12/03/2026
Soy Jorge, tengo 76 años y hace más de 10 que estoy en el Hogar Martín Rodríguez que para mi no es solamente un edificio y una cama, y un lugar donde comer.
No señor! Esto es mi hogar, mi refugio, mi ecosistema y el único lugar donde me siento contenido en el mundo, en mi mundo que cada vez se fue achicando más.
No siempre fue así, señor, yo era un comerciante muy activo, siempre rodeado de gente, siempre instruyéndome, mejorando como ser humano.
Pero un dia esta enfermedad que padezco irrumpió en mí y todo se desmoronó.
En un derrotero que a veces prefiero olvidar fui perdiendo todo: primero lo material, luego cuando estaba solo con mi alma, los amigos y algunos familiares y afectos también me fueron abandonando.
Hasta que encontré el Hogar, señor, sí, este Hogar Martín Rodríguez que cayó en manos de directivos fríos, especuladores, que a lo mejor están obedeciendo directivas superiores y que hace unos días me “comunicaron” que me tengo que ir, que ya habían elegido una habitación en un hotel para mi, y ¿qué quiere que le diga? Yo necesito atención médica especializada, y sobre todo necesito mis compañeros de pabellón, necesito a las cuidadoras, aunque algunas tienen un humor de perros, también con los sueldos de hambre que perciben… Pero las necesito.
Necesito el Parque que rodea nuestro hogar, donde en innumerables ocasiones me dejé llevar por sus calles y encontré alivio para mis dolores físicos en el verde que lo rodea, en el canto de sus pájaros.
Nada de esto me pueden ofrecer en un Hotel en CABA, un hotel comercial que no tiene pisos antideslizantes, ni baños adaptados como en el Hogar que ya puedo asegurarle que es MI HOGAR del cual me quieren desarraigar de forma brutal.
Ni que hablar de que no voy a tener garantizada mi alimentación, nutrición, vestuario, cuestiones elementales para mi supervivencia, incluyendo por supuesto una vivienda digna, cosa que está muy lejana de la pretensión de trasladarme a un hotel.
A mi me gustaría saber qué hice para merecer este destrato, cuando siempre cumplí con mis obligaciones como residente y traté de tener conductas que ayudaran a la armonía dentro de los grupos que compartía con otros residentes y cuidadores.
Disculpe usted que lo invada con mis problemas, cuando no está en usted la posibilidad de solucionarlos. Espero que nunca tenga que llegar a esta situación. Nadie se prepara jamás para terminar sus días de esta manera. Pero a lo mejor este mensaje llega a ablandar el alma y el corazón de alguno de los que tienen en sus manos mi destino y lo que son probablemente mis últimos días.