12/01/2021
Todos los niños y jóvenes tienen derechos...
El “derecho a la identidad”, es decir, a ser reconocidos por su nombre propio y no por el de una etiqueta abrochada junto a un supuesto diagnóstico, como sucede en aquellos casos en que se escucha decir por ejemplo que: “llegó a consulta un TGD”, “ en 3er grado hay un “disléxico”; “ me dijeron que es un ADD-H”; “ su hijo es un bipolar”,etc.
El “derecho a ser escuchados”, es decir, a expresar sus intereses, deseos, temores y necesidades a través de los recursos con los que cuentan -incluso a través de sus “sintomas”- y no ser –en su lugar-“silenciados” con tratamientos farmacológicos acompañados de “programas de adiestramiento conductual”.
El “derecho a jugar”, es decir, a “vivir plenamente la niñez”.Al respecto cabe recordar que es el “juego” la actividad fundante y fundamental de la infancia y el lenguaje lúdico, el privilegiado durante esta etapa de la vida, aunque, paradójicamente, con frecuencia, muchos de estos niños que manifiestan dificultades en la escuela no tienen tiempo para esto, entre otros motivos, porque luego de la jornada escolar (habitualmente de doble turno) deben asistir a sesiones de re-educación psicopedagógica, foniátrica, psicomotriz, maestra particular etc.
El “derecho a recibir educación”. Si bien en los últimos años se ha avanzado mucho en cuanto a la concepción de los derechos humanos y a la idea de integración e inclusión de las personas, no sólo en la educación sino en todos los ámbitos de la sociedad; la proliferación de los discursos sobre la aceptación de la diversidad sostenidos por los nuevos paradigmas de las distintas políticas sociales y educativas, no garantiza su cumplimiento. Aún parecen prevalecer la normalización, la homogeneidad y la simultaneidad como premisas ineludibles de las prácticas educativas cotidianas. Esta circunstancia, constituye sin dudas, uno de los principales factores que provoca desajustes y problemas que complejizan el escenario de la acción educativa cotidianamente.