13/04/2026
M. llega a la consulta a partir de reiterados momentos de distracción en el aula: intervenciones de la docente, llamados a su mamá, tareas incompletas y olvidos que empiezan a tomar consistencia.
En la escena lúdica, el bingo se presenta como algo más que un juego. Introduce una regla, una espera, una temporalidad: hay que escuchar, ubicar, marcar. ¿Un poco difícil cierto?
Sin embargo algo del orden de la atención comienza a ponerse en juego ¿pero cómo?
Antes de girar y sacar un número, M. inventa un “hechizo”:
“Abracadabra, por todos los personajes del Minecraft Fornite y Mr Beast que el bingo me dé el número que quiero” y ¿pueden creer que salió su número? El 67
Con un poco de suerte, esta invención abre una vía. Allí donde había dispersión, aparece un interés sostenido. El juego deja de ser azar puro para implicarlo subjetivamente: ya no es solo lo que sale, sino lo que él espera, desea, anticipa.
En ese movimiento, algo se transforma.
La atención ya no es impuesta desde afuera, sino que se construye en la escena misma del juego.
Su responsabilidad comienza a tejerse…
Porque cuando algo de sí mismo entra en juego,
ya no se trata solo de prestar atención,
sino de poder hacer algo con lo que le pasa.