28/09/2020
Volando en bandada de colibríes!!!
Inocencia
Me llevo bien con las niñas y niños de mi barrio. No hablan de política, su fe es espiritual, no religiosa, no juzgan ni tienen preconceptos. Las que yo frecuento son tranquilas, pintan, cantan y ríen. A veces me cuentan sus dolores y las consuelo y le digo algo lindo para acompañarlas a crecer.
Hoy quería salir a caminar. No encontraba amigas ni familiares disponibles, y se me ocurrió invitar a Rocío y Francesca, dos niñas púberes de mi vecindad hermosa.
Mientras íbamos por Chacabuco hacia la Bajada de la Cruz, conversábamos acerca del relieve de Entre Ríos y sus lomadas.
Ya en La Ribera, les desagradó el mal olor de las cloacas. Un detalle que arruina el paisaje, junto con la basura.
Pasado el caserío, con chanchos, gallos, gallinas y perros incluidos, llegamos a una zona bella, con arena dorada y fina, y bastante limpia.
Íbamos dispuestas a poner nuestro granito de arena, y sacamos las bolsas camiseta y empezamos a juntar vidrios, botellas y restos de plástico. En eso, me dice Rocío, jugando con el vítreo y dorado elemento: “—Emma, podemos llevar arena a casa?—“. Me enternecieron, “—Dale, vaciemos una bolsa y lleven arena---“. Nos descalzamos y metimos las patas en el agua. Estaban fascinadas. Las piedritas del Paraná atrajeron sus ojitos, y cambiaron el pasatiempo. De pronto, Francesca: “—Mirá, una co**ha de mar--“ y mostró una sencilla y diminuta co**ha del río. Era un tesoro. La búsqueda comenzó frenética, cada conchilla era un hallazgo celebrado con gritos y exclamaciones. Aprendieron a encontrarlas y trajeron un montón.
Ver flotar a los pequeños camalotes les encantó, tiramos con ganas un par que estaban en la costa para verlos irse. “--Parecen tiburones--”fue la comparación hallada.
La tarde se iba, fuimos prolongando el paseo de a diez minutos, hasta que llegamos al límite. Subimos a una canoíta costera y le hicimos nuestro homenaje al río cantándole: “—Por el Río Paraná, aguas arriba navego, el sol quema como fuego en el agua que se va—“mientras tomábamos agua de una petaquita sentadas en ronda.
Una quijada llamó la atención. “ –Será de tiburón?—“…mucha película, poca realidad fue mi observación. Quizas, mucha fantasía…
A la vuelta, dejamos dos bolsas de residuos juntados en un basurero, saludamos a Doña Delia con sus hijas y nos trajimos una caña de bambú que encontramos. Tantos tesoros en una tarde sola!!! Con un cachito de línea de plástico le hicimos riendas al caballo improvisado, hasta que se cansaron de jinetear la vara de caña.
Subieron por un caminito agreste y se sintieron escalando el Aconcagua ida y vuelta.
Cuando llegamos, fue tierno y dulce ver cómo le mostraban todos sus tesoros a la Abuela. Compartir es otro de los tesoros de la niñez.
Me pidieron permiso para venir a dibujar la experiencia de la tarde a casa, a menudo me visitan y hacemos actividades entretenidas y educadoras.
No me gusta que me llamen Emmita. Emmita es una niñita que la pasó muy mal en su infancia, aunque supo armarse su propio paraíso.
El nombre de mi niña interior es Emmavioleta Del Monte, y es esta niña sabia-mujer-tía comunitaria-madre-abuela reflexiva que soy a punto de cumplir mis 56 octubres sensibles y maduros.
La inocencia me sigue permeando como a mis amiguitas, y disfruto de un paseo sencillo sintiendo que con mi sensibilidad intacta, puedo jugar y cuidar de las que vienen detrás de mí, con la sabiduría en camino de madurar y las patas llenas de arena dorada.