23/01/2026
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El goce del id**ta 😝
Jacques Lacan, psiquiatra y psicoanalista francés del siglo XX, se propuso releer a Freud para llegar hasta el hueso de la teoría Freudiana. Su obra, reunida en Escritos y en sus extensos Seminarios, no busca explicar al sujeto moderno, sino desarmarlo. Entre el Seminario XI (Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis) y el Seminario XX (Aún), Lacan deja en claro una idea central, el ser humano no se gobierna por la razón, sino por el lenguaje y por aquello que en el lenguaje no logra decirse.
El inconsciente, sostiene Lacan, está estructurado como un lenguaje. No pensamos primero y hablamos después, hablamos, y en ese hablar se nos escapa lo que somos. Para pensar esta estructura, Lacan introduce tres registros que no son conceptos abstractos, sino modos de estar en el mundo: LO IMAGINARIO, LO SIMBÓLICO Y LO REAL.
LO IMAGINARIO es el dominio de la imagen y del yo. Allí nace la ilusión de unidad, la ficción de identidad, el reflejo que devuelve el espejo y al que el sujeto se aferra para decir “soy esto”.
LO SIMBÓLICO es el orden de la palabra, de la ley, de los nombres, del límite. Es lo que introduce la falta, lo que corta la fusión y permite el deseo.
LO REAL, en cambio, no se deja atrapar. Es lo que no puede decirse, lo que irrumpe como exceso, como trauma, como resto que no encuentra forma.
El sujeto vive sostenido en la tensión entre estos tres registros. Cuando uno se impone sin mediación, aparece el sufrimiento. Y es en ese punto donde Lacan introduce una noción decisiva: EL GOCE.
El goce no es placer ni bienestar. El placer descansa, el goce insiste. El placer se regula, el goce desborda. El goce se sitúa más cerca de lo Real que de la satisfacción. Es aquello que se repite incluso cuando daña, cuando agota, cuando encierra. En Aún, Lacan muestra que el goce no busca armonía, sino permanencia.
Desde allí emerge la figura del id**ta. El id**ta, en Lacan, no es el necio. Es el heredero del idiótēs griego, el que vive en lo privado, el que no entra en el lazo, el que se basta a sí mismo. El que no quiere saber nada del Otro. El goce del id**ta es un goce cerrado, solitario, sin palabra, sin pregunta. Un goce que no pasa por lo simbólico y queda pegado a lo Real.
Este goce se manifiesta cuando el sujeto se aferra a su síntoma como si fuera una patria.
Cuando el sufrimiento deja de ser algo que ocurre y pasa a ser algo que define.
Cuando la repetición se justifica con frases simples y definitivas: “yo soy así”, “siempre fue igual”, “no hay nada que hacer”. No hay ahí búsqueda ni espera, hay fijación.
El goce del id**ta no construye vínculo. El otro no es encuentro, sino obstáculo o instrumento. No hay diálogo, solo eco. No hay escucha, solo reafirmación. El sujeto gira en círculos, sostenido por una satisfacción muda que no necesita explicación.
Lacan es preciso en este punto, mientras el goce permanezca intacto, no hay análisis posible. El análisis comienza cuando algo de ese goce se fisura, cuando deja de sostener al sujeto con la misma consistencia, cuando aparece una grieta por donde se cuela la palabra.
Y ahí el trabajo analítico no apunta a suprimir el goce, sino a hacerlo pasar por el lenguaje. Nombrarlo. Bordearlo. Permitir que pierda pureza. Cuando el goce se dice, ya no es absoluto. Cuando se pone en juego en la palabra, deja de gobernar en silencio.
En ese movimiento aparece el deseo. No como promesa de plenitud, sino como apertura. El deseo nace allí donde el sujeto acepta la falta, donde deja de confundirse con su herida, donde renuncia a la comodidad del encierro.
El goce del id**ta no es una excepción clínica, es una tentación permanente. Refugiarse en lo conocido, aunque duela. Defender la repetición como destino. Confundir fidelidad con estancamiento.
Y salir de ahí no es épico. Es un gesto mínimo y decisivo, permitir que la palabra haga lazo, aceptar que no todo se entiende, renunciar a g***r de aquello que clausura la vida.
Ahí, recién ahí, el sujeto empieza a moverse.
Julio César Cháves /psicoanalista