Neurociencias y Salud Mental

Neurociencias y Salud Mental Las afecciones mentales tienen tratamientos científicos con amplio reconocimiento en la corporació

26/01/2026
ConfianzaVivimos un tiempo de desorientación profunda. No hace falta invocar conspiraciones: alcanza con mirar el estado...
25/01/2026

Confianza

Vivimos un tiempo de desorientación profunda. No hace falta invocar conspiraciones: alcanza con mirar el estado del lazo social. La confianza —ese regulador invisible— está en mínimos históricos.

Cuando el sustrato subjetivo es frágil, confiar en el otro deja de ser una opción posible. No por maldad, sino por debilidad psíquica. El otro ya no es semejante: se vuelve amenaza. Cualquier gesto puede vivirse como daño potencial. Ahí aparece la paranoia, no como ideología, sino como defensa primaria, arcaica, casi infantil.

Durante décadas, la socialdemocracia de posguerra ofreció algo básico: previsibilidad simbólica. Instituciones, tiempos largos, relatos compartidos, cierta idea de futuro. Todo eso se fue deshilachando. Hoy un paradigma cae mientras otro se acelera a una velocidad que la subjetividad humana —sobre todo la más frágil— no logra metabolizar.

Las nuevas tecnologías no inventan esta crisis, pero la aceleran. Exposición permanente, comparación constante, exigencia de respuesta inmediata. Sin marco simbólico sólido, el sujeto entra en modo supervivencia. Y en ese modo no hay confianza: hay control, sospecha, bronca, automatismo.

Lo más grave es que esta defensa termina destruyendo a quien la sostiene. Vivir desconfiando es un trabajo de tiempo completo. No queda resto para el deseo, el vínculo, el riesgo mínimo que hace a una vida vivible.

La falta de confianza no rompe primero la sociedad: rompe primero al sujeto.

Pensar esto un sábado a las diez de la noche no es síntoma.
Síntoma es no pensarlo nunca y actuarlo todo el tiempo.

En estos años trabajé dentro de dispositivos públicos de salud mental profundamente precarizados.No solo por falta de re...
23/01/2026

En estos años trabajé dentro de dispositivos públicos de salud mental profundamente precarizados.
No solo por falta de recursos —que ya es grave— sino por algo más silencioso: la degradación institucional, la mediocridad elevada a norma y la intolerancia hacia quien intenta trabajar con rigor, ética y compromiso real.

La salud mental pública hoy, en muchos lugares, es casi un simulacro.
Mucho discurso, poco cuidado.
Mucho “equipo”, poca responsabilidad.
Y cuando alguien intenta hacer bien su trabajo, incomoda. Y a veces es expulsado.

He recibido violencia institucional. No individual: institucional.
Eso duele de una manera particular. No se cierra fácil.
Y no quiero que se cierre del todo: prefiero que quede como aprendizaje, como marca de lucidez.

Hoy estoy más lejos de esos espacios.
Mi trabajo liberal me dio alivio, autonomía y fortaleza subjetiva.
No como huida, sino como elección.

No escribo esto desde el resentimiento.
Lo escribo desde la experiencia.
Y desde la convicción de que la salud mental merece algo mucho mejor que lo que muchas instituciones hoy ofrecen.

Mondongo en el Castagnino
23/01/2026

Mondongo en el Castagnino

Verano porteño. Sameer Makarius, 1959.
22/01/2026

Verano porteño. Sameer Makarius, 1959.

22/01/2026

🧠 Sueño, guerra y deseoSoñé una guerra que no era mía.No había obligación legal, pero sí una presión moral pesada, casi ...
19/01/2026

🧠 Sueño, guerra y deseo

Soñé una guerra que no era mía.
No había obligación legal, pero sí una presión moral pesada, casi invisible:
“lo correcto sería ir”.
Y ahí empieza todo.

El gobierno era norteamericano.
Clima épico. Fanatismo intacto.
Yo pensaba algo poco heroico:
¿ir a morir por nada?
No me interesaba ese mundo.
Tenía —tengo— uno mucho más lindo.

Aparece un general.
No grita ni amenaza: impone por presencia.
El miedo no viene de la violencia,
sino de que decir que no no es lo esperado.
La presión no es física: es simbólica.

Surge Vietnam.
No como dato histórico, sino como memoria del delirio:
el ejército “invencible”, el na**lm, la selva, la derrota.
El sueño recuerda algo que el poder suele olvidar:
no existe omnipotencia que no caiga.

Estoy yendo… pero me escapo.
La escena es un hotel-casino tipo Las Vegas:
luces, exceso, sinsentido.
Lugar perfecto para decir:
esto no es lo mío.

Y suena Fito Páez.
En castellano.
En una película yanqui.
Mi lengua y mi sensibilidad forzadas en un relato ajeno.
No me adapto al guion: lo intervengo.

Más adelante, el general reaparece.
Está viejo. Está ciego.
La guerra lo dejó sin vista.
Ya no castiga.
Dice casi sin autoridad:
“Si no quisieron ir, no vayan.”
El poder se desinfla sin estruendo.

Luego, un giro inquietante:
el general se casa con mi madre.
Ella piensa en seguridad, jubilación, herencia.
Nosotros —los hijos— hacemos de principio de realidad:
80 años, 32 herederos.
¿Eso es protección o sometimiento tardío?

El final ocurre en un altillo.
Dos ladrones “armados”.
Los desarmo.
No tenían armas.
No los castigo.

Les hablo del deseo ajeno.
De una casa hecha con ganas, con amor, con proyecto.
Porque robar no es solo llevarse cosas:
es invadir el deseo de otro.

El sueño termina bien.
No ir a guerras que no son propias.
No sostener ficciones de poder.
Elegir el propio mundo, aunque dé miedo.

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