01/01/2026
¿Por qué nos aferramos a lo que ya no va más?
Justo cuando empieza un año nuevo.
No es falta de claridad.
No es que no sepamos.
Muchas veces sabemos perfectamente que algo ya terminó.
Pero el cuerpo sigue ahí.
El hábito sigue ahí.
El patrón sigue ahí.
Desde la neurociencia, el cerebro se aferra a lo conocido porque lo conocido ordena.
La repetición —de vínculos, rutinas, pensamientos, incluso sufrimientos— genera coherencia neuronal.
Menos gasto energético.
Más previsibilidad.
Una falsa sensación de control.
El problema es que el cerebro no distingue entre lo que te hace bien
y lo que simplemente ya conoce.
Año nuevo suele activar balances.
Listas.
Cierres forzados.
Pero también activa algo más profundo:
el miedo a soltar una identidad.
Porque soltar no es solo dejar algo afuera,
es dejar de ser alguien que fuimos durante mucho tiempo.
Y ahí aparece el ego.
Ese que pregunta:
¿Quién soy sin esto?
¿A dónde pertenezco si suelto?
¿Qué lugar ocupo si cambio?
El ego se aferra porque protege.
Aunque a veces proteja una versión que ya duele.
El deseo, en cambio, no grita.
No exige.
No empuja.
El deseo espera a que hagas silencio.
A que aflojes el ritmo repetitivo.
A que te permitas no responder automáticamente.
Por eso cerrar ciclos no es un acto mental.
Es un reordenamiento interno.
Cambiar el ritmo.
Introducir una variación.
Salir, aunque sea un poco, del loop.
Año nuevo no viene a pedirte que seas mejor.
Viene a preguntarte algo más honesto:
¿Qué seguís sosteniendo por costumbre
y qué elegirías si no tuvieras miedo a perder pertenencia?
Tal vez no se trate de soltar todo.
Sino de dejar de aferrarte a lo que ya no te representa.
Porque a veces lo que no va más
no se cae solo.
Hay que animarse a soltarlo.
#2026