31/01/2026
No me fui de mi esposo porque me engañó. Me fui porque se quedó viendo el partido del domingo por la noche mientras mi perro convulsionaba en la sala, y todavía tuvo el descaro de decirme: “Debiste recordármelo más fuerte”.
Yo no estoy divorciándome de un monstruo. Me estoy separando del “buen tipo” que nunca grita, que saluda a todos, que parece correcto… pero que lleva veinte años viviendo como si su vida fuera un favor que me hace.
Me llamo Mariela, tengo 52 años, y afuera la gente cree que mi esposo, Arturo, es un premio. Es el vecino que ayuda a empujar el coche cuando no prende, el que prende el asador en las reuniones familiares, el que le cede el paso a la señora en la fila del mercado. No se emborracha, no se mete en pleitos, y siempre sonríe.
Mi madre —que en paz descanse— me habría dicho que estoy loca. “Mariela, es trabajador”, habría dicho. “Así son los hombres. Sí quiere al perro.”
Pero esa noche aprendí una verdad dura, con los ojos rojos, sentada en una sala de espera de veterinaria iluminada con tubos blancos, a las dos de la madrugada: querer no es subir fotos bonitas. Querer es acordarse de lo que mantiene con vida a alguien.
Y ese “alguien” se llama Chispa.
Chispa no es perro de exposición. Es un mestizo color miel, con el hocico ya canoso y las orejas disparejas, que adoptamos del albergue municipal hace ocho años, justo cuando el menor se fue a estudiar y la casa se quedó demasiado callada. Chispa tiene la cadera mal, un corazón enorme… y epilepsia. Para no convulsionar, necesita una pastillita blanca todos los días a las siete de la tarde.
No a las ocho. No “cuando acabe el partido”. A las siete.
Durante años yo he sido el motor silencioso de esta casa. Yo sé cuándo se paga el predial, cuándo vence la luz, dónde guardamos la copia de la llave, qué papel le pidieron a mi hijo en la escuela cuando era niño, cuál medicamento le cae mal a Chispa, y qué señora del consultorio se pone nerviosa si esperas demasiado.
Arturo “ayuda”.
Si le pongo la bolsa de basura en la mano, la saca. Si le escribo una lista, compra lo que dice la lista. Si le marco con plumón rojo la fecha en el calendario, entonces “se acuerda”. No decide: ejecuta. Yo cargo con lo invisible. Yo soy la que piensa por los dos.
El domingo pasado fue el quiebre.
Trabajo como enfermera de turno en un hospital público. Es pesado, de esos turnos donde no te sientas ni a tomar agua, donde la gente llega con miedo en la cara y tú tienes que ser calma con las manos temblando. Esa tarde-noche, urgencias estaba lleno, y yo no podía salir.
A las cinco y media le llamé a Arturo.
—Amor, estoy atorada. No voy a llegar a cenar —le dije, apretando el teléfono entre el hombro y la oreja mientras cambiaba guantes—. Hay comida en el refri. Pero escúchame bien, esto es lo importante: Chispa tiene que tomar su pastilla a las siete. Está en el pastillero azul, arriba de la barra. Pon una alarma ahorita.
—Ya quedó, Mari —me contestó alegre. De fondo se oía el volumen de la televisión y voces emocionadas—. No te preocupes. Yo me encargo. Te quiero.
A las seis cuarenta y cinco le mandé un mensaje: “Recuerda: pastilla de Chispa en 15 min. Por favor confirma.”
Me respondió con un pulgar arriba. 👍
Ese pulgar fue como un sello: “Tranquila, ya.”
A las nueve y media, cuando por fin llegué a la casa, la sentí rara desde la puerta. A esa hora Chispa siempre está ahí, arrastrando un poco la pata, pero moviendo la cola como si yo fuera una fiesta. Esa noche no. Ni pasos. Ni uñas en el piso. Ni su resoplido conocido.
Caminé hacia la sala y vi a Arturo dormido en su sillón, con la cabeza ladeada. La televisión seguía prendida, iluminándole la cara. En la mesita había una caja de comida a medio terminar y un plato con salsa seca. El control remoto estaba en su pecho, como si lo abrazara.
—¿Dónde está Chispa? —pregunté fuerte.
Arturo abrió los ojos despacio, como quien despierta de una siesta inocente.
—¿Eh? Ya llegaste… —se frotó la cara—. Pues… por ahí andaba. Como que estaba raro hace rato. Yo creo que se metió abajo de la mesa.
“Raro”.
Sentí el estómago caer, como si alguien jalara una cuerda por dentro. Crucé al comedor sin discutir. Ya no era hora de discutir: era hora de sobrevivir.
Lo vi entre las patas de una silla y la pared. Chispa estaba rígido, con espuma en la boca, las patas golpeando el piso sin control, los ojos abiertos sin verme. Su cuerpo se sacudía como si un rayo lo atravesara. Un ruido pequeño y triste salía de su garganta.
No grité. No hubo teatro. Mi mente se apagó y se encendió otra cosa: esa parte que sólo aparece cuando amas.
Lo levanté como pude —sesenta libras de miedo y vida— y mi espalda protestó con dolor. Lo cargué hasta el coche, le abrí la puerta con manos torpes, lo acomodé en el asiento trasero sobre una cobija vieja, y arranqué.
No sé cuántos altos pasé sin mirar, ni cuántas veces dije “aguanta, mi amor, aguanta” sin voz. Sólo recuerdo el sudor en mi nuca, mis manos pegadas al volante, y el ruido de su respiración cortada.
En la veterinaria de urgencias olía a desinfectante y a noche larga. Me hicieron llenar papeles, decir su nombre, su peso, su condición, como si no estuviera viendo cómo se me deshacía el mundo en el asiento trasero. Una doctora con ojos cansados me habló rápido, me preguntó la hora de su última dosis.
—A las siete —dije—. Siempre a las siete.
—¿Y se la dieron?
Me quedé callada dos segundos. Esos dos segundos fueron una vergüenza que no me pertenecía.
Cuatro horas me quedé sentada en una silla de plástico, con el uniforme arrugado, llorando bajito para no hacer espectáculo. Rezándole a un Dios al que hacía años no le hablaba. Pensando en todas las veces que yo sostuve todo. En todas las veces que dije “no pasa nada”.
A las tres y media de la mañana por fin me lo entregaron estabilizado, sedado, con una vía aún puesta y la lengua afuera, como si estuviera profundamente dormido después de pelear con un enemigo invisible. Me dieron indicaciones, me dieron advertencias, y me dieron una cuenta que me dolió menos que el corazón.
Cuando entré al fraccionamiento, vi a Arturo parado en la puerta, rascándose la cabeza como si el mundo fuera una confusión.
—¿Está bien? —preguntó.
Y luego dijo la frase que acabó con mi matrimonio. Esa frase que muchas mujeres han escuchado en alguna forma, en alguna cocina, en alguna sala, en alguna vida:
—Amor, creo que exageras… Me distraje. El partido se puso buenísimo. Tú debiste llamarme a las siete para asegurar.
“Tú debiste.”
Bajo la luz fría del foco del porche, se me rompió algo. No por la pastilla. No por el dinero. Se me rompió la ilusión de que yo tenía un compañero.
Porque en esa frase estaba todo: que la responsabilidad era mía, que él sólo “ayudaba”, que si él fallaba, yo tenía que haber supervisado mejor.
Lo miré bien. De verdad lo miré. No al hombre que saluda en la calle, no al que prende el asador. Lo miré como se mira una verdad que una se negó a aceptar por años.
—Arturo —le dije, y mi voz salió tranquila, eso fue lo más aterrador—, yo no soy tu mamá. No soy tu secretaria. Te llamé. Te mandé mensaje. Te dije dónde estaba el pastillero. La única manera de garantizarlo era salir corriendo del hospital y metérsela yo misma en la boca.
Él frunció el ceño, como herido.
—¡Pero yo hago muchas cosas! Ayer hasta arreglé la llave del lavabo.
—Tú no haces cosas —le contesté—. Tú esperas instrucciones. Y hoy tu “distracción” casi mata al único ser en esta casa que me mira como si yo fuera importante.
En ese momento Chispa, sedado y todo, movió apenas la cola dentro del coche. Un golpe suave, como un “aquí sigo”. Como si entendiera que esa conversación no era sobre él, pero por él por fin abrí los ojos.
Esa mañana no dormí. Me quedé viendo el pastillero azul sobre la barra, como si fuera un testigo. Me acordé de cuántas veces yo aguanté “se me olvidó”. Cuántas veces yo hice doble trabajo para que él no se sintiera mal. Cuántas veces yo fui la que recordó cumpleaños, citas, pagos, vacunas, llamadas, recados, todo. Cuántas veces yo fui la adulta sola, acompañada.
Hoy, mientras escribo esto, tengo cajas abiertas en el suelo. No son muchas, porque una aprende a vivir ligero cuando carga demasiado tiempo con lo ajeno. En una caja van mis fotos viejas, en otra mis libros, en otra las medicinas de Chispa, su correa, su plato.
Chispa está sentado junto a la puerta. Está mareado, con los ojos medio cerrados, pero me observa. No necesita explicación. Los perros no piden discursos: sienten el aire cuando cambia.
Me voy porque estoy cansada de ser la única persona despierta en mi propia vida. Cansada de la incompetencia disfrazada de “yo soy tranquilo”, de “tú sabes que yo soy así”, de “se me pasó”.
Preferiría estar sola cargando mi mundo, que acompañada por alguien que se sube al mundo como pasajero y se ofende si le pides que agarre el volante.
A muchas mujeres nos enseñaron que la vara para un “buen hombre” está bajísima: que no grite, que no golpee, que trabaje, que salude bonito. Y si cumple con eso, una debe agradecer.
Pero el amor no es sólo no hacer daño. El amor es hacerse responsable.
Una pareja no es alguien que “ayuda” cuando se le pide. Una pareja ve lo que hace falta y lo hace. Una pareja recuerda lo importante sin que le pongan alarmas como a un niño. Una pareja sabe que el perro necesita su medicina porque ama al perro… no porque teme que le reclamen.
Abrí la puerta del coche del lado del copiloto.
—Vámonos, Chispa.
Él se subió despacio, sin que yo le repitiera. Sin que yo le rogara. Sin que yo le insistiera. Como si me dijera: “Yo sí te escucho.”
Me voy no porque dejé de querer a Arturo de un día para otro. Me voy porque por fin empecé a quererme a mí misma lo suficiente como para renunciar al papel de madre de un adulto.
La diferencia entre un compañero y un dependiente es simple: el compañero comparte la preocupación; el dependiente sólo disfruta el paisaje.
Yo ya no voy a manejar el camión mientras alguien duerme atrás. Hoy, por primera vez en años, me elijo. Y esa decisión —aunque duela— también es amor.