Recetas Naturales - Fabrizio Almeida

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Existen lugares en los que el inconsciente linda con lo consciente. Nos encontramos en el salón y estamos almorzando. Mi...
20/09/2022

Existen lugares en los que el inconsciente linda con lo consciente. Nos encontramos en el salón y estamos almorzando. Mientras lo hacemos, no nos damos cuenta de que, a tan solo un par de metros de distancia, en la vivienda de al lado, otra persona también está sentada y comiendo algo. A veces quizás escuchamos un crujido desconocido en el suelo y entonces volvemos a pensar más allá de nuestras paredes. En nuestro cuerpo también existen esas zonas de las que sencillamente no sabemos nada. No sentimos qué hacen nuestros órganos durante todo el día. Nos tomamos un trozo de tarta y aún notamos su sabor en la boca, también percibimos los primeros centímetros al tragar, pero luego, ¡zas!, nuestra comida ha desaparecido. A partir de aquí, todo desaparece en una zona que en terminología médica se denomina musculatura lisa.
La musculatura lisa no la podemos controlar de forma consciente. Bajo el microscopio tiene un aspecto diferente a la musculatura que podemos controlar, como, por ejemplo, los bíceps. Podemos tensar y destensar los músculos del bíceps en el brazo según queramos. En los músculos controlables, las fibras más diminutas tienen una estructura tan perfecta como si estuvieran dibujadas con una regla.
Las subunidades de musculatura lisa forman redes entretejidas orgánicamente y se mueven dibujando ondas armónicas. Nuestros vasos sanguíneos también están revestidos de musculatura lisa; por eso, muchas personas enrojecen cuando una situación les resulta embarazosa. La musculatura lisa se distiende con emociones como la vergüenza. Y eso hace que las venitas de la cara se dilaten. En muchas personas la capa de músculos se contrae en situaciones de estrés: esto hace que los vasos se estrechen y la sangre deba ejercer presión, pudiendo causar una tensión arterial alta.
El intestino está recubierto de tres capas de musculatura lisa. De este modo puede moverse con una elasticidad increíble, con diferentes coreografías en distintos lugares. El coreógrafo de estos músculos es el sistema nervioso propio del intestino, que controla todos los procesos que tienen lugar en el conducto digestivo, además de ser extraordinariamente independiente. Aunque se corte la unión entre este sistema nervioso y el cerebro, todo continúa moviéndose y la digestión sigue avanzando alegremente: un fenómeno de estas características no existe en ningún otro lugar de nuestro cuerpo. Las piernas no podrían moverse, los pulmones no podrían respirar. Es una pena que no percibamos conscientemente el trabajo de estas fibras nerviosas obstinadas. Un eructo o una ventosidad quizás suenen como algo asqueroso, pero el movimiento que necesitan para ello es igual de sofisticado como el de una bailarina de ballet.

También el estómago puede tropezar. Su musculatura lisa puede tener fallos motrices, al igual que sucede con la musculat...
20/09/2022

También el estómago puede tropezar. Su musculatura lisa puede tener fallos motrices, al igual que sucede con la musculatura estriada de las piernas. Si el ácido gástrico llega a lugares que no están preparados para recibirlo, provoca ardor. En los reflujos ácidos, el ácido gástrico y las enzimas digestivas llegan hasta la faringe; en el caso de la acidez de estómago, solo alcanzan el principio del esófago, provocando ardor en el tórax.
El motivo de los eructos no es otro que el mismo que hace que demos un tropezón: los nervios. Los nervios regulan la musculatura. Si los nervios ópticos no se dan cuenta de que hay un escalón, los nervios de las piernas reciben una información errónea y nuestras piernas siguen andando como si no hubiera ningún obstáculo: y tropezamos. Si nuestros nervios digestivos reciben información errónea, no retienen el ácido gástrico y lo sueltan en la posición de marcha atrás.
La transición del esófago al estómago es un lugar propicio para que se produzcan este tipo de tropiezos: a pesar de las medidas preventivas «esófago estrecho, acoplamiento firme en el diafragma y curva en la entrada al estómago», a menudo algo sale mal. Aproximadamente una cuarta parte de la población alemana, por ejemplo, siente molestias en esta zona. No se trata de un fenómeno moderno: los pueblos nómadas, que aún viven como hace cientos de años, también presentan índices de acidez de estómago y reflujo elevados de modo similar.
El problema es que en la zona del esófago y del estómago colaboran estrechamente dos sistemas nerviosos diferentes: por un lado, el sistema nervioso del cerebro y, por el otro, el del tubo digestivo. Los nervios del cerebro regulan, por ejemplo, el esfínter entre esófago y estómago. Además, el cerebro influye en la formación de ácido. Los nervios del tubo digestivo se encargan de que el esófago se mueva hacia abajo formando una ola armónica y, por consiguiente, que los miles de tragos de saliva que realizamos al día estén siempre bien limpios.
Los consejos prácticos contra la acidez de estómago o los eructos se basan en reconducir ambos sistemas nerviosos por el camino correcto. Mascar chicle o beber té ayuda al tubo digestivo, ya que una gran cantidad de sorbos pequeños indican a los nervios la dirección correcta: hacia el estómago, no en sentido contrario. Las técnicas de relajación hacen que el cerebro envíe menos órdenes nerviosas apresuradas. En el mejor de los casos esto comporta que el músculo orbicular de la boca permanezca cerrado de forma permanente y se genere menos ácido.
Fumar ci*******os activa zonas del cerebro que también se estimulan al comer. Aunque nos hace sentir mejor, también producimos sin motivo real más ácido gástrico, distendiendo el músculo orbicular del esófago. Por este motivo, dejar de

fumar a menudo contribuye a que desaparezcan los eructos desagradables o la acidez de estómago.

Si dispusiéramos a cien personas, que en un instante van a vomitar, alineadas una junto a la otra, la imagen sería muy v...
20/09/2022

Si dispusiéramos a cien personas, que en un instante van a vomitar, alineadas una junto a la otra, la imagen sería muy variopinta. En ese momento la persona 14 está sentada en la montaña rusa y levanta las manos hacia arriba, la número 32 habla maravillas de la famosa ensalada de huevo, la número 77 agarra incrédula una prueba de embarazo y la número 100 está leyendo en un prospecto «puede provocar náuseas y vómitos».
El vómito no es un tropiezo. La acción de vomitar sigue un plan preciso. Es una obra maestra. Millones de pequeños receptores comprueban el contenido de nuestro estómago, analizan nuestra sangre y procesan imágenes que llegan del cerebro. Cada información individual se aglutina en la inmensa red de fibras formada por nervios y se envía al cerebro. El cerebro puede ponderar la información. Dependiendo del nivel de alarma emitido, se toma la decisión: vomitar o no vomitar. El cerebro lo notifica a determinados músculos, que se ponen manos a la obra.
Si radiografiáramos a esas mismas cien personas mientras vomitan, obtendríamos cien veces la misma imagen: el cerebro en alarma activa el área del cerebro correspondiente al malestar y sitúa los interruptores del organismo en posición de emergencia. Palidecemos, porque la sangre se retira de las mejillas para acudir a la tripa. Nuestra presión sanguínea se desploma y el latido cardíaco se ralentiza. Finalmente, llega la señal casi segura: la saliva. La boca la genera en grandes cantidades nada más el cerebro dé información sobre el estado actual de la situación. Su misión es proteger los preciados dientes del ácido gástrico.
En primer lugar, el estómago y el intestino se mueven formando pequeñas olas nerviosas, empujando su contenido, con un ligero pánico, en direcciones totalmente opuestas. Nosotros no podemos percibir esta marcha atrás, porque procede de la musculatura lisa involuntaria. No obstante, precisamente en ese instante, muchas personas notan de forma totalmente intuitiva que deberían buscar un recipiente donde vomitar.
Tener el estómago vacío no ayuda a no vomitar, puesto que el intestino delgado también puede vaciar su contenido hacia arriba. El estómago abre las compuertas especialmente para la ocasión, permitiendo que el contenido del intestino delgado retroceda. En un proyecto de tal magnitud, todas las partes implicadas colaboran. Si de repente el intestino delgado ejerce presión contra el estómago con su contenido, dicha presión puede estimular los nervios sensibles del estómago. A su vez, estos nervios envían señales al «centro del vómito» del cerebro. La cosa está clara: todo preparado para vomitar.

suena a una maravillosa actividad de ocio: deslizamiento f***l, el parapente del intestino grueso. El inventor de la vas...
20/09/2022

suena a una maravillosa actividad de ocio: deslizamiento f***l, el parapente del intestino grueso. El inventor de la vaselina, Robert Chesebrough, juraba a diario por una cuchara de vaselina. Comer vaselina debería tener un efecto similar a la ingesta de otros lubricantes grasos. Con una sobredosis de grasa no digerible recubren la mercancía que hay que transportar y ayudan a facilitar su evacuación. Robert Chesebrough llegó a la edad de 96 años, lo que no deja de ser sorprendente, puesto que la ingesta diaria de lubricantes grasos provoca la pérdida de demasiadas vitaminas liposolubles, ya que éstas también se recubren y transportan para su evacuación. Eso genera un déficit que provoca enfermedades, sobre todo, si se hace

con demasiada frecuencia y de manera excesiva. La vaselina no forma parte de los lubricantes f***les oficiales (y realmente no debería ingerirse), aunque los lubricantes f***les conocidos por todos como el aceite de parafina tampoco constituyen una solución convincente a largo plazo. Puede resultar útil como solución transitoria, por ejemplo, en el caso de pequeñas heridas molestas o hemorroides en el ano. En estos casos, incluso puede tener sentido asegurarse de que las defecaciones sean blandas para evitar dolores o desgarros en el ano. Para ello también son adecuadas las fibras alimentarias gelificantes de venta en las farmacias, que son bastante más digeribles y menos peligrosas.

Cuando los científicos investigan los sentimientos, lo primero que intentan hacer siempre es medir algo. Adjudican punto...
20/09/2022

Cuando los científicos investigan los sentimientos, lo primero que intentan hacer siempre es medir algo. Adjudican puntos en función de la tendencia al suicidio, miden los niveles hormonales cuando se trata del amor o prueban pastillas contra el miedo. Los profanos en la materia a menudo no lo consideran un enfoque especialmente romántico. En Fráncfort, por ejemplo, incluso se llevó a cabo un estudio en el que los investigadores realizaron costosos escáneres cerebrales mientras un estudiante en prácticas hacía cosquillas en los genitales con un cepillo de dientes a los voluntarios del estudio. Con experimentos de esta índole se puede detectar el área del cerebro en la que se reciben las señales de determinadas regiones del cuerpo, lo que ayuda a elaborar un mapa del cerebro.
De este modo, sabemos que las señales de los genitales se reciben en la parte superior central, justo debajo del hueso parietal. El miedo nace en el interior del cerebro, por decirlo de algún modo, entre ambas orejas. La formación de las palabras es responsabilidad de un área situada un poco por encima de la sien. Las consideraciones morales surgen detrás de la frente y así sucesivamente. Para comprender mejor la relación entre el intestino y el cerebro, deben recorrerse sus vías de comunicación, averiguar cómo llegan las señales del estómago a la cabeza y el impacto que pueden causar allí.

Es una explicación muy rápida que ayuda a entender muchas cosas. El intestino grueso tiene tres porciones: intestino gru...
20/09/2022

Es una explicación muy rápida que ayuda a entender muchas cosas. El intestino grueso tiene tres porciones: intestino grueso ascendente, transverso y descendente. Cuando vamos al baño, normalmente vaciamos la última porción. Esta porción no vuelve a llenarse hasta el día siguiente, y el ciclo comienza de nuevo. Si tomamos laxantes fuertes, quizás vaciemos todo el intestino grueso, es decir, sus tres porciones. Para que el intestino grueso vuelva a estar suficientemente lleno pueden pasar tranquilamente tres días.
Si no conocemos la regla de los tres días, nos pondremos nerviosos durante este período. ¿Aún no evacuo? ¿Ya van tres días? Y entonces, zas, nos llevamos a la boca otro comprimido o medicamento en polvo. Es un círculo vicioso innecesario. Después de tomar un laxante podemos darle un par de días de respiro al intestino. Solo volverá a contar el tiempo a partir del tercer día. Si estamos seguros de que somos un transportador lento, podemos prestarle una pequeña ayuda al cabo de dos días.

Los antibióticos matan con mucha eficacia a peligrosos agentes patógenos. Y a sus familias. Y a sus amigos. Y a sus cono...
20/09/2022

Los antibióticos matan con mucha eficacia a peligrosos agentes patógenos. Y a sus familias. Y a sus amigos. Y a sus conocidos. Y a lejanos conocidos de sus conocidos. Esto los convierte en la mejor arma contra bacterias peligrosas y la más peligrosa contra las mejores bacterias. ¿Quién produce la mayoría de los antibióticos? Las bacterias. ¿Cómo?
Los antibióticos son las armas con las que hongos y bacterias hostiles se combaten mutuamente.
Desde que los descubrieron los investigadores se realiza en las compañías farmacéuticas una cría masiva de bacterias. En unos contenedores enormes (de hasta 100 000 litros de capacidad) crece una cantidad tan inconcebible de bacterias que apenas se podría expresar en números. Las bacterias producen antibióticos, nosotros los esterilizamos y prensamos el material en forma de comprimidos. El producto ha tenido buena acogida sobre todo en Estados Unidos: en un estudio sobre el efecto de los antibióticos en la flora intestinal se observó que en toda la región de San Francisco y sus localidades circundantes solo dos personas no habían tomado ningún antibiótico en los últimos dos años. Uno de cada cuatro alemanes toma, por término medio, un antibiótico al año. El motivo principal son los «resfriados». A cualquier microbiólogo esta afirmación le produce un pinchazo en el corazón. Los resfriados son provocados a menudo no por bacterias, sino por virus. Los antibióticos funcionan

de tres modos distintos: acribillar bacterias, envenenarlas o convertirlas en estériles. Los virus simplemente no entran en el espectro de competencias de estos medicamentos.

La higiene es fascinante, ya que tiene lugar principalmente en la cabeza. Un bombón de menta sabe fresco, las ventanas l...
20/09/2022

La higiene es fascinante, ya que tiene lugar principalmente en la cabeza. Un bombón de menta sabe fresco, las ventanas limpias son claras y tumbarse recién duchado en una cama acabada de hacer es celestial. Nos gusta cómo huele lo limpio. Nos gusta pintar sobre superficies lisas y pulidas. Ante la idea de estar frente a un mundo invisible de gérmenes, estamos más tranquilos si utilizamos medios de desinfección.

Hace unos ciento treinta años se descubrió en Europa que el desencadenante de la tuberculosis eran las bacterias. Era la primera vez que las bacterias se presentaban ante la opinión pública y, ciertamente, irrumpieron como malas, peligrosas y ante todo invisibles. Pronto se introdujeron en Europa nuevas normativas: los enfermos fueron aislados para que no transmitiesen los gérmenes; se prohibieron los escupitajos en la escuela; un estrecho contacto físico pasó a estar mal visto y se tuvo que renunciar al «comunismo de la toalla». Además, se tuvieron que reducir los besos
«a lo eróticamente inevitable». Estas prescripciones pueden sonar graciosas, pero lo cierto es que han quedado profundamente ancladas en nuestra sociedad: escupir se ve desde entonces como algo grosero, las toallas o el cepillo de dientes no se comparten así como así y establecemos una distancia corporal entre nosotros mayor que en otras culturas.
Escapar de una enfermedad mortal por el hecho de dejar de escupir en el suelo de la escuela parecía algo distinguido. Fue una regla que se marcó en el cerebro a fuego lento. Se proscribía a aquel que no la respetaba y que con ello ponía a los demás en peligro. Ese respeto se enseñaba a los hijos y escupir pasó a tener mala prensa. Se elogiaba el cuidado de la higiene y los esfuerzos iban dirigidos al orden en una vida llena de caos. La compañía Henkel lo formuló así: «La suciedad es materia en el lugar equivocado».
Mientras que los grandes baños para el cuidado del cuerpo se habían reservado hasta entonces a los ricos, hacia principios del siglo XX los dermatólogos empezaron a fomentar el «¡todos a la bañera una vez por semana!». Entonces hubo campañas de salud por parte de las grandes empresas, que construyeron instalaciones sanitarias para sus trabajadores, además de distribuir jabón y toallas de forma gratuita. Hacia 1950 el baño semanal ya se había ido imponiendo con lentitud. La familia media tomaba un baño los sábados, eso sí, en la misma agua uno detrás de otro, y en muchas familias era el padre quien, después de una dura jornada de trabajo, era el primero en entrar en la bañera. En la higiene lo primero fue eliminar los malos olores y la mugre más visible. Con el tiempo la noción se fue haciendo más y más abstracta. En la actualidad simplemente ya no nos podemos imaginar una bañera familiar semanal. Hoy en día compramos incluso desinfectantes para limpiar algo que no podemos ni ver. El aspecto es el mismo antes que después y, no obstante, nos parece un dinero bien empleado.

Thor Heyerdahl era un hombre tranquilo con una visión clara. Observaba las corrientes marinas y los vientos, se interesa...
20/09/2022

Thor Heyerdahl era un hombre tranquilo con una visión clara. Observaba las corrientes marinas y los vientos, se interesaba por antiguos anzuelos o la ropa hecha de corteza. Todo eso le llevó al convencimiento de que Polinesia había sido poblada por navegantes de Sudamérica o el sudeste asiático. Su tesis era que podrían haber llegado hasta allí con balsas aprovechando las corrientes. En aquel entonces nadie dio crédito a que una simple balsa pudiera aguantar 8000 kilómetros en el Pacífico. Thor Heyerdhal no perdió el tiempo debatiendo durante horas con argumentos. Fue a Sudamérica, construyó una balsa como las antiguas con madera de los árboles, se llevó un par de cocos y piñas en lata, y emprendió el viaje hacia Polinesia. Cuatro meses más tarde pudo afirmar con toda seguridad: «¡Ajá! Es posible».
Treinta años más tarde otro científico inició una expedición igualmente excitante. Pero para ello no surcó los mares, sino que se encerró en un pequeño laboratorio con fluorescentes en el techo. Allí Barry Marshall agarró en su mano un recipiente con un poco de líquido, se lo colocó en la boca y engulló su contenido con valentía. Su colega John Warren le observaba curioso. A los pocos días, Barry Marshall contrajo una gastritis y afirmó henchido de orgullo: «¡Ajá! Es posible».
De nuevo, treinta años más tarde, científicos de Berlín e Irlanda relacionaron los campos de investigación de esos dos hombres tan distintos. El germen del estómago de Marshall debía proporcionar información sobre la primera colonización de Polinesia. En esa ocasión nadie navegó ni nadie ingirió nada. En esa ocasión se pidió a algunos indígenas del desierto y habitantes de las zonas de montaña de Nueva Guinea que cedieran un poco de contenido de sus estómagos.
Es una historia sobre la refutación de paradigmas, la pasión por la propia investigación, un ser diminuto con propulsor y un felino grande y hambriento.
La bacteria Helicobacter pylori habita en el estómago de media humanidad. Este dato es relativamente nuevo y primero fue motivo de mofa. ¿Por qué un ser vivo debería vivir en un lugar tan hostil? ¿En una cueva repleta de ácidos y enzimas desintegradoras? Helicobacter pylori no se deja impresionar por eso. Esta bacteria ha desarrollado dos estrategias para arreglárselas a las mil maravillas en este entorno inhóspito.
En primer lugar, uno de sus productos metabólicos es tan básico que puede neutralizar a los ácidos que se encuentran en sus inmediaciones. En segundo lugar, se desliza sencillamente debajo de la membrana mucosa, con la que la propia pared estomacal se protege de sus ácidos. Helicobacter puede hacer que esta membrana mucosa, que normalmente posee una consistencia gelatinosa, sea más líquida y, con ello, se pueda mover ágilmente por ella. Cuenta con largos flagelos de proteínas quehace revolotear como una hélice propulsora.

20/09/2022

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