16/12/2025
Reflexión:
“El adicto quiere una infancia infinita”
Hay una frase que, cuando la dices en voz alta, tambalea todo lo que solemos creer sobre la adicción: muchos adictos no buscan solo placer; buscan regresar a un lugar donde nada les exigía. Quieren una infancia que no termine: sin responsabilidades, sin dolor profundo, sin esperar ni hacerse cargo.
La infancia ofrece algo que la vida adulta no siempre regala: inmediatez, consuelo sin condiciones, perdón sin cuentas que pagar. Para alguien con heridas tempranas, esa experiencia no fue completa. Entonces la sustancia, la conducta o la compulsión llegan como una promesa: “aquí no tienes que crecer”. Y así nace la ilusión de la infancia infinita.
No es que no quiera ser adulto; es que tiene miedo de no soportarlo.
Desde una mirada psicoanalítica —sin palabras técnicas— esto tiene sentido: cuando un niño interior no fue respondido, cuando los límites fueron ausentes o las caricias fueron sustituidas por abandono, el sujeto aprende a sobrevivir en una versión reducida de sí mismo. La droga o la conducta permiten volver a esa versión: menos exigida, más protegida, menos consciente. Pero ese refugio es falso: calma hoy, destruye mañana.
En consulta veo escenas cotidianas que lo confirman: un hombre de 40 que llama a su madre para que le limpie problemas que él mismo provocó; una mujer que liga su autoestima a que alguien la cuide sin pedir nada a cambio; un joven que busca en la noche y en la sustancia el abrazo que nunca tuvo por las mañanas. No es pereza ni terquedad: es una estrategia de supervivencia instaurada desde la más temprana experiencia relacional.
La infancia infinita no es descanso: es estancamiento.
La cuestión no es culpabilizar a la persona ni a la madre. Muchas veces las familias hicieron lo que pudieron. Lo que ocurre es que, sin darse cuenta, mantuvieron un modo de relación que protege la dependencia. El adicto pide una infancia que el mundo adulto no le dio —y cuando la recibe en forma de consuelos químicos o rescates constantes, aprende a no arrancar el vendaje.
Entonces, ¿qué hacer? La respuesta es dura pero esperanzadora: ofrecer otra forma de infancia. No una repetición de lo que faltó