23/04/2026
Me salieron altos los triglicéridos y la endocrinóloga, con la serenidad de quien todavía cree en el porvenir, me derivó a la nutricionista.
Yo fui.
Fui como va una al médico cuando todavía conserva una mínima fe en la ciencia, en el cuerpo y en la posibilidad remota de que cuidarse no implique rematar media casa.
Entonces la nutricionista me dio unas recetas orientadoras.
"Orientadoras", dijo.
Y yo abrí la hoja.
Ahí estaba, esperándome, el almuerzo de una noble europea en temporada de cosecha: pechuga grillada con ensalada de repollo y papas rústicas. Hasta ahí, una dice bueno, pollo, papa, no estamos tan mal. Pero después empieza el delirio fino: aceite de oliva extra virgen, perejil fresco, limón, ajo, cúrcuma, comino, pimentón ahumado. Faltaba que me pidiera una pluma de faisán bendecida por el viento.
Yo leía los ingredientes como quien lee una esquela de embargo.
Porque una quiere cuidarse, sí. Una quiere bajar los triglicéridos, ordenar la existencia, no morir reventada por una milanesa emocional. Pero también una quisiera llegar a fin de mes sin tener que vender la cómoda por medio frasco de aceite de oliva.
Así que hice cuentas, que siempre son más crueles que los análisis.
Y entendí todo.
No era una dieta: era una liquidación por cierre.
En cualquier momento publico:
“Vendo ropero antiguo, pequeñas marcas de uso, ideal dormitorio amplio. Motivo: cúrcuma.”
“Liquido cómoda en buen estado. Motivo: una pechuga decente con perejil fresco.”
“Permuto dignidad por nueces, semillas y un chorrito de extra virgen.”
La receta decía “porción: 1”.
Eso fue lo que más ternura me dio.
Porque no aclaraba de qué clase de persona estábamos hablando.
Evidentemente, no de una ciudadana argentina promedio, sino de una criatura mitológica con ingresos en dólares y una alacena donde los condimentos no se compran: aparecen.
Igual no renuncio a la idea de cuidarme.
Pero habría que inventar una nutrición más parecida a la vida y menos a una fantasía culinaria escrita por gente que jamás quedó en silencio frente al precio de una botella de aceite.
Mientras tanto, sigo acá, en este realismo doméstico de fin de mes, donde el cuerpo pide salud, el bolsillo pide auxilio y la heladera abre su boca blanca como diciendo: mirá, querida, con lo que hay, hacete un poema.
Y una se lo hace.
Porque en la Argentina ya no se hace dieta.
Se hace literatura de supervivencia.
Alicia Abatilli
AMAedu