21/02/2026
NOMBRES DE PILA
La primera pregunta que hay que hacerse cuando nos interrogamos sobre la psicogenealogía es la del origen del sonido y más generalmente de sus nombres. ¿Cómo y porqué se dieron? ¿Quién los eligió? ¿La madre, el padre, otro miembro de la familia, incluso el padrino, la madrina, un amigo o amiga? La elección de los nombres es muy importante porque es la expresión de proyecciones iniciales que hacen los padres y el árbol genealógico sobre el niño.
¿Ya existen estos nombres en la familia? Se presenta una infinidad de posibilidades.
Frecuentemente en segundo y tercer nombre se repiten los de los abuelos. Si nuestra abuela paterna se llama Emiliana y que llevamos este nombre, nuestro padre desea probablemente volver a hallar, mediante esta niña que somos, lo que a él le gusta de la abuela. Si nos llamamos al mismo tiempo Ángela, nombre de nuestra abuela materna, generalmente nuestra madre desea ver en nosotras una replica de lo que ella aprecia, ella también, en su madre. Si Ángela y Emiliana son personalidades que se corresponden, aunque ante todo nos gustaría existir por nosotras mismas, nos encontramos frente a proyecciones relativamente armoniosas. Si, en cambio, nuestras abuelas son totalmente diferentes, si una es una santa mujer y la otra una escandalosa a los ojos de la familia, estamos confrontados con proyecciones contradictorias. A veces, uno de los padres quiso complacer a su madre, pero su relación sin embargo es conflictiva. Entonces, aunque llevando su nombre, será mejor abstenerse de parecérsele demasiado para hacerse amar. En otro caso, Papa adora a Luisa, su madre, pero Mama detesta a su suegra. Lo cual lleva a un ejercicio psicológico peligroso: para complacer al padre, hay que parecerse a Luisa, pero para seducir a la madre, es necesario no recordarle nada de esta mujer odiada. Lo que acabamos de expresar para una niña es también válido para un hijo que lleva nombres de uno de sus abuelos o de ambos.
Nuestro segundo y tercer nombre no forzosamente es el de nuestros abuelos. Pueden ser los de nuestros bisabuelos. ¿Cuáles son las cualidades atribuidas a éstos o éstas que nuestros padres proyectan en nosotros? Frecuentemente, una parte de leyenda rodea a ciertos bisabuelos. Un paciente, campeón olímpico, tiene un árbol genealógico que valora la fuerza física. Se llama como uno de sus bisabuelos. La familia dice que era una fuerza de la naturaleza y que llevaba maletas de cien kilos... Sí, pero nadie prepara similares maletas, por definición imposibles de transportar!
Nuestros nombres frecuentemente son los de tíos y tías. Generalmente, nuestros padres nos los dan porque ellos – mismos tienen relaciones intensas, conflictivas o no, con sus hermanos y hermanas. Nos piden más o menos conscientemente que nos identifiquemos a estos modelos de referencia o de vengarles de la problemática que a ellos se refiere.
A veces, nuestros nombres son los de las estrellas de la familia. No forzosamente hay estrellas en todas las familias, pero la estrella es específica de la familia que le confiere este estatuto porque lo hace en función de su sistema de valores. Hay el(la) niño(a) mu**to(a), el(la adolescente o adulto(la desaparecido(a) de joven por enfermedad o accidente, el soldado mu**to en combate. Pero también personajes, hombres o mujeres, más diversos: la monja o el sacerdote, el pastor, el rabino. El o la que ejerció su profesión como un sacerdocio, institutriz, profesor, enfermera, médico. El o la que hizo estudios brillantes, el doctor en filosofía, el politécnico, el ingeniero, el
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catedrático de ciencias... El o la que está dotado(a) de talentos artísticos, el pianista, la cantante, el pintor, el actor, la bailarina, el decorador... O también, el elegido o el militante político, el militar cubierto de medallas, el viajero que relataba múltiples aventuras y traía objetos de países lejanos a su familia.
Si Alejandro es el protagonista, nos llamamos Alejandra. Si se trata de Josefina, nos llamamos José. La transmisión de los nombres de estrellas se hace más allá del s**o, lo cual hace la situación aún más complicada.
Algunas familias católicas dan sistemáticamente a sus hijas, incluso a sus hijos, el nombre de María en último nombre porque ponen a este hijo bajo la protección de la Virgen. Otros añaden a José o Juan asociándolo a veces a María.
Naturalmente el primer nombre es el más importante. Si ya está atribuido a un miembro de la familia, es antes todo a éste o a ésta a quien se nos pide parecernos. Todo lo dicho referente al segundo y tercer nombre sigue verdadero. También se puede llevar el nombre del padre o el de la madre. Los padres quieren prolongarse en su hijo. Hay familias en que todos los hijos mayores son hijos y se llaman, por ejemplo, Francisco. Si a la cuarta generación, nace primero una hija, entonces existen muchas probabilidades de que se llame Francisca.
Si, como niña, nos llamamos Juana, Micaela, Paula, Josefina, Daniela, Gabriela, Federica, Manuela..., nos hemos de preguntar si no estábamos esperando a Juan, Pablo, José, Daniel, Gabriel, Federico, Manuel... No es absolutamente seguro, pero suele ser el caso.
Si, como hijo, llevamos un nombre andrógino que se escribe exactamente igual en masculino como en femenino, tal como “Claude”, “Camille” o “Dominique” (todos nombres Franceses que no cambian en masculino y femenino) por ejemplo, preguntémonos si no estábamos esperando a una hija en vez de a un hijo.
Es posible que nuestro nombre no pertenezca a la familia, que sea totalmente original con respecto al árbol genealógico. Nuestros padres buscan quizás lo nuevo, la independencia, o eligieron un nombre de moda. Es interesante saber las asociaciones que este nombre diferente pudo evocar a los que lo dieron. Esto permite conocer algunas de las proyecciones hechas sobre nosotros. Por ejemplo, se trata del nombre de un amigo o de una amiga muy querida por Papá o Mamá. Una paciente lleva el nombre de la amante que tuvo su padre antes de casarse. Los padres de Felipe, hijo mayor, fueron abandonados ambos por sus familias y estuvieron criados en un orfelinato. Se encontraron en el cine en donde proyectaban una película interesante interpretada por Philippe Noiret. Es así como llevamos el nombre de un actor, escritor, pintor, el de un héroe o de una heroína de novela, película, obra de teatro u opera, líder político, o personaje perteneciente a la Historia. Una paciente se llama Marianne porque su padre, Boliviano emigrado en Francia, es muy amante de las ideas republicanas y de su tierra de acogida.
Ocurre que, en filigrana de un nombre nuevo, aparecen los del árbol genealógico. Me llamo Chantal. No existe santa Chantal porque se trataba antaño de un apellido. La santa patronímica, de hecho, es santa Jeanne – Françoise – Frémiot – de – Chantal. No hay ninguna Chantal en las generaciones precedentes. Sin embargo, una de mis bisabuelas maternas se llama Jeanne, mi abuela materna se llama Jeanne, mi abuela paterna se llama Jeanne, el segundo nombre de mi madre es Jeanne y el segundo nombre de mi padre es François. Sin comentarios!
Consideremos los nombres de los niños de padres de nacionalidad extranjera residentes en Francia. ¿Sólo darán los padres nombres Franceses, expresando así su
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deseo de inserción en el país de inmigración y, quizás, una desvalorización de su cultura de origen? ¿Buscan un nombre que pueda comprenderse en ambos idiomas? ¿Transmiten nombres de su árbol genealógico?
En las familias musulmanas, los padres se interesan sobre todo por el significado del nombre. Una de mis amigas se llama Fatia, es decir “alegría”. También es verdad en otras culturas. La familia proyecta entonces directamente sobre el hijo una cualidad que ella aprecia.
Ojo con los diminutivos y los apodos. El adulto ya no es un niño. Un diminutivo o un apodo, al estar memorizado y al perdurar, afecta frecuentemente la percepción de nuestro yo, nuestra imagen. A la inversa, una paciente que ya tenía dos hermanos y que, debido a una situación afectiva muy precisa y dramática, llevaba el nombre en versión femenina de su padre, o sea Luciana, se sintió mucho más a gusto haciéndose llamar Lili. Un amigo, eminente terapeuta, eligió el apodo de Jeff para sus íntimos. Hizo bien ya que lleva el mismo nombre que su hermano mayor mu**to al nacer y no tiene ningún otro hermano o hermana. Y como “por casualidad”, pasa su tiempo curando a los demás!
Valido para los "APODOS".
Fuente: Jeannette Ramirez
Biodecodificacion Neuroemocional.
Consultas :
FB: Dra María Isabel Rodríguez Marteu.
Celular :3815365738.