25/01/2026
Confianza
Vivimos un tiempo de desorientación profunda. No hace falta invocar conspiraciones: alcanza con mirar el estado del lazo social. La confianza —ese regulador invisible— está en mínimos históricos.
Cuando el sustrato subjetivo es frágil, confiar en el otro deja de ser una opción posible. No por maldad, sino por debilidad psíquica. El otro ya no es semejante: se vuelve amenaza. Cualquier gesto puede vivirse como daño potencial. Ahí aparece la paranoia, no como ideología, sino como defensa primaria, arcaica, casi infantil.
Durante décadas, la socialdemocracia de posguerra ofreció algo básico: previsibilidad simbólica. Instituciones, tiempos largos, relatos compartidos, cierta idea de futuro. Todo eso se fue deshilachando. Hoy un paradigma cae mientras otro se acelera a una velocidad que la subjetividad humana —sobre todo la más frágil— no logra metabolizar.
Las nuevas tecnologías no inventan esta crisis, pero la aceleran. Exposición permanente, comparación constante, exigencia de respuesta inmediata. Sin marco simbólico sólido, el sujeto entra en modo supervivencia. Y en ese modo no hay confianza: hay control, sospecha, bronca, automatismo.
Lo más grave es que esta defensa termina destruyendo a quien la sostiene. Vivir desconfiando es un trabajo de tiempo completo. No queda resto para el deseo, el vínculo, el riesgo mínimo que hace a una vida vivible.
La falta de confianza no rompe primero la sociedad: rompe primero al sujeto.
Pensar esto un sábado a las diez de la noche no es síntoma.
Síntoma es no pensarlo nunca y actuarlo todo el tiempo.