16/06/2025
No sé ustedes, pero yo ya trato de no meterme donde no me llaman.
Ni en conversaciones, ni en casas ajenas, ni en vidas que no me corresponden.
Me costó, ¿eh? Porque antes uno se creía salvadora de medio mundo, consejera oficial de las amigas y terapeuta sin título de la familia.
Pero aprendí —a la buena y a la mala— que quien no te pide consejo, tampoco quiere que le digas lo que no está lista para aceptar.
Ahora, si me piden mi opinión… la doy.
Pero sin adornitos, sin azúcar, sin moño.
Y si me piden un consejo, también lo doy.
Pero eso sí, les advierto:
Te voy a decir lo que necesitas escuchar, no lo que quieres oír.
Porque ya no estoy en edad de quedar bien ni de andar diciendo “ay, pobrecita” cuando claramente lo que necesitas es un “¡ya basta!”
Una llega a esta etapa con menos filtro, pero con más verdad.
No por grosera, sino por honesta.
No por dura, sino por vivida.
Porque ser sincera no es ser cruel, es tener el valor de no fingir.
Así que si me preguntan, hablo.
Si no… me sirvo un café, me acomodo el rebozo, y veo el drama desde la orilla, como quien ve una novela repetida.
Porque a esta edad, mi paz vale más que una discusión.
Y mi energía no está para rescatar a quien no quiere nadar.
🩷🌸☕️🍂🪻