Javier Pereyra Lic. Psicología -UBA-

Javier Pereyra Lic. Psicología -UBA- Atención individual y grupal. Una propuesta integral desde las contribuciones del psicoanálisis, la filosofía oriental y occidental.

Modalidad online y presencial.

La mayoría de las veces las personas adjudican al "saber" una posible solución a un problema sin percibir que, de lo que...
04/03/2026

La mayoría de las veces las personas adjudican al "saber" una posible solución a un problema sin percibir que, de lo que se trata en realidad, es de declinar una posición delegadora de las responsabilidades a asumir para comenzar a dar algún tratamiento a la problemática que les atañe.

Así se delega en la astrología, las fuerzas sobrenaturales, la mala suerte, la brujería, la biología, la edad, infinitas excusas que distraen de lo que uno debe ocuparse.

Aparecen por ello todo tipo de síntomas y las personas contraen un consumo problemático de conflictos, hablan de enfermedades y robos, parecen aferrarse con uñas y dientes a neurólogos, psiquiatras, especialistas, en fin, una calesita de médicos y tratamientos costosos que no dan resultado.

La mayoría de las veces dicen "ya no sé qué hacer" "ya probé de todo" pero no es cierto, nada de eso es cierto, lo que ocurre en verdad la mayoría de las veces es que saben lo que tienen que hacer pero no lo hacen, se niegan, ya sea separarse, dejar un trabajo, irse de una situación irreversible.

El problema no es de "saber" el problema radica en no ejecutar, en postergar un movimiento que el alma está pidiendo a gritos, pero aman sus vendas en los ojos y en verdad hay un terror de mirarse, de encontrarse, por eso huyen del silencio, se enojan con toda cosa que pueda confrontarlos con ellos mismos.

El enamoramiento de la ceguera y su negativa a abrir los ojos contituye sin dudas el verdadero problema.

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24/02/2026

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Llenas tu agenda. Respondes mensajes. Empiezas proyectos. Consumes información. Siempre hay algo pendiente, algo urgente, algo que resolver. Desde fuera parece productividad. Desde dentro… es ruido.

Porque cuando todo se detiene, algo emerge.

Una sensación difícil de nombrar. Una inquietud sin forma. Un vacío que no se llena con tareas. Y entonces vuelves a moverte, a distraerte, a llenar cada espacio libre. No por ambición. Por evasión.

Desde la profundidad del alma, el exceso de actividad puede ser una defensa refinada. El inconsciente sabe que, si el silencio se instala demasiado tiempo, saldrán preguntas que no quieres responder. ¿Estoy viviendo como deseo? ¿Soy feliz… o sólo funcional? ¿Qué parte de mí quedó relegada?

El síntoma no es el cansancio físico. Es la incapacidad de estar quieto sin sentir ansiedad.

Individuarse no es abandonar tus responsabilidades. Es atreverte a sentarte sin estímulo. A permitir que el silencio te diga lo que el ruido tapa. Porque en ese espacio incómodo… vive tu verdad no escuchada.

No temes al vacío.

Temes a lo que el vacío revelará.

Y sin embargo, sólo en ese silencio comienza el encuentro real contigo mismo.

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19/02/2026

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🚨 WINNICOTT DEMOSTRÓ QUE UNA MADRE PERFECTA PUEDE DAÑAR 🚨

Durante años se repitió lo mismo:
👉 “Una buena madre nunca falla.”
👉 “Hay que evitarle cualquier frustración al niño.”
👉 “Si llora, algo hiciste mal.”

Donald Winnicott dijo algo mucho más incómodo.

El desarrollo sano no necesita perfección.
Necesita fallas… pero tolerables.

Winnicott introdujo el concepto de la “madre suficientemente buena”. No perfecta. No impecable. Suficientemente buena.

¿Qué significa eso?

Que al inicio, el cuidador se adapta casi por completo a las necesidades del bebé. Pero poco a poco empieza a fallar de forma gradual y manejable.

Y ahí ocurre algo crucial.

El niño aprende que:
• la frustración no destruye
• la espera no es abandono
• la ausencia momentánea no es pérdida total

Desde el psicoanálisis, esas pequeñas fallas permiten que el niño construya un mundo interno propio. Si todo se satisface de inmediato, no hay espacio para tolerar deseo, espera ni realidad.

La idea incómoda es esta:
👉 La sobreprotección extrema puede impedir el crecimiento emocional.

No porque amar demasiado sea dañino.
Sino porque eliminar toda frustración impide que el yo se fortalezca.

Cuando no hay fallas graduales, el mundo real se vuelve intolerable más adelante.

Pero aquí está lo esperanzador:

No se trata de fallar brutalmente.
Se trata de fallar humanamente.

La seguridad no nace de la perfección.
Nace de saber que, aunque algo falle, el vínculo sigue ahí.

Winnicott no pidió padres ideales.
Pidió vínculos reales.

Y eso libera a muchos de una exigencia imposible.

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09/02/2026

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La posición del obsesivo es la de quedar fuera de juego, una posición que le permite mantenerse siempre a distancia de su verdadero deseo:

“El obsesivo es alguien que no está jamás verdaderamente allí donde está en juego algo que podría ser calificado como su deseo.
Allí donde arriesga el golpe, aparentemente, no es allí donde él está”, explicaba Lacan en su seminario VI.

Tal como canta , el obsesivo es un sujeto que vive sin mancharse:
“Como no opino no me equivoco,
y como metas yo no me trazo,
nunca supe lo que es un fracaso”.

En el obsesivo suele haber un Otro que no le permite vivir como quiere, o un Otro al que debe pedir permiso. Y así queda atrapado en la duda eterna.

Así lo dice Lacan: “Él reúne su equipaje, se olvida de él o lo pone en la consigna, pero se trata siempre de equipaje para un viaje que no hace nunca”.

🎨 Art:

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04/02/2026

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La dificultad para aceptar opiniones distintas no siempre se explica por falta de información o mala intención. En psicología cognitiva y social se asocia, en muchos casos, a dos rasgos bien estudiados: la rigidez cognitiva y la fusión entre identidad y creencias.

La rigidez cognitiva se refiere a una forma de pensamiento poco flexible, con dificultad para considerar perspectivas alternativas o integrar información que contradiga las propias ideas. Las creencias tienden a percibirse como correctas o incorrectas, sin matices, lo que reduce la tolerancia al desacuerdo.

A esto se suma la fusión identidad-creencia, un fenómeno en el que las opiniones dejan de ser ideas revisables y pasan a formar parte de la identidad personal. En estos casos, cuestionar una creencia no se vive como un intercambio intelectual, sino como una amenaza al propio yo. El desacuerdo se interpreta entonces como un ataque personal.

La combinación de ambos rasgos dificulta expresiones como “no me gusta, pero entiendo su valor” o “no estoy de acuerdo, pero respeto esa postura”. Aceptar otras opiniones implica poner en tensión una identidad construida en torno a determinadas creencias, lo que puede generar incomodidad psicológica.

Estos mecanismos pueden aparecer en distintos ámbitos y no están necesariamente vinculados al nivel educativo o la inteligencia, sino a cómo se procesa la incertidumbre y el desacuerdo.

Hay parámetros que hacen a la salud mental y que suelen no ser tenidos en cuenta. Desde Jung la propuesta es la integrac...
01/02/2026

Hay parámetros que hacen a la salud mental y que suelen no ser tenidos en cuenta. Desde Jung la propuesta es la integración de las sombras como un proceso saludable. Las sombras son rechazos del yo que buscan ser oidas.

Hay algunos territorios que conspiran a favor del proceso, son aquellos de vínculo más cercanos al inconsciente: el arte, los sueños y la sexualidad por nombrar a los más importantes, momentos de convivencia entre lo arcaico, lo carnal (materia) lo profundo y lo sutil.

Los seres humanos han construido una sociedad cada vez más literalizada (movimiento libidinal objetal, yoico de clave narcisista) construyendo una coraza con respecto a la expresión del mundo emocional en detrimiento del encuentro con sigo mismo movido desde una fuerza arrolladora: el rechazo, una fuerza de huida, aversiva temerosa del mirar con sinceridad hacia dentro.

En está clave podemos pensar: la mayoría de la población no tiene actividades artísticas, duerme mal y la sexualidad es cada vez más pobre (las justificaciones son pauperrimas). Esto contituye una vida neurótica y sufriente. No se le teme a la esclavitud se le teme a la libertad.

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24/01/2026

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Carl Gustav Jung decía que la sombra no es aquello que tememos, sino aquello que no quisimos ser para poder encajar. Y si hoy pudiera hablarte sin filtros, no vendría con amenazas. Vendría con una verdad incómoda.

“No me enterraste por maldad”, diría la sombra. “Me enterraste por necesidad”.
Porque hubo un momento —siempre lo hay— en el que ser auténtico era peligroso. Mostrar rabia era perder amor. Mostrar deseo era perder pertenencia. Mostrar tristeza era ser débil. Así que aprendiste a sonreír, a cumplir, a callar. Y yo me quedé atrás, esperando.

La sombra no guarda solo lo oscuro. Guarda lo vivo. La risa que no encajaba. El impulso creativo que no era rentable. El límite que no supiste poner. Por eso aparece cuando menos la invitas: en tus reacciones, en tus sueños, en las personas que te irritan sin razón. No viene a sabotearte. Viene a recordarte.

Jung observó que cuanto más moral es una conciencia, más densa se vuelve la sombra. No porque seas malo, sino porque te esforzaste demasiado en ser correcto. La psique no soporta la unilateralidad. Siempre busca compensar. Si te vuelves solo luz, la oscuridad se vuelve destino.

La sombra habla cuando juzgas con dureza. Cuando te sorprendes repitiendo conductas que prometiste no volver a hacer. Cuando te atrae aquello que dices despreciar. No te está traicionando. Te está mostrando dónde te abandonaste.

Integrar la sombra no es actuarla, es escucharla sin obedecerla. Darle lenguaje para que no necesite gritar. Darle símbolo para que no necesite síntoma. Cuando la conciencia se sienta a dialogar, la sombra deja de gobernar desde la trastienda.

Hay un punto del camino en el que la pregunta ya no es “¿qué hago mal?”, sino “¿qué parte de mí sigue esperando permiso?”. Ese permiso no lo da el mundo. Lo das tú, cuando aceptas que la totalidad incluye contradicción.

La sombra no quiere destruir tu vida.
Quiere devolverte a ella.

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23/01/2026

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El goce del id**ta 😝
Jacques Lacan, psiquiatra y psicoanalista francés del siglo XX, se propuso releer a Freud para llegar hasta el hueso de la teoría Freudiana. Su obra, reunida en Escritos y en sus extensos Seminarios, no busca explicar al sujeto moderno, sino desarmarlo. Entre el Seminario XI (Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis) y el Seminario XX (Aún), Lacan deja en claro una idea central, el ser humano no se gobierna por la razón, sino por el lenguaje y por aquello que en el lenguaje no logra decirse.
El inconsciente, sostiene Lacan, está estructurado como un lenguaje. No pensamos primero y hablamos después, hablamos, y en ese hablar se nos escapa lo que somos. Para pensar esta estructura, Lacan introduce tres registros que no son conceptos abstractos, sino modos de estar en el mundo: LO IMAGINARIO, LO SIMBÓLICO Y LO REAL.
LO IMAGINARIO es el dominio de la imagen y del yo. Allí nace la ilusión de unidad, la ficción de identidad, el reflejo que devuelve el espejo y al que el sujeto se aferra para decir “soy esto”.
LO SIMBÓLICO es el orden de la palabra, de la ley, de los nombres, del límite. Es lo que introduce la falta, lo que corta la fusión y permite el deseo.
LO REAL, en cambio, no se deja atrapar. Es lo que no puede decirse, lo que irrumpe como exceso, como trauma, como resto que no encuentra forma.
El sujeto vive sostenido en la tensión entre estos tres registros. Cuando uno se impone sin mediación, aparece el sufrimiento. Y es en ese punto donde Lacan introduce una noción decisiva: EL GOCE.
El goce no es placer ni bienestar. El placer descansa, el goce insiste. El placer se regula, el goce desborda. El goce se sitúa más cerca de lo Real que de la satisfacción. Es aquello que se repite incluso cuando daña, cuando agota, cuando encierra. En Aún, Lacan muestra que el goce no busca armonía, sino permanencia.
Desde allí emerge la figura del id**ta. El id**ta, en Lacan, no es el necio. Es el heredero del idiótēs griego, el que vive en lo privado, el que no entra en el lazo, el que se basta a sí mismo. El que no quiere saber nada del Otro. El goce del id**ta es un goce cerrado, solitario, sin palabra, sin pregunta. Un goce que no pasa por lo simbólico y queda pegado a lo Real.
Este goce se manifiesta cuando el sujeto se aferra a su síntoma como si fuera una patria.
Cuando el sufrimiento deja de ser algo que ocurre y pasa a ser algo que define.
Cuando la repetición se justifica con frases simples y definitivas: “yo soy así”, “siempre fue igual”, “no hay nada que hacer”. No hay ahí búsqueda ni espera, hay fijación.
El goce del id**ta no construye vínculo. El otro no es encuentro, sino obstáculo o instrumento. No hay diálogo, solo eco. No hay escucha, solo reafirmación. El sujeto gira en círculos, sostenido por una satisfacción muda que no necesita explicación.
Lacan es preciso en este punto, mientras el goce permanezca intacto, no hay análisis posible. El análisis comienza cuando algo de ese goce se fisura, cuando deja de sostener al sujeto con la misma consistencia, cuando aparece una grieta por donde se cuela la palabra.
Y ahí el trabajo analítico no apunta a suprimir el goce, sino a hacerlo pasar por el lenguaje. Nombrarlo. Bordearlo. Permitir que pierda pureza. Cuando el goce se dice, ya no es absoluto. Cuando se pone en juego en la palabra, deja de gobernar en silencio.
En ese movimiento aparece el deseo. No como promesa de plenitud, sino como apertura. El deseo nace allí donde el sujeto acepta la falta, donde deja de confundirse con su herida, donde renuncia a la comodidad del encierro.
El goce del id**ta no es una excepción clínica, es una tentación permanente. Refugiarse en lo conocido, aunque duela. Defender la repetición como destino. Confundir fidelidad con estancamiento.
Y salir de ahí no es épico. Es un gesto mínimo y decisivo, permitir que la palabra haga lazo, aceptar que no todo se entiende, renunciar a g***r de aquello que clausura la vida.
Ahí, recién ahí, el sujeto empieza a moverse.

Julio César Cháves /psicoanalista

https://www.facebook.com/share/1E4kiayEw1/
23/01/2026

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Hay un momento en la vida psíquica en que todo se aquieta. Las voces del mundo se alejan, los vínculos se distancian, los viejos placeres pierden sabor. Uno ya no encuentra consuelo en lo habitual, pero aún no ha descubierto lo nuevo. Ese momento, extraño y profundo, se llama soledad arquetípica.

No es la soledad banal del aislamiento social o del narcisismo ofendido. Es una soledad sagrada, que marca el inicio de un tránsito interior. El alma, en su sabiduría, llama al retiro. No para castigarnos, sino para prepararnos. Porque todo gran nacimiento psíquico requiere gestación en la oscuridad.

La soledad permite el silencio. Y el silencio, permite el símbolo. Cuando cesa el ruido del mundo, emergen las imágenes del inconsciente: los sueños se intensifican, la sombra se hace visible, el ánima o el ánimus comienzan a susurrar. El ego, despojado de sus roles, se ve obligado a enfrentarse a su desnudez.

Muchos temen este vacío. Lo llenan con estímulos, con pantallas, con vínculos superficiales. Pero quien resiste el impulso de huir, y se queda, y escucha, y observa, descubre la riqueza interior. Allí, en ese exilio silencioso, el alma comienza a hablar con su voz original.

Todo iniciado, en toda tradición espiritual, ha pasado por la soledad: el desierto, la caverna, la montaña, el bosque. No para escapar del mundo, sino para poder regresar con un alma más íntegra. La soledad no es el final del camino; es su centro sagrado.

Aceptar la soledad es aceptar la cita con uno mismo. Y sólo quien ha sabido estar verdaderamente solo, puede luego amar sin necesidad, crear sin vanidad, servir sin vaciarse.

La soledad es el altar donde el alma se encuentra con lo eterno en sí misma.
No la evites. Habítala. Escúchala. Deja que te transforme.

Esta es la ventana del consultorio.  Ambas personas encontradas en este sitio crecen mutuamente, el terapeuta sigue apre...
23/01/2026

Esta es la ventana del consultorio. Ambas personas encontradas en este sitio crecen mutuamente, el terapeuta sigue aprendiendo a escuchar mientras que el consultante a hablar.
Winnicott es uno de los que reflexiona sobre ese vínculo. Uno de sus libros lleva la siguiente dedicatoria: "Gracias a mis pacientes que me pagaron por enseñarme".

https://www.facebook.com/share/1DzdZzVA5v/
21/01/2026

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El psicoanálisis lacaniano se orienta a desmontar la ilusión de completud y las exigencias absolutas que se sostienen en el amor y el deseo. A través de la asociación libre emergen los significantes amo inconscientes que nos determinan; y es en la interpretación, al mostrar la inestabilidad propia del lenguaje, donde se hacen visibles las contradicciones de tales mandatos.

De este modo se produce un ejercicio de desapego y sustracción frente a los discursos, un salto hacia el vacío operativo como operación subjetiva que abre la posibilidad de vivir una vida más gozosa.

Roberto Reyes

Dirección

Luján
6700

Página web

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