11/11/2025
(8 de noviembre de 2025)
Lola tenía 11 años y era una perra muy especial.
Ella no hacía piruetas, no me traía el diario ni las pantuflas a la cama,
y ni siquiera me devolvía la pelotita que le arrojaba para jugar.
Lola era egoísta y se la quedaba, sin compartirla con su manada: Pupi y Umma.
Lola era jefa de grupo, aunque con los años fue aguantando
que las otras, con más energía, se le adelantaran en los paseos,
así como en la salida al patio.
Lola era especial, pero no poseía ningún atributo que mis vecinos pudieran envidiar:
no era de raza, su pelo era medio ralo y sus patitas delanteras marcaban las “10 y 10”.
Lola era tranquila y pachorrienta,
y en pleno verano le gustaba tenderse al sol,
zambullirse en la fuente del Parque Norte
y darse un baño con agua de lluvia.
Amaba los charcos y, más aún, los besos y las caricias.
Le encantaba que la hiciéramos “upa”, por más que pesara 30 kilos,
y ya en los últimos tiempos se tiraba panza arriba como una bebé,
demostrando confianza y ternura.
Lola tenía los ojitos algo saltones
y, para bañarla, tenía que correrla por la casa.
Lola era amorosa, tierna, real, simple;
su pata siempre dispuesta a la caricia,
y su hocico sonreía cada vez que le devolvía ternura.
Lola fue una perra, y mi hogar fue más cálido por ella,
más divertido y lleno de pelos que a veces detestaba,
pero que terminé aceptando,
como acepto los pétalos de la Santa Rita.
Lola era la jefa de manada y dueña de un lugar muy especial en mi vida.
Ayer se fue.
Se subió a una temprana y tranquila siesta el sábado 8 de noviembre,
cerca de las dos de la tarde.
Se fue y nos dejó el eco de su amor,
y este hogar que es, también por ella, refugio y paz.
Hoy estoy triste, pero agradecida,
porque tuve su leal compañía sin un solo reclamo durante más de una década.
Le di lo que pude, desde mi limitada humanidad.
Gracias, dulce e inmensa Lola.
(Hari, con amor y gratitud)