, avance. De ellos derivan grado, grada, graduar, degradar, regresar, progresar, ingresar, agredir y transgresión. En todas ellas está contenida, de una u otra manera, la idea de saltar. Cuando pasamos al latín transgredior, trasgressus y transgressio tenemos unos términos que nos señalan el paso de un lugar a otro, generalmente saltando un obstáculo. Al aplicarlos metafóricamente a las leyes y a las normas sociales llegamos al sentido que tiene en castellano: infrigir (de frangere y fractum), quebrantar, vulnerar (de vulnerem) y de desobedecer una orden, una ley de cualquier clase.

Evidentemente aquí nos encontramos con un problema ya que no es lo mismo rebelarse contra leyes injustas que asesinar a una persona por cuestiones personales. No es lo mismo una mujer que se hace un ab**to prohibido por la ley que un gerente de banco estafe a sus clientes con créditos financieros. No es lo mismo un adolescente que transgrede normas sociales como una forma de ir conquistando su autonomía que un adolescente cuando realiza un acto de violación. Todos transgreden la ley pero no todos estos actos se pueden unificar con el término transgresión.

¿Cómo diferenciar unos de otros?

Todo poder representa intereses económicos, políticos y sociales que reglamentan normas (leyes escritas) y preceptos culturales (usos y costumbres) que se transforman en una indicación para la vida cotidiana del conjunto social. De allí que cualquier transgresión sigue el camino inevitable de ser desaprobada y ser considerada un hecho delictivo. Lo “normal” se asocia a lo natural y aquellos que transgreden esa norma realizan un acto “antinatural”.
Este pensamiento sigue presente en la actualidad y su origen debemos rastrearlo en los mitos que fundan la cultura patriarcal de las religiones donde el rompimiento de una norma se relaciona con la idea del mal que enfrenta al ser supremo. Esta ruptura es un pecado considerado como una transgresión de una ley sagrada que ha sido establecida por la divinidad que merece ser castigada.

Lilith: la primera transgresora

En La Biblia hay dos versiones de la creación de la mujer y del hombre. En el capítulo uno del Génesis se dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó”. Por lo tanto la mujer y el hombre fueron creados al mismo tiempo. Una segunda versión aparece escrita en el capítulo dos. Aquí se dice que Dios luego de crear a Adán y convencido de que no era bueno que estuviese solo, creó a los animales y luego de la costilla de Adán hizo una mujer; esta fue Eva.

Hay muchas interpretaciones de estos dos textos. Vamos a tomar el relato que nos aporta el historiador Robert Graves[1]. Dios crea a Lilith, la primera mujer, como había creado a Adán. Ellos nunca encontraron la paz juntos ya que cuando Adán quería acostarse con ella, Lilith se negaba a estar acostada debajo de él ya que consideraba esa postura ofensiva. Como Adán permanece inflexible Lilith invoca el nombre de Dios que le da alas, las cuales le permiten alejarse volando del Edén. Adán se queja al creador que condolido envía a tres ángeles a buscar a Lilith. Ella se niega a volver ya que, por orden de Dios, debe aceptar el sometimiento y hacerse cargo de todos los niños recién nacidos. Lilith quiere permanecer en el Mar Rojo región donde abundan los demonios lascivos. A partir de allí Lilith es considerada un demonio, al menos así lo entiende la religión judía que le atribuye el robo de niños de corta edad a los que se lleva de su cuna por la noche. El cristianismo la ignora por completo. Sin embargo Lilith no nació demonio, en su origen es un espíritu libre dedicado a los sagrados placeres del amor sexual. La llegada del patriarcado pone fin a los ritos sexuales celebrados en el templo de la Diosa, eliminando una fuente del poder femenino, al considerarlo como algo digno de ser temido por su influencia sobre los hombres, y que por lo tanto debía mantenerse bajo control. Desde esta perspectiva se escriben estos mitos. Recordemos que en el mito de Eva ella es la que no acepta la ley de Dios, al comer la manzana del árbol prohibido, corrompiendo a Adán. De este modo, la sexualidad femenina se convirtió en algo diabólico; Lilith de un espíritu libre pasó a ser un demonio alado. Sus alas la hace libre ya que nadie la expulsó del Paraíso, y nadie le negó la entrada. Puede volver e indicarnos la importancia de su libertad. Su transgresión nos habla de preservar su autonomía como mujer. Nos habla de la liberación de la mujer pero también de la liberación del hombre sometido a las leyes naturales de la divinidad. Leyes naturales que siempre esconden la hegemonía de un poder económico, político, social y cultural.

El poder del Soberano

Si la ética antigua se sustentaba en las nociones de pecado, culpa, redención y obediencia incondicional a la palabra divina para sostener el poder patriarcal, más adelante la teología reformularía estas tradiciones. Para ello convirtieron el derecho natural en una derivación racional de los mandatos divinos proponiendo una jerarquía entre la ley divina, la ley natural (la superioridad de lo que es natural sobre lo convencional. Es decir la superioridad de lo que es justo por naturaleza sobre lo que es justo por convención) y la ley positiva (el derecho escrito). Esta perspectiva servirá por muchos siglos de modelo teológico político para fundamentar el poder absoluto del Soberano. Este iusnaturalismo premoderno supone la superioridad de las leyes naturales sobre las leyes positivas, así como la prioridad de los deberes y obligaciones con el Soberano sobre los derechos de actuar libremente. (Nota: El iusnaturalismo o Derecho natural es una teoría ética y un enfoque filosófico del derecho que postula la existencia de derechos del sujeto fundados en la naturaleza humana, universales, anteriores y superiores al ordenamiento jurídico positivo y al derecho fundado en la costumbre). Como dice Zaffaroni la sociedad es entendida como un organismo natural con un reparto de funciones que no puede alterarse ni decidir su destino por elección de la mayoría de sus células. Cualquiera que pretenda una modificación genera una enfermedad contra la ley natural. Cualquier transgresión es considerada un acto criminal que debe ser castigado con la máxima dureza.[2]

Es Thomas Hobbes quien inaugura en el Siglo XVII el iusnaturalismo moderno.[3] En su libro Leviatán parte de la idea de que la condición natural del ser humano es de una guerra de todos contra todos. A este problema Hobbes plantea que la solución es que el ser humano queda libre de sus debilidades al renunciar a sus derechos naturales a favor de una estructura coercitiva, legalizada por un consenso que pone freno al desarrollo de sus pasiones. Para Hobbes el “hombre es lobo del hombre” por lo tanto el miedo es la única garantía para la paz y la seguridad de la sociedad. En el modelo absolutista hobbesiano, la sociedad política no cambia su naturaleza pasional ya que puede estallar en cualquier momento al romperse el contrato social de protección y obediencia. Es que para Hobbes no existe posibilidad de una transformación de la subjetividad de las pasiones que permitan establecer vínculos de solidaridad por fuera de un Estado coercitivo basado en el miedo. Evidentemente para Hobbes no importa que existan pobres y ricos; sometidos y poderosos ya que su único interés es la cohesión del conjunto de la sociedad. De esta manera evita que la idea de Jus Naturale funcione como lo hacía en el iusnaturalismo premoderno, es decir independiente del Soberano para evaluar al Soberano. Al contrario, el contrato social que deben respetar todos los ciudadanos implica que tienen que aceptar incondicionalmente al Soberano, salvo cuando éste es incapaz de mantener la paz y la vida del colectivo social. En Hobbes lo natural que proviene de la divinidad se transforma en lo natural del orden establecido para cohesionar la sociedad. Todo el que atente contra este orden es un criminal, un subversivo o un terrorista. Por ello lo naturalmente justo o injusto es lo que conduce a la paz o a la guerra. De esta manera la superioridad del derecho natural sobre el derecho positivo se resuelve en la obligación natural-racional de obedecer las leyes positivas dictadas por el poder del Soberano. De allí que cualquier transgresión a cualquier ley debe ser castigada ya que atenta contra el orden establecido. Por ello Hobbes no aceptaba ningún derecho de resistencia a la opresión ya que su respuesta era que cualquier opresión era preferible al caos. Justificación que hemos escuchado en la historia de la humanidad para llevar adelante terribles matanzas.[4]

El fin del Estado es la justicia y la libertad

Es Spinoza quien desarrolla otra perspectiva reformulando las categorías iusnaturalistas en términos ontológico y gnoseológicos desde su filosofía de la inmanencia. (Nota: La inmanencia es el ser intrínseco de un cuerpo. En filosofía se califica a toda aquella actividad como inmanente a un ser cuando la acción perdura en su interior, cuando tiene su fin en ese mismo ser. Inmanencia significa que este mundo no tiene ningún afuera. Que el ser en que nos encontramos no es una esencia es un devenir abierto que no es prefigurado ni preformado sino se produce y se reproduce en la relación con los otros. Se opone, por lo tanto, a trascendencia. El Dios de Spinoza es inmanente en tanto es la Naturaleza. De esta manera niega la existencia de un Dios trascendente sobrenatural.)

Para Spinoza así como existen pasiones alegres (el amor, la solidaridad) que potencian al sujeto y pasiones tristes (el odio, la melancolía, la depresión) que lo limitan también es posible establecer formas de organización política que potencien o limiten el colectivo social. Pero éstas no dependen de que se alejen o aproximen a un marco normativo jurídico-moral-racional sino porque su funcionamiento efectivo promueva una mayor potencia de actuar y de entender del sujeto y del colectivo social. Es decir, la racionalidad de una organización social depende de su capacidad para promover la justicia y las libertades sociales sobre la base de que su funcionamiento se deberá sustentar no en la racionalidad sino en la pasionalidad común de los seres humanos. Por ello sostiene:

“…el fin último del Estado no es dominar a los hombres ni sujetarlos por el miedo y someterlos a otro, sino, por el contrario, librarlos a todos del miedo para que vivan, en cuanto sea posible, con seguridad; eso es, para que conserven al máximo este derecho suyo de existir y de obrar sin daño suyo ni ajeno. El fin del Estado, repito, no es convertir a los hombres de seres racionales en bestias o autómatas, sino lograr más bien que su mente y su cuerpo desempeñen sus funciones con seguridad, y que ellos se sirvan de su razón libre y que no combatan con odios, iras o engaños, ni se ataquen con perversas intenciones. El verdadero fin del Estado es, pues, la libertad.”[5]

A diferencia de Hobbes para Spinoza el derecho natural no tiene un límite normativo, no refiere a una supuesta racionalidad trascendente sino a la inmanencia del deseo y a la potencia de cada sujeto. Y esta no es una libertad para hacer o no hacer sino el resultado necesario de la potencia del colectivo social en la afirmación de la justicia y la libertad. De esta manera la preocupación de Spinoza no es porque se debe obediencia al Soberano sino porque el Soberano logra la obediencia de sus súbditos. Por ello afirmaba: “Si la esclavitud, la barbarie y la soledad han de ser llamadas paz, nada más deplorable para el hombre que la paz”.

En la actualidad hay autores molestos que siguen hurgando los problemas aún no resueltos de la Conciencia Moderna. Marx con el dinero y el capital; Freud con la sexualidad, la pulsión de muerte y la locura; Spinoza con su política de las pasiones y la potencia del colectivo social que permite fundar una democracia radical. Con estos temas ponen en evidencia las principales heridas del mundo actual.

En el mundo de la modernidad tardía el miedo al otro y la búsqueda de seguridad que plantea la cultura hegemónica se encuentra presente en amplios sectores de la sociedad. De allí la necesidad de un Leviatán a costa de las más gravosas de las servidumbres. Cuando Eugenio Trias reflexiona sobre la “política del límite” es para entender cómo responde la sociedad a esa “sombra” que nos acecha y nos reta. Esa “sombra” que Freud denominó “El malestar en la cultura”. Pero esa “política del límite puede dar cauce y curso a la libertad que es nuestro mejor don, y también el más peligroso de los regalos. Ya que esa libertad puede ejercerse, en lo ético y en lo político, para habitar y colonizar ese ámbito, pero también para extraviarlo en los vanos esfuerzos para traspasarlo, o para introducir una estructura de dominación. En ella la eterna y monótona letanía repetitiva de la dualidad Amo/Esclavo o Señor/Servidumbre, se reproduce una y otra vez siempre con las características de épocas que en cada formación histórica presentan.”[6]

La transgresión como potencia de ser

Desde lo que venimos afirmando cuando hablamos de transgresión se plantea una oposición entre aquéllos que sostienen la necesidad de obedecer la legalidad natural de un orden trascendente y ahistórico de aquéllos que afirman la inmanencia de las normas sociales. Para los primeros toda transgresión es un acto delictivo y, como tal necesario de ser castigado. Sin embargo si damos cuenta de la historicidad de las normas sociales propia de cada cultura la transgresión adquiere la fuerza de oponerse a los condicionamientos que limitan la potencia del sujeto y del colectivo social. Por ejemplo los movimientos sociales realizan acciones que se sitúan en la transgresión de la legalidad. Pero estas acciones no utilizan la transgresión a la ley de forma instrumental sino para modificarlas. De esta manera debemos diferenciar entre Justicia y Ley o, en otros términos entre el Derecho (con mayúsculas) y el ordenamiento jurídico o ley (con minúsculas). La ley es derecho pero no todo es Derecho. Razón esta por la que desobedecer la ley no es necesariamente sinónimo de desobedecer el Derecho. Razón también por lo que es posible desobedecer a la primera por no desobedecer al segundo, es decir, transgredir la norma para no cometer una injusticia.[7]

En este sentido la transgresión implica afrontar un límite que permite ampliar la potencia del sujeto y del colectivo social en la búsqueda -como diría Spinoza- de la alegría de lo necesario. Por ello la transgresión cuestiona la ley planteando otros fundamentos de las normas sociales en beneficio de la libertad y la justicia.

Aquéllos que transgreden la ley en su beneficio personal o de grupo aceptan sus consecuencias o alegan una inocencia utilizando los recursos que la misma ley les otorga. Los primeros se rebelan contra los condicionamientos de la ley; los segundos se someten a sus consecuencias. Unos cuestionan lo natural del orden establecido los otros aceptan la ley al franquear alguno de su límites. De esta manera la transgresión abre paso a un nuevo suceder ignorando la ley. Las máscaras de su función como límite permiten destituir la norma por la vía de una nueva normatización. De allí que no se puede prescindir de la transgresión en tanto es la condición en la que se orienta el devenir.

Transgresión y perversión

Lo que venimos relatando lo podemos trasladar al campo de la Salud Mental para advertir que en la práctica de muchos profesionales vamos a encontrar como aparece la aceptación de conceptos como naturales. Los problemas en la práctica del psicoanálisis devienen de un naturalismo que en la teoría encuentra los desarrollos de la sexualidad. De allí la necesidad de plantear lo que denominamos “El giro del psicoanálisis” donde -entre otras cuestiones que aluden a reflexionar sobre un nuevo paradigma en el psicoanálisis que al dar cuenta de la complejidad rompe con la perspectiva positivista- sostenemos que en sus orígenes la teoría psicoanalítica fundamenta que la sexualidad humana es desviada.[8] Sin embargo la ambigüedad que aparece en muchos conceptos se puede entender en tanto Freud los produce en un momento histórico determinado: una sociedad patriarcal, heterosexual y puritana como fue la Viena de fines del Siglo XIX. Esta situación ha llevado a que aún se siga abusando de conceptos como negación, escisión, pregenitalidad, fetichismo al servicio de una sexualidad normalizadora.

¿Cómo seguir sosteniendo que son del orden de la perversión formas amorosas pregenitales a través de las cuales una pareja tiene un encuentro erótico? Es evidente que la práctica de una sexualidad denominada por Freud “transgresiones anatómicas”, y que forman parte de una sexualidad adulta, no podemos seguir llamándola perversa. Lo mismo ocurre con las prácticas en la que predomina una sexualidad homosexual, bisexual o transexual.[9]

Si bien esta problemática la fuimos desarrollando en otros textos[10] plantear lo que denominamos una “sexualidad plural” nos lleva a revisar algunas cuestiones:

1º) La pérdida de centralidad de la diferencia sexual como determinante exclusivo de la identidad del sujeto.

2º) La resolución del Complejo de Edipo como normalización de la cultura debe ceder a una resolución dinámica propia de la anormalidad que nos hace humanos. Su protagonismo tiene que dar cuenta de procesos primarios ligados a ese vacío que nos constituye en tanto seres finitos: la-muerte-como-pulsión.[11]

3º) La actualidad del campo de lo sexual se ha abierto a formas que no pueden seguir siendo calificadas de patológicas. De allí la necesidad de diferenciar claramente el erotismo de la perversión.

El erotismo, como plantea Bataille, es transgresor pues aspira a libertad, es excesivo y explora lo nuevo. Sin transgresión no hay erotismo. Por ello afirma: “Hablamos de erotismo siempre que un ser humano se conduce de una manera claramente opuesta a los comportamientos y juicios habituales. El erotismo deja entrever el reverso de una fachada cuya apariencia correcta nunca es desmentida; en ese reverso se revelan sentimientos, partes del cuerpo y maneras de ser que comúnmente nos dan vergüenza.” En este sentido el erotismo es una sexualidad vivida como transgresión de la ruptura de ciertos códigos.[12]

En cambio cuando la sexualidad no tiene la fuerza para la transgresión del erotismo al servicio de la vida queda domeñada por la perversión efecto de la-muerte-como-pulsión. Por ello decimos que la perversión es el negativo del erotismo.

No es en relación a una norma lo que determina lo propio de las llamadas perversiones, sino una sexualidad al servicio de la-muerte-como-pulsión. Una sexualidad que se expresa como renegación y corte de la muerte. Una sexualidad que se le impone al sujeto como actos repetitivos. Una sexualidad sostenida en el sometimiento y la destrucción del otro. En definitiva una sexualidad que produce un proceso de desestructuración subjetiva.

En este sentido podemos señalar que en la perversión no hay sexualidad ya que es domeñada por la muerte-como-pulsión. No hay placer sexual, hay compulsión. No hay otro, hay una cosa. No hay subjetivación en la relación con el otro, hay cosificación. No hay amor, hay odio. No hay satisfacción narcisista, hay una búsqueda de la fusión perdida en el narcisismo primario. No hay organización edípica, hay desorganización sostenida en un cierre de la escisión del yo.

En el Prefacio a la transgresión Foucault dice: “Lo que caracteriza a la sexualidad moderna no es el haber encontrado, de Sade a Freud, el lenguaje de su razón o naturaleza, sino el haber sido, y por la violencia de sus discursos, , echada en un espacio vacío en el que ella no encuentra sino la forma escasa del límite, y donde ella no tiene una prolongación sino en el frenesí que la rompe.”[13]

Sin embargo mientras en Foucault hay una racionalización de los límites del lenguaje en Bataille el erotismo como transgresión se realiza como experiencia. Por ello su afirmación de que “el erotismo es la afirmación de la vida hasta en la muerte.”

Notas

[1] Graves, Robert y Patai, Rafhael, Los mitos hebreos, Alianza Editorial, Madrid, 1986.
[2] Zaffaroni, Eugenio Raúl, La cuestión criminal, Suplemento especial Nº 5, Página /12, Buenos Aires, 2011.
[3] Carrión, Luis Salazar, El síndrome de Platón ¿Hobbes o Spinoza?, Universidad Autónoma Metropolitana, México 1997.
[4] Ídem anterior.
[5] Spinoza, Baruch, Tratado teológico político, Altaya, Barcelona, 1997.
[6] Trías, Eugenio, La política y su sombra, Anagrama, Barcelona, 2005.
[7] Bau, Carlos Olmos, “La desobediencia a la ley en la teoría política feminista”, Revista Telemática de Filosofía del Derecho, nº 11, 2007/2008, www.rtfd.es
[8] Carpintero, Enrique, “El giro del psicoanálisis”, revista Topía en la Clínica Nº 5, marzo de 2001, en www.topia.com.ar
[9] Raíces Montero, Jorge Horacio compilador, Un cuerpo, mil sexos. Intersexualidades, Editorial Topía, 2010.
[10] Carpintero, Enrique, Se puede consulta estos textos: “El Eros o el deseo de la voluntad”, Topía Nº 42, noviembre de 2004; “La sexualidad plural (la sexualidad humana es desviada)”, Topía Nº 44, agosto de 2005; “Tiempo libre para comprar (el consumidor consumido por la mercancía), Topía Nº 54, noviembre de 2008; “La salud es soporte de la anormalidad que nos hace humanos”, Topía Nº 55, abril de 2009. En www.topia.com.ar
[11] Uso el concepto de “La-muerte-como-pulsión” para dar cuenta de los factores estructurantes del proceso primario y sus efectos en la vida del sujeto: narcisismo primario, angustia primaria, funcionamiento a partir del principio de displacer-placer. Su consecuencia es que el sujeto queda atrapado en lo negativo.
[12] Bataille, George, El erotismo, Tusquets editores, 1980.
[13] Michel, Foucault, Prefacio a la transgresión, ediciones Trivial, Buenos Aires 1993.

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