12/11/2025
La fraguilidad de la vida... “Lo que queda cuando ya no estamos”.
Hay días en que la vida parece infinita.
Respiramos, reímos, planeamos el mañana
como si el mañana fuera una promesa firmada.
Y sin embargo, la vida no avisa.
Se disuelve entre rutinas y despedidas,
dejando a su paso lo que nunca dijimos,
lo que pospusimos por miedo o pereza.
No somos eternos,
somos parpadeos en medio del universo,
suspiros que se confunden con el viento.
Un día dejamos de ser presencia
y nos volvemos eco...
una risa en la memoria de alguien,
una fotografía que aún conserva olor a domingo,
una historia contada entre lágrimas y sonrisa.
El mundo seguirá girando, claro,
sin pausa ni homenaje.
Las ciudades no guardan duelo.
Pero algo nuestro quedará suspendido en el aire,
en las pequeñas cosas...
en la palabra que reconfortó,
en la ternura que ofrecimos,
en el gesto que alivió el miedo de otro.
Porque la eternidad no está en durar,
sino en dejar una marca invisible.
Una forma de amor que resista al olvido.
Por eso, vivir no es acumular días,
es atreverse a estar despiertos en ellos.
Decir “te quiero” sin calendario,
abrazar sin motivo,
mirar sin prisa.
El resto, tarde o temprano, se disuelve.
Pero el amor —ese sí—
no se va con nosotros.
Permanece.
¿Y si la inmortalidad no fuera vivir para siempre, sino dejar amor donde estuvimos?
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