11/10/2025
Transmutar el dolor en lucidez
El dolor no pide permiso ni llega con presentación. Llega como un temblor imprevisto, como una nota discordante que atraviesa la melodía cotidiana, y sin embargo, paradójicamente, se ofrece como el material más honesto para la alquimia del alma. Desde esta mirada —esa mezcla de práctica, símbolo y ética que guardo con reverencia— el dolor no es un enemigo a enterrar ni una falla personal que corregir con urgencia moral; es una señal, un mensajero que trae información sobre aquello que está herido, escondido o sin voz. Aprender a recibir ese mensajero con dignidad es la primera transmutación: pasar de la reacción automática a la escucha atenta.
Reconocer el dolor es más que nombrar la emoción; es permitir que su presencia se asiente sin fuga. Muchas veces nos habituamos a minimizarlo: “no pasa nada”, “ya se me va a pasar”, “no es para tanto”. Esas frases, aunque nacen del deseo de alivio, actúan como anestesia que impide el trabajo profundo. La primera forma de alquimia es, justamente, quitar esa anestesia con ternura. Mirar lo que duele con honestidad nos devuelve un mapa. ¿Dónde vive el dolor en el cuerpo? ¿qué pensamientos lo acompañan? ¿qué recuerdos afloran? Preguntas como esas no son frías: son instrumentos de precisión. Nombrarlo con palabras concretas —“esto es rabia por la traición”, “esto es tristeza por la pérdida”— convierte la nebulosa en contorno. Y desde esa contención empieza la posibilidad de transformar.
Reconocer que algo existe y que merece ser atendido. Existen nombres que curan y nombres que castigan. “Soy un fracaso” es un nombre que hunde; “he sufrido una derrota y eso me duele” es un nombre que posibilita movimiento. La diferencia está en la honestidad sin humillación. Solo te pido que la honestidad sea siempre compasiva: ver la herida sin glorificarla, sin usarla como marca identitaria..