13/01/2026
Y entonces hoy:
eliges personas indisponibles,
o eres tú quien necesita una puerta de escape,
o cuando la relación se vuelve estable algo dentro se inquieta.
No por falta de amor.
Sino por culpa inconsciente.
Muchos hombres y mujeres no son infieles porque no amen.
Son infieles porque no saben quedarse.
Porque quedarse implica:
romper pactos invisibles,
dejar de repetir historias,
atreverse a algo que el sistema nunca tuvo.
En muchos árboles hubo:
hombres emocionalmente ausentes,
mujeres que compartieron a la pareja y lo llamaron amor,
silencios largos, secretos, vergüenzas, resignación,
personas que aprendieron que amar es aguantar.
Desde esta mirada, el “tercero” no siempre es una persona.
Puede ser el trabajo excesivo, las adicciones, el teléfono, las fantasías, el silencio, la distancia emocional.
Todo lo que evita la intimidad real.
Porque la intimidad exige presencia.
Y la presencia rompe patrones.
Sanar no es vigilar al otro.
Sanar no es controlar.
Sanar es mirar la historia que se está repitiendo y decidir no continuarla.
La pregunta no es:
¿Por qué me fue infiel?
La pregunta verdadera es:
¿Qué historia familiar estoy intentando reparar a través de esta relación?
Cuando eso se ve, el patrón empieza a perder fuerza.